28 mar. 2014

Del lazareto "San Roque" al hospital "Ramos Mejía"



(De Miguel Eugenio Germino)

Con Pedro de Mendoza desembarcaron también en la primitiva Buenos Aires de 1532, los primeros médicos, quienes comprobaron que la medicina practicada por los nativos era eficiente. Sin embargo, tras la segunda fundación por Juan de Garay en 1580, el estado sanitario en la colonia dejó mucho que desear; los pocos médicos que había eran de origen extranjero y sólo atendían a los sectores más privilegiados de la sociedad de entonces.
Por tal razón la salud popular era practicada por curanderos, veterinarios que oficiaban de médicos y hasta por barberos que incursionaban en las primeras cirugías.
El hombre, a lo largo de su historia fue siempre campo fértil para las epidemias, las grandes pestes; la ciencia llegó siempre con atraso para combatirlas.
Nuestra América, especialmente después de la conquista, fue asolada por plagas y pestes, muchas de ellas traídas desde Europa por los conquistadores. En una población sin defensas desarrolladas para las nuevas enfermedades, los resultados fueron desastrosos: causaron más muertes que las muchas que produjeron las campañas militares.
 Las más mortales fueron las epidemias de cólera, en 1856, 1886 y 1894, y las de fiebre amarilla, en 1852, 1858, 1880 y 1871 (la más mortífera), esta última produjo más de 14 mil muertes, lo que hizo rebasar al antiguo Cementerio del Sur (hoy Parque Ameghino en Caseros al 2300). Allí se levanta un monumento a los caídos por la fiebre amarilla de ese año.
A raíz de la experiencia que hubo de atravesar Buenos Aires con dichas enfermedades, para 1868, durante la gestión del Dr. Juan A. Aldao como presidente de la Comisión Municipal, se buscó un sector alejado del casco urbano, alto, seco y de buena vegetación, que sirviera para aislar y tratar a los pacientes. Y lo habilitaron, en una antigua quinta del barrio de Balvanera, aproximadamente entre las actuales calles Urquiza, México, 24 de Noviembre y Venezuela: el Lazareto “San Roque”.
En el año 1869 quedaron conformadas entonces dos grandes salas-barracas de madera, de 20 metros de largo por seis metros de ancho y cinco de alto, más 10 habitaciones de barro que se utilizaban para la administración, consultorios externos, botica y recinto de peones y enfermeros. Las construcciones, además de precarias resultaron insuficientes, por lo que se resolvió ampliarlas, aunque cuando promediaban las obras éstas quedaron paralizadas por unos seis años, por falta de presupuesto. Se reanudaron en 1881, con la intendencia de Torcuato de Alvear. La dirección estuvo a cargo del arquitecto Juan Bautista Buschiazzo, quien adoptó el estilo arquitectónico que dominaba en aquella época para los edificios destinados a la salud. Un estilo sencillo pero no desprovisto de elegancia.
Sobre un terreno de 16.900 metros cuadrados, en casi dos manzanas, el antiguo Lazareto pasó a ser el “Hospital San Roque”, inaugurado oficialmente el 12 de agosto de 1883.
El frente principal del edificio presentaba un cuerpo medio sobresalido, como logia arquitectónica, a modo de galería o pórtico sostenido por columnas y arcos. En planta baja funcionaban la dirección, administración, mesa de entradas y sala de guardia. El piso superior lo ocupaban los dormitorios de médicos y practicantes; contaba con ocho pabellones con capacidad para 240 camas, en aquel entonces exclusivo para hombres.
El acceso se realizaba por un zaguán de entrada que desembocaba en un gran jardín rectangular encuadrado por galerías de altas y elegantes columnas que unían los distintos pabellones. A un costado se integraba como parte del conjunto la capilla que conservaba el mismo estilo del hospital.
Era director de la entonces Asistencia Pública el Dr. José María Ramos Mejía (1850-1914), historiador, sociólogo y psiquiatra argentino.
En 1886 incorporan al hospital el servicio de medicina infantil dirigido por el Dr. Facundo Larguía, y se instaló también un horno de esterilización.
Las instalaciones de este centro de salud sufrieron múltiples ampliaciones y reformas. La primera fue en 1888, con la construcción de cuatro nuevos pabellones, más otros dos que quedaron habilitados en 1892 y con lo que ascendió a 600 el total de camas. En su nueva edificación se aprovechó una gran cantidad de elementos de la demolición provenientes de la apertura de la Avenida de Mayo, inaugurada en el año 1894.
En el año 1904 se ubicó en el establecimiento la Cátedra de Clínica Obstétrica y Ginecológica Eliseo Cantón, dependiente de la Facultad de Medicina, con lo que los servicios se ampliaron también a las mujeres.
 Tras la muerte del Dr. Ramos Mejía, en 1914, el establecimiento sanitario fue rebautizado con aquel prestigioso nombre, y un busto realizado en 1935 por el escultor José Fioravanti lo recuerda justo en la entrada.
Con tantas reformas que sufrió en sus 130 años de vida, la fisonomía distintiva del proyecto inicial quedó sepultada por toneladas de cemento, comenzando por su hermosa fachada original de la calle Urquiza 609, que quedó absolutamente desvirtuada, reemplazada por una absurda mezcla de estilos.
Otro tanto ocurrió con las galerías, que fueron cerradas con hierro y vidrio, para hacerlas más funcionales, aunque eso significó desestimar su estilo arquitectónico; no caben dudas de que faltó realizar un estudio previo y un proyecto que podría haber preservado sus rasgos originales. Asimismo, la capilla fue demolida hacia la década de 1920 y en su lugar construyó  otra en el centro del parque, que para nada respetó la elegancia sencilla del edificio inicial.
Por este acreditado establecimiento de salud desfilaron los más destacados especialistas, entre ellos los doctores Pedro Chutro y los premios Nobel, Bernardo Houssay y Luis Federico Leloir, así como también el Dr. Juan B. Justo, fundador del Partido Socialista.
Actualmente el Hospital Ramos Mejía es el único que cubre la salud pública en la amplia zona de los barrios de Balvanera, San Cristóbal, Almagro y Boedo. Sin embargo, se integra al conjunto de establecimientos públicos de salud con grandes deficiencias edilicias por falta de adecuado mantenimiento, escasez de insumos hospitalarios así como de personal médico y de enfermería, ambos deficientemente remunerados.
Las distintas políticas de descentralización hacia niveles inferiores de gobierno, tanto en el orden hospitalario como de educación llevadas adelante en la década de los noventa, vinieron a resquebrajar aun más el alicaído sistema público. En el caso de la salud, con la pretensión de suplirlo por las Obras Sociales Sindicales y un régimen privado caro y escasamente accesible.
El progreso, como se llamó a sí mismo, actuó disfrazado de tal arrasando todo a su paso, sin pensar que la mal entendida funcionalidad moderna pueda convivir con la belleza edilicia arquitectónica de un pasado que sólo es superado en apariencia, pero no en realidad, ya sea por la calidad de los materiales utilizados como por lo poco elegante de sus líneas.
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Fuentes:
-La Administración Sanitaria de la Ciudad de Bs. As. Tomo II, MCBA, 1908.
-Aslan, Liliana y otros, Bs. As. Balvanera 1817-1970, Facultad de Arquitectura de Bs. As.
-Piñero, Alberto G. y Trueba, Carlos M., Balvanera y El Once, Fundación Boston, 1996.
-Periódico Primera Página, nº 24 de octubre de 1995.
-http://arquitecto-buschiazzo.blogspot.com.ar/2009/10/caba-gralurquiza-609-ex-hospital-san.html
-http://www.taringa.net/posts/info/12010475/Resena-Historica-de-los-Hospitales-Portenos.html

Imagen: Entrada del hospital "Ramos Mejía" sobre la calle General Urquiza, en la actualidad. (Foto tomada de la página lajornadaweb.com.ar)
Nota tomada del periódico barrial “Primera página”.