1 may. 2015

Del "Variedades" al "Casino"

 

(De Diego Ruiz)

Le toca a este cronista acercarse al “Variedades”, que ocupó un solar de la calle Esmeralda hoy convertido en estacionamiento. ¡Y qué solar lleno de historia, caramba! Estamos hablando de la esquina sureste de Corrientes y Esmeralda, que allá por 1870 era propiedad de Emilio Castro, gobernador de la provincia de Buenos Aires y que, según Alfredo Taullard (en Historia de nuestros viejos teatros), fue adquirido con malas artes por José Gregorio Lezama que construyó el teatrillo “Variedades”, inaugurado el 25 de mayo de 1872. Este señor Lezama merece un párrafo aparte: es sabido que el Parque Lezama era su quinta y  por él lleva su nombre, pero en general se desconoce que poseía grandes extensiones de tierra en la Provincia, como el actual partido de Lezama, e incluso un “terrenito” sobre el Riachuelo que abarcaba gran parte del fondo de Barracas, Parque Patricios y Pompeya en el cual funcionó la primera quema de basuras allá por 1870. Por otro lado, en la Gran Guía Kunz de 1886 es posible detectar grandes cantidades de propiedades a nombre de este señor, con el rubro de “inquilinatos”, o sea conventillos, por lo que al cronista le parece que la vieja frase “más rico que los Anchorena” hubiese debido ser “más rico que Lezama”, si no fuera porque este antiguo proveedor del Ejército (del ejército argentino, uruguayo, paraguayo y del que se cruzase, aún durante la guerra que envolvió a dichas naciones) cultivó tan bajo perfil que apenas aparece en los libros de historia. Eso sí, aparece entre los primeros en la “suscripción popular” que le compró la casa de la calle San Martín al general Bartolomé Mitre cuando éste dejó la Presidencia, antigua sede del diario “La Nación” y hoy Museo Mitre.
Pero, volviendo a nuestro tema, el “Variedades” contaba con buffet y mesas desde las cuales  se podía disfrutar el espectáculo y beber cerveza y otros mejunjes. Actuaron allí compañías francesas y españolas de zarzuela, opereta y danza, agregando Taullard que en su sala se representó por primera vez Carmen cantada en castellano. La cuestión es que en 1890 Lezama le vendió la propiedad al empresario Emilio Bieckert, que contrató al arquitecto alemán Fernando Moog para construir un hotel y un teatro. Moog, que también proyectó el Mercado de Frutos de Avellaneda y el Banco Alemán Transatlántico (de la esquina noroeste de Rivadavia y Reconquista), levantó el hotel “Royal” –luego hotel “Roi”– con entrada por Corrientes 782 y el teatro “Odeón” en Esmeralda 357, inaugurándose el conjunto en 1892. En la esquina del Hotel se alzaba el bar “Royal Keller”, años más tarde confitería “Cabildo”, que contaba con un subsuelo en el que Enrique Lepage hizo la primera proyección cinematográfica el 28 de julio de 1896, y dos décadas más tarde sirvió de lugar de reunión a los jóvenes del grupo Martín Fierro. El cronista ya ha glosado, hace años, la gloriosa trayectoria del “Odeón”, del que Celedonio decía que “se manda la Real Academia”, y en el que dieron conferencias Antonio Posada, Georges Clemenceau, Anatole France, Vicente Blasco Ibáñez, Jean Jaurès y tantos otros... Enorme pedazo de la historia cultural porteña, todo el solar fue enajenado durante la intendencia de Carlos Grosso, en una sesión del Concejo Deliberante desarrollada con nocturnidad y alevosía, como dice el Código Penal..., que no fue aplicado a ninguno de los involucrados, al menos que el cronista recuerde.
En la misma manzana y casi a espaldas del “Odeón”,  se levantó otro teatro que tuvo una larga vida bajo diferentes rubros. El solar de Maipú del 330 al 350 estaba ocupado hacia 1870 por una fábrica de carruajes y pocos años después, en 1878, allí nacía Francisco Ducasse, gran actor de la época fundacional de nuestro teatro moderno, contemporáneo de Guillermo Battaglia (padre), Orfilia Rico, Florencio Parravicini, Pablo Podestá y esposo de Angelina Pagano. En 1885 se construyó un primer teatro totalmente dedicado al varieté, con espectáculos de ilusionistas, malabaristas, acróbatas, etc., provenientes de Europa. Se hizo muy popular hacia el 900 por ser sede de campeonatos de lucha grecorromana, entonces muy en boga, donde actuaba como juez Milo Zavattaro, notable dibujante de la revista Caras y Caretas y luchador él mismo. A fines de siglo cambió su nombre por “Folies Folais” y en 1905 se erigió un segundo y mejor edificio y –desconocemos las razones, aunque las presumimos– un tercero, con café en los altos, hacia 1918, cuando se convirtió en “Casino Pigall”. Allí debutó Juan Canaro en 1922 con un sexteto que integraban el propio Juan y Nicolás Primiani en bandoneones, Vicente Fiorentino y Hermes Peressini en los violines, Fioravanti Di Cicco al piano y Rodolfo Duclós en el contrabajo. Todavía, antes de terminar esa década, tendría un nuevo cambio de nombre, pasando a denominarse “Maipú Pigall”, donde Miguel Buccino sitúa a su Bailarín compadrito: “Bailarín compadrito/ que quisiste probar otra vida,/ y a lucir tu famosa corrida/ te viniste al ‘Maipú’.” Años más tarde, en la década de 1960, el amplio salón fue convertido en cine y convocó a muchedumbres con la novedad del sistema Cinerama, en el que tres proyectores sincronizados proyectaban, sobre una pantalla curva, vistas de una amplitud hasta entonces desconocida.
En la primera década del siglo XX fueron inaugurados otros teatros y teatrillos de corta o larga vida, cuya reseña es posible seguir en la notable obra Teatros: su construcción, sus incendios y su seguridad (Análisis histórico del asunto) que escribió el organizador del Cuerpo de Bomberos de la Capital, coronel José María Calaza. El benemérito “gallego” Calaza –que no era apodo, era efectivamente un hijo de Galicia del que ya se ha ocupado el cronista allá por 2005– consigna dos interesantes locales: el “Cosmopolita”, en 25 de Mayo 444 y el “Concierto Roma”, inaugurado el 28 de julio de 1905 en el edificio que antes ocupaba el diario El Correo Español y donde realizó varias temporadas Pepita Avellaneda. Hacia 1920 cambió su nombre por “Ba-Ta-Clán”, con el que perduró hasta pasada la década de 1950. Estos teatrillos dedicados al varieté completaban la oferta de los “cafés de camareras” que se extendían por 25 de Mayo y el Bajo y a los que Enrique Cadícamo dedicó su libro homónimo. Lugares de malandras y de  jóvenes debutantes, de marineros y “payucas” recién llegados a la gran ciudad, se fueron extinguiendo desde la década de 1950 y recibieron su golpe mortal durante la dictadura del 76, cuando toda la zona pasó a ser “área naval” por su proximidad al puerto y las fuerzas de seguridad los barrieron del mapa: hoy día, toda esa zona pertenece a la City.
Tras este recorrido por la prehistoria de este tipo de establecimientos, le toca al cronista dirigir sus pasos hacia el viejo Palermo, donde a partir de la inauguración del Parque 3 de Febrero en 1875 se abrieron numerosos recreos y, ya pasado el Centenario, el primer cabaret propiamente dicho, el “Armenonville”.
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Imagen: El “Ba-Ta-Clán”.