2 ene. 2013

Una pizzería, una "bottiglieria" y algunos cafés del Boedo de ayer...



(De Silvestre Otazú)

En el café “Biarritz”, que estaba en Boedo al 800 y que fue acaso el único que existió en la acera este, el público de paso y algunas familias se sentaban en la parte de adelante; la parte de atrás era coto reservado de los señores malandrines y en los altos celebraban sus reuniones los socios de la peña Pacha Camac.
Aquel café era un símbolo del barrio: promiscuo, heterogéneo, tolerante, sin noción de las diferencias sociales y ni siquiera morales. Boedo era un barrio donde el más honrado vecino no le negaba el saludo al capitalista de juego, al “pasador”, al redoblonero, ni siquiera a Luisito, simpatiquísimo muchacho de una familia conocida que se había hecho ladrón de guante blanco y se paseaba tan orondo calle abajo y calle arriba como si su trabajo le diese la aureola de un galán de cine...
A semejanza del “Biarritz” eran los demás cafés de Boedo. Bueno, tanto como eso no. Convengamos en que había algunas excepciones. Una de ellas era el café de Paco.

“EL CUADRO QUINTO”
A ese café lo llamaban “El Cuadro Quinto”, aludiendo al famoso calabozo que hasta hace unos veinte años existió en el Departamento Central del Policía y que era temido hasta por los más avezados delincuentes. Dueño del café era don Francisco Córdoba, un caballero andaluz que había sido mozo en el célebre “El Capuchino”, un café y cine de la calle Carlos Calvo del que se hablará a su debido tiempo. Apenas se instaló el café, lo más granado de la picaresca boedense sentó sus reales allí. Con lo cual, el pobre Paco no ganaba para sustos. El, que era de un temperamento tan pacífico y contemporizador, vino a tener la “mardita suerte” de vivir como sobre ascuas. Y se volvió inquieto, más movedizo que una ardilla y con los ojos en constante movimiento, como si atisbase en qué rincón del café iba a armarse la “bronca” para tratar de suavizarla... si podía.
Nunca se vio gente más quisquillosa que la de aquel café. Allí, todo motivaba espantosas peloteras: las partidas de billar –en las que el dueño iba siempre “prendido”–, las de naipes, la calidad de las bebidas, las maneras de servir de los mozos.¡Guay de Paco si en las noches en que se le ocurría hacer puchero de gallina algún cliente se quedaba con las ganas de probar el sabroso plato! Para evitar el escándalo se veía obligado a hacer muchas más raciones que las que consumían los parroquianos. Pero como su café no era fonda y no tenía el recurso de convertir las sobras en albóndigas, ese plato inventado por los cocineros para no tener que tirar nada, don Paco colocó una pizarra junto a la caja y anunció: “Er que quiera pushero de gayina que se anote”.
Claro, aquellos alborotadores ahuyentaban la clientela tranquila y sosegada que Paco anhelaba tener. El único parroquiano que no le causaba zozobras era un viejo inverosímil que nadie se explicaba cómo estaba todavía en pie. Era un montón de huesos recubiertos con un pellejo arrugado. Tosía constantemente. Los muchachos lo habían apodado Primavera...
Una noche –¡también es puntería!– una familia entró después del teatro al café de Paco. Dos o tres señoras jóvenes, dos o tres criaturas, una dama de edad canónica y dos caballeros. Forasteros en el barrio, tuvieron la santa inocencia de entrar allí para tomar chocolate con tostadas.
Paco en persona recibió el pedido de aquella gente. Sonreía, pero su alma estaba en vilo porque allá en el fondo del salón se estaba incubando una tormenta que haría época. Inútiles fueron las súplicas, conminaciones, ruegos y amenazas de Paco, que corría de la cocina al fondo para acallar a los sediciosos.
–¡Mardita sea, callaos que hay señoras en el salón!
Sus palabras no hacían más que excitar los ánimos caldeados próximos a estallar. ¡Y ese chocolate caliente que ya estaba tibio! Y si por un instante las cosas parecían salirse de madre, como por arte de magia todo retornó a la calma, y Paco pudo servir a sus distinguidos clientes un chocolate ¡tibio! con tostadas...

“PININ”
 Fue la cantina y bottigleria más conocida de Boedo. Se estableció allá por 1900. Su dueño era un italiano tan pacífico como Paco, pero más afortunado que éste en cuanto a clientela. Cierto es que tomaba sus precauciones. Por ejemplo, después de las diez de la noche, se negaba a despachar vino a los que tenían una cara que a él no le gustaba.
Todo Boedo quería a Pinín, que era un corazón tierno y que sufría mucho a causa de uno de sus hijos, a quien le faltaba el paladar. Una tradición en la cantina de Pinín era que para Navidad su dueño convidara con una vuelta a todos sus parroquianos. Y otra tradición, más bella aún, era que en las vísperas de Año Nuevo, a las doce menos cinco, Pinín echara a todos sus clientes y se quedara solamente con aquellos que no tenían familia y los convidara a comer con él.
Cuando a Pinín se le murió su hijo, fue tal la pena experimentada que cerró su cantina y se fue a rumiar su dolor con la familia que le quedaba.

EL  CAFE “DANTE”
A la historia de Boedo está muy vinculado un viejo café: el “Dante”, hasta no hace mucho lugar de reunión de los hinchas del club San Lorenzo y de algunas de sus figuras más populares. Allí se daban cita casi todas las noches Omar, Fossa y Monti, tres de los más sólidos puntales del club que fue campeón argentino.
Ninguno de los parroquianos del “Dante” ponía jamás los pies en “El Japonés”, pues este era la peña del los hinchas de Huracán. Aquella famosa extrema defensa formada por Cereseto, Nóbile y Parto estaba allí todas las noches, así como el negro Loizo. De aquella tertulia solía participar con alguna frecuencia el doctor Aldo Cantoni, uno de los socios más entusiastas del famoso club.
Pero volvamos al “Dante”. Hacia 1920 contó ese café con una de las peñas más interesantes de Boedo. Los infaltables eran Vaccareza, Folco Testena, Edmundo Montagne, José Mauricio Pacheco, Alberto Weisbach y Elías Alippi, uno de los más conspicuos boedenses más fiel a su barrio. Fue en el “Dante” donde Folco Testena anunció un día un proyecto despampanante: ¡iba a traducir el Martín Fierro!
Inmediatamente se originó una polémica. Unos sostenían que la idea era disparatada porque nuestro poema estaba lleno de criollismos imposibles de verter a otra lengua, ni siquiera al español. Weisbach, en cambio, creía con Folco que todo es posible, puesto que todo lo folclórico tiene sus correspondencias.
–¡Qué absurdo! –se escandalizó Pacheco.
–No es absurdo –sostuvo el futuro traductor del Martín Fierro–. Déme tiempo y le traduzco con exactitud y verdad poética cualquier pasaje.
–Vamos a ver –propuso Montagne–. ¿Cómo podría decirse en italiano aquello de: ¿Al que nace barrigón,/ es al ñudo que lo fajen?
Hubo un silencio. Folco se concentró un instante y luego exclamó:
–¡Ecco! He aquí cómo lo diría en italiano: Al che nasce cosi grasso/ li fa nula l’ortopedia.

 En los años de auge del anarquismo, el “Dante” fue uno de los cafés preferidos por los adeptos a ese credo. Allí solían ir a terminar sus discusiones los delegados al congreso de la Federación Anarquista que se realizó en 1917 en el vecino local de la calle Estados Unidos, entre Boedo y Maza.

DON TRANQUILO
Don Tranquilo Fasciotti tenía bien puesto su nombre. Si hubo alguna vez un hombre calmoso y plácido en Boedo, ese fue el dueño de la pizzería que estaba en esa calle, en Independencia y Estados Unidos. Nada alteraba el ritmo de sus nervios, ni siquiera cierto género de desdichas que exasperan y sacan de quicio al hombre más desaprensivo.
Apenas si una vez lo vieron un poco indignado. Pero no era para menos. Ocurrió que uno de sus mejores clientes, muy generoso, muy dadivoso, muy simpático y muy amigo suyo, a pesar de que ni sabía siquiera cómo se llamaba, lo convidó a una partida de póquer con un “millonario bastante infeliz que va a quedar en la calle porque todo el mundo le gana como quiere”.
Tranquilo, Tranquilo, no te dejes tentar! ¡No seas codicioso! ¿No ganas acaso bastante con la pizza y la fainá? ¡Mira que la codicia rompe el saco!
Pero Tranquilo fue. Fue, jugó y perdió hasta su nombre. Se fueron en aquella partida buena parte de sus ahorros. Nunca más volvió a ver a aquel cliente tan simpático que ponía alegría en la pizzería con su sola presencia. Y Tranquilo no se molestó siquiera en hacer la denuncia a la policía. ¿Para que? El no había perdido más que su dinero, pero se había enriquecido en experiencia...

ALARMA
En la pizzería de Tranquilo había una pieza que estaba reservada exclusivamente a la peña Pacha Camac. Todas las noches, después de las reuniones de la famosa peña boedense, iban a parar allí González Castillo y sus amigos. El autor de Un pobre hombre presidía, peroraba y pagaba. Pagaba porque la mayoría de los artistas jóvenes que siempre lo rodeaban andaban de la cuarta al pértigo y llevaban su devoción hasta pedir lo mismo que él muchas noches. González Castillo se privaba de solicitarle a Tranquilo un whisky porque sabía que toda la tertulia diría también, con cierta displicente vacilación, como si fuera lo mismo que encargar un “cafecito”:
–A mí, también un whisky...
Vicente Roselli, el gran escultor de Boedo, que fue uno de los amigos más íntimos de González Castillo, nos contaba que este, alarmado una noche al ver lo nutrida que estaba la peña, le dijo por lo bajo:
–Roselli, no se le vaya a ocurrir pedir nebiolo esta noche, que el bolsillo no da para tanto...  
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Imagen: Boedo al 700 (de norte hacia el sur), circa 1920.
Tomado del libro de Silvestre Otazú: “Boedo también tiene su historia”, Ediciones Papeles de Boedo, Buenos Aires, 2002.