21 dic. 2011

El “Hueco de los Sauces” y un papel para la historia


(De Ricardo M. Llanes)

Algunos de los numerosos baldíos que el gobierno de la ciudad (primero el Cabildo y después la Corporación municipal) transformaría en plazas públicas, no fueron más que huecos no desprovistos de arbolado, y en los cuales por lo general se contaba con lo sombroso del ombú. Es de creer, entonces, que en el perímetro abarcado por la plaza Garay el sauce se vería en número mayor, ya que el lugar era conocido como el “Hueco de los Sauces”, designación ésta que se comprueba en el plano catastral que diseñara el cartógrafo José María Manso en el año 1817, dejando ver que los propietarios vecinos más cercanos al hueco se llaman Tomás Rocamora y José Sandoval. Medio siglo más tarde, en el plano topográfico de la ciudad de Buenos Aires, año 1867, el hueco ha desaparecido, pues el terreno ha quedado convertido en la plaza que nombran 29 de Noviembre; denominativo que años más tarde es sustituido por el de Bolívar. Respecto de ella dice el Censo Municipal de Buenos Aires, tomo I, levantado en 1887: “Plaza Bolívar, con superficie de 15.832 metros cuadrados. Tiene hermosos jardines de estilo inglés. Hasta hace poco se llamaba Plaza 29 de Noviembre”. Digamos nosotros que desde el año 1905 lleva el nombre de Garay, como la calle que encuadra su rectángulo por el lado sur.

UN PAPEL PARA LA HISTORIA
El documento que se escribe y se firma en dicho hueco la tarde del 3 de febrero de 1852, ha de conferirle a este lugar el indiscutible reconocimiento de que fue escenario del acto final que representará don Juan Manuel de Rosas. Aquí, dentro del Hueco de los Sauces, donde dio resuello al pingo de su último galope en suelo argentino, selló de su puño y letra la seguridad de su derrota al enviar a la Honorable Legislatura, su renuncia de gobernador de Buenos Aires. En este punto dejemos que nos ilustre Manuel Gálvez, el notable novelador histórico desaparecido: “A caballo, acompañado de su asistente, Lorenzo López, llega al Hueco de los Sauces, lugar del suroeste de la ciudad. Se apea, y bajo un árbol y sobre su rodilla, escribe con lápiz su renuncia, en un papel que le alcanza su asistente. Él mismo saca una copia. Monta de nuevo, disimúlase con el poncho y el gorrete del asistente, y se dirige, no a su casa, sino a la del encargado de Negocios de Inglaterra, Roberto Gore (1). He aquí reproducidas las últimas palabras que escribiera en Buenos Aires el general don Juan Manuel de Rosas: “Señores Representantes: Creo haber llenado mi deber como todos los señores representantes, nuestros conciudadanos, los verdaderos federales y mis compañeros de armas. Si más no hemos hecho en el sostén sagrado de nuestra independencia, en nuestra integridad y nuestro honor, es porque no hemos podido. Permitidme, Honorables Representantes, que al despedirme de vosotros reitere el profundo agradecimiento con que os abrazo tiernamente y ruego a Dios por la gloria de V. H., de todos y cada uno de vosotros. Herido en la mano derecha y en el campo, perdonad que escriba con lápiz esta nota y de una letra trabajosa. Dios guarde a V. H.”.
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(1) Vida de don Juan Manuel de Rosas, Librería Editorial El Ateneo, año 1942.

Imagen: Plaza Garay en el año 1940.
Tomado del libro de R. M. Llanes: Antiguas plazas de la ciudad de Buenos Aires, Cuadernos de Buenos Aires, Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires, 1977.