29 ene. 2013

Memoración de cartas y estampillas



(De Fernando Sánchez Zinny)

Lo que pasa es que ya no hay más cartas. No las hay; al menos, van años que a mí el Correo no me entrega ninguna. Todavía hasta hará una década llegaban algunos sucedáneos de relativa proximidad: invitaciones, tarjetas de fin de año, publicaciones trasnochadas. Pero ya ni siquiera eso sino únicamente facturas de servicios, acerca de las cuales no incurriré en la inocentada de lamentarlas, si bien reconozco que leerlas dista de ser un cometido intelectual estimulante.
Con la muerte de la correspondencia postal, otras cuantas cosas afines han seguido el mismo camino hacia el ocaso, una seguidilla que a cierta altura se convierte en fuente inevitable de reflexión melancólica. No hablemos de los deshabitados buzones, algunos de los cuales subsisten por ahí, quizás olvidados, con porfiado aire de tontos, retacones y boquiabiertos. Ni tampoco del cartero antiguo, vestido de gris, con gorra plato como un también extinto guarda de tren, siempre de mediana edad, cansado, sudoroso, y con una abultada bolsa de cuero pendiéndole del hombro y encorvándolo hacia la izquierda.
No hablemos de las cartas que se guardaban –sobre todo ésas que rezumaban ingenuidad y mala sintaxis– ni de las pretenciosas y con ínfulas literarias, escritas como si aspirasen a una eventual publicación diferida, según terminaba ocurriendo con las enviadas por determinadas personas ilustres, generalmente francesas. Ni de las de despedida, sin remitente, ni de sus primas pobres, las postales, con el infaltable “desde estas hermosas playas…”
Lo que a mi más me gustaban eran las estampillas, todas las estampillas, aun las más sonsas de tan repetidas, como las de San Martín, siempre rojas o rojizas. Y ni qué decir de las transitorias –las “conmemorativas”– aparecidas con motivo de un hecho importante y que se sabía tendrían circulación acotada, o de las de valores infrecuente por lo alto: hasta 25 pesos, digamos, o por lo ínfimo, el irreal medio centavo. O las “sobrecargadas”, de uso oficial, o para ocultar algo con el borrón, como sucedió con las que traían el perfil de Eva Perón, no bien asumió Lonardi.
Como todos en nuestra época, yo también junte estampillas durante tres o cuatro años y lo hice con grandísimo entusiasmo y contracción. Aclaro que no fui ni remotamente coleccionista, pese a haber ordenado de pe a pa mis álbumes, cada estampilla con su correlativa y con su correspondiente “bisagra”, tal como se acostumbraba en esos días. Y hasta llegué a saber bastante de dentados, de filigranas, de casas impresoras, de dimensiones y formas, etc.
Pero nunca me especialicé en nada ni tuve jamás el berretín de la estampilla impoluta; no, todo lo contrario, amaba las sucias por el sello del franqueo y tanto más si era posible leer la fecha, acaso movido por el prejuicio machista de creer que una estampilla virgen era tan poca cosa como una mujer virgen.
Claro que en especial buscaba las extranjeras y las reuní en buena cantidad. Porque me despertaban enorme curiosidad las imágenes raras, las palabras que había que descifrar, las insinuaciones de viajes y de distancias convocadas por grafías como Posta PolkaPosta Magyar, o CCCP, que era la URSS en cirílico. Es más, me encariñé con las de estados o administraciones desaparecidos, y guardaba, avaro, una de Baviera de los tiempos de ñaupa, otra de los Estados Pontificios, junto con Franciscos Josés ancianos –y una de edad remota con este infortunado monarca hecho un mozalbete de uniforme y lampiño–, diminutas águilas de los Romanoff y lunas en creciente otomanas, un Alfonso XIII bebito con la inscripción “Isla de Cuba”, una que reunía a Hitler y Mussolini… Tenía abundantes de las ex colonias italianas y belgas, y mi gran frustración fue no haber conseguido nunca una de las que fueron de Alemania.
(Advierto, por quienes no lo saben, que las estampillas se cambiaban como las figuritas, y que también se vendían, incluso en librerías de barrio, en sobres con un sector en celofán y con indicación del contenido: “25 argentinas”, “50 panameñas”, “100 de buques”, “1000 universales”, y esto era lo más, el desiderátum del chico maniático.)
Pero, como es lógico, lo fuerte de mi colección eran las argentinas; llegué a tener arriba de 1500 y, entre ellas, una de la Confederación. En principio no me llamaban mayormente la atención, excepto aquellas que ilustraban lugares o imágenes que conocía, referidos casi siempre a Buenos Aires. Por la memoria me pasan, ahora, el Juan de Garay de la fundación, según el cuadro, el Palacio de Correos, el del Congreso en la serie del Centenario, la Pirámide de Mayo, el Obelisco, el Cabildo, los paraguas del 25, el monumento al Plus Ultra, el de Luis Viale, el de Roca, la Porteña, las sepulturas de Belgrano y de San Martín, y otros muchos temas que se me han ido. Finalmente, les tomé gusto y empecé a juntarlas con fruición.
Estuve cerca pero, como decía, no llegue a especializarme, seguramente por una cuestión de temperamento que hizo que a mediados de la adolescencia viese como redomado infantilismo eso de la filatelia. Mucho después conocí a Edgardo J. Rocca, gran amigo y compadre, y él, sin quererlo, me mostró lo que al respecto pude haber sido y no fui: se trata de un eminente y omnívoro coleccionista de todo y que, en la materia, ha reunido tal vez la totalidad del material filatélico que existe sobre Buenos Aires, o poco menos, tanto que en repetidas oportunidades ha recibido premios por ese motivo.
Le debo, además, algunas buenas argumentaciones acerca de cuán importantes son las estampillas como hitos de la historia, por su tenaz asociación con personajes, acontecimientos y transformaciones y así también la familiaridad con la geografía, al difundir paisajes, mapas y escenas, más las tantísimas de la fauna y de la flora de cada país. Aunque también en eso llegué tarde al reparto de golosinas, pues vine a enterarme de tales concomitancias trascendentes justo cuando las estampillas dejaban de tener vigencia.
Bastante antes de eso, a comienzos de los 60, andaba yo mal y solo, como un pajarito bajo la lluvia. En una de mis idas y vueltas me encontré con los viejos álbumes que para entonces aún no lo eran tanto. Entendía algo y me di cuenta de que la colección de las argentinas merecía cierta estima. Fui con ella a un local de la galería en ángulo que tiene entradas por  Maipú y Lavalle y la vendí. No recuerdo la suma que me dieron pero con ella fui, a paso rápido, a "Thompson y Williams" y me compré un traje, curioso ejemplo de una afición en una etapa dulce y otra útil.  
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Imagen: Sello postal conmemorativo de la primera estampilla argentina.