6 ene. 2013

El gordito en el "Marabú"



(De Alfredo de la Fuente)

Estaba indeciso y preocupado luego de llamar por teléfono a representantes artísticos, algunos músicos, tres o cuatro amigos...  El problema persistía. Se había quedado sin orquesta y la casa no podía funcionar así, absurdo, un cabaret sin orquesta, nada menos que el “Marabú”. A quién recurrir, encontrar algo a tono a esa altura del año; todas las conocidas estaban contratadas, tampoco meter una “rascada”,  aquello no era el bajo o la isla Maciel, el lugar tenía su prestigio, pleno centro, Maipú casi Corrientes, zona milonguera por excelencia, rodeado de buenos restaurantes, teatros de revista: debía solucionar esto.
El gerente se levantó de su escritorio. Decidió salir a la calle a tomar fresco, a ver si se le ocurría algo. Cruzó la pista de baile solitaria frente al bar. Qué extraño parecía el cabaret en aquel momento. Dentro de unas horas (serían las seis de la tarde) todo comenzaría a funcionar: los barman, los mozos, las mujeres...  Luego el ruido, el baile, después el show...  El brillo, la música, el fulgor de la noche porteña hasta ir arribando el amanecer.  Pero no era porque sí, él debía vigilarlo todo, atender la marcha de esa compleja y ardua maquinaria sin descuidarse nunca.
Subió las escaleras y salió a la calle.  Mecánicamente caminó hacia Corrientes y se metió en el “Suárez”. Se arrimó al estaño a tomar una copa y lo vio sentado a una mesa de la ventana: el gordito aquel que tocaba el bandoneón, ¿cómo era que se llamaba? Lo saludó y el músico le hizo ademán de compartir su mesa. Se acercó, le dio la mano, se sentó. Sin casi darse cuenta se encontró contándole su problema. El otro lo escuchaba asintiendo con la cabeza comprensivamente. Necesitaba contárselo a alguien. Al cabo de un rato calló, se quedó mirando la calle Corrientes por la vidriera.
El gordito siguió observándolo por unos instantes; luego dijo: “A lo mejor se puede hacer algo...”
–¿Se puede hacer qué?, ¿qué se puede hacer a esta altura?, no hay nadie, todos los que sirven están trabajando...   
Le preguntó: ¿Cuánto tiempo tiene?
–Unos veinte días como máximo; ¿a quién engancho en quince días, a quién, me querés decir?...
El gordito lo seguía observando pensativo, casi cautelosamente, al tiempo que le decía: “Poray se puede armar algo...”
El gerente dejó de mirar la calle y lo semblanteó como si recién lo viera; en realidad había estado hablando solo, monologando como quien dice, por desahogarse.
–¿Podés conseguir una orquesta?
–Creo que puedo “formar” una orquesta.
–Estás loco, vos...
 –Con probar... Perdido por perdido...
Decían que era buen fueye. Había estado con Vardaro, con Julio De Caro. Pero de ahí a formar una orquesta en menos de veinte días y para tocar en el “Marabú” nada menos... Pero tenía razón; no había alternativa.
–Dame nombres…
–Tengo que ver... Podría ser Orlando Goñi al piano.
–Bien. ¿Qué más?
–Lo puedo hablar a Rodríguez Lesende.
–¿Te creés que va a agarrar¿ Está laburando en “Lucerna”, aquí en Suipacha.
–Bueno, tengo que pensar. Fueyes podrían ser Fiore, mi hermano...
–¿Una orquesta, eh?, no un conjuntito. Doce, quince músicos, un cantor: si no es Rodríguez Lesende, otro, aunque sea un estribillero.
–Está Amadeo; lo vi por acá.
–¿Quién es?
–Amadeo Mandarino.
–Dale, metele ligero, teneme al tanto.
Llamó al mozo y pagó. Era un lance, una posibilidad.
Vertiginosamente, a partir de aquella tarde, su accidental interlocutor se puso a la tarea. Algunos tenían teléfono, a otros los encontraría en los cafés.
Rodríguez Lesende tenía contrato hasta el verano; descartado. Una pieza clave sería entonces Fiorentino; había que pensar en el vestuario: Fiore era sastre, bandoneonista, cantor... y estaba desocupado. Sería estribillero y bandoneonista, como en muchas orquestas en que el cantable lo cubría un músico y así salía más barato. Dos fueyes, Rodríguez y Yabitelli aceptaron; también Orlando, ya estaba el pianista. Habló con Fassio, contrabajista, que se ofreció a consultar a Stilman, Nichele y Sapochnik, violines...
Cuando el gordito se apersonó en el “Marabú” para decirle que ya estaba casi listo, no lo podía creer: en pocos días había armado la orquesta. Quiso asistir a los ensayos. Al final se convenció; ninguna “rascada”, un buen trabajo.
–¿Se animan a empezar en pocos días?
–Dénos tiempo para seguir ensayando.
–Fiorentino en bandoneón y estribillos...
–No, cambiamos de idea. El cantor es cada vez más importante. La línea de fueyes ya está.
La noche del primero de julio de mil novecientos treinta y siete, en la semipenumbra del mostrador, el hombre escuchaba el debut de la orquesta del gordito Aníbal Troilo, que por lo menos lo sacara de apuro. Y si la cosa no andaba, tenía más tiempo para arbitrar otra solución. ¿Cómo se llamaba eso que tocaban?  Ah, sí: “Tinta verde”.
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Imagen: La agrupación de Aníbal Troilo en su debut en el “Marabú”. (Foto tomada del blog: nestorscalone.blogspot.com)