21 mar. 2014

Guías de teléfono



(De Mónica López Ocón)

Quienes no acceden a la prestigiosa gloria póstuma de que su nombre figure en una enciclopedia encuentran una humilde perduración literaria en la guía telefónica. Aunque se trata de un producto literario modesto, su poética es de las más sutiles, pura austeridad y sugerencia. Toda una vida se esconde detrás de un nombre y del mensaje cifrado de un número.
El lector imaginativo encontrará, sin duda, un rostro, una expresión y una voz para Blanco, Alicia, de la calle Gurruchaga, cuyo número telefónico tiene un aura mística: el tres, que sugiere la Divina Trinidad y la trinidad humana de la pareja que se perpetúa en el hijo, aparece tres veces.
También el número de Blanco, Miguel, es curioso: la repetición del número siete trae desde el pasado el enigmático eco de los pitagóricos.
¿Tendrá Blanco, Omar, un perro que salte a su alrededor cada vez que regrese a su casa de la avenida San Juan al 400? ¿Cómo será esa casa? La dirección junto al número tiene el mismo misterio que las ventanas iluminadas que por la noche dibujan mundos rectangulares sobre las paredes yermas. Mundos que nos excluyen. Mundos que tienen en nuestra imaginación de transeúntes desterrados la geometría luminosa de la felicidad que está del otro lado de los cristales.
La guía telefónica es una curiosa antología de historias mínimas –apenas una línea– contadas en la poética lengua de los números por una Sherezade de hilos. El cuerpo de esta narradora es tan fino y elástico que es capaz de girar sobre sí mismo hasta convertirse en una espiral  para contarnos al oído historias enruladas, para ponernos rizos de voz en el relicario de la oreja.
Como los catálogos de las viejas tiendas, quizá la guía telefónica sea un catálogo de vidas donde la suerte, el amor, la desdicha y la muerte nos elijan por el número. Posiblemente el libro sagrado del azar sea esta Biblia numérica que narra la historia del mundo desde la nada inicial del cero  sobre la que el Dios de las cifras derramó la luz y amasó con barro el uno, al que más tarde le quitó una de las costillas que los mantenía en pie sobre el renglón del horizonte para hacer el dos.
En tanto taxonomía de nombres y apellidos, la guía participa también del carácter vegetal de las clasificaciones botánicas de Linneo. Como las diferentes variedades de orquídeas que nacieron de la orquídea primordial, los Pedros, los Juanes, las Lucías, son subespecies de la primigenia semilla de los Saldívar, los Sánchez o los Soria que se esparció montada en el caballo del viento en el que también jinetea el polen.
Según George Steiner, las guías de teléfono viejas forman parte de los objetos del pasado que integran el Museo Británico. Los anaqueles polvorientos están atestados de guías viejas que han perdido su función utilitaria y se han convertido en guardianas de la memoria de los muertos. En la noche del museo, los números a los que nadie llama producen un silencio ensordecedor. Cada muerto yace en la paz de su tumba de tinta bajo un epitafio numérico. Por ninguno de ellos dobla ya ninguna campanilla, y si acaso alguien los llama por error, el ring ring resuena en sus casas vacías con la tristeza de una campana que llama a misa de difuntos. ¿Qué lugar más acertado que un museo para guardar los vestigios que evocan lo que se ha perdido de manera irremisible? Las guías son en este caso los restos mudos de ciudades enteras de voces perdidas, sepultadas en el fondo de la memoria, donde, de vez en cuando, el recuerdo hace el milagro arqueológico de exhumar el resto desportillado de una frase, o una risa de barro, polvorienta y rajada como una vasija.
En mi infancia, quizá por solidaridad con las voces viudas, los teléfonos tenían aspecto funerario. Todos vestían riguroso luto. Los adultos volcaban palabras por una rejilla enorme que parecía la puerta de un confesionario y los mensajes navegaban quién sabe por qué oscuros laberintos hasta llegar a destino. Aprendí entonces que un número telefónico es una interpelación, la variante numérica del nombre, la formulación matemática de los pronombres donde le gustaba vivir al poeta Pedro Salinas. Más tarde aprendí también que esa extraña forma de nombrarnos es, además, nuestro número de condenados. Las viejas guías del Museo Británico son listados de prisioneros que han pagado el intento de huida  con su propia vida.
También yo figuraré alguna vez en el listado. Entonces mi número en la guía seguirá repitiendo lo que no se cansa de decir desde siempre. Que es insoportable la muerte que a cada instante me anuncia el cero, heraldo de la nada. Que no alcanza con el dos, con el cuatro, con el seis y con el ocho para darnos consuelo. Que es inútil, que todos nacemos, vivimos y morimos en la atroz soledad de los números impares.
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Ilustración: Antigua guía telefónica de la ciudad de Buenos Aires.