19 oct. 2010

Falcón: réquiem y lecturas


(De Carlos Penelas)

¡Upa! Tapa dura y rústica, color rojo. La misión de educar, el mítico libro de la escuela primaria. Debió coexistir en la etapa peronista con la literatura escolar. El dibujo de una nena frente a una pizarra negra donde la letra a, la letra b y la letra c, se discutían la primacía el abecedario escrito en tiza blanca. Pizarra negra, de cuando aún el negro no había entrado en la discusión con el verde, por el descanso de la vista de los alumnos en los colegios. Además, se corregía con lápiz rojo. Para ver mejor el error, para distinguir, para que uno no fuera burro. Para mostrarnos cercanos, nunca vulgares.

Recordamos el guardapolvo blanco y las palabras de la maestra evocando a Sarmiento: “Créese hoy que la suerte de un pueblo no depende de la elección de un libro aplicado a las escuelas provisorias, sino del conjunto de ideas, costumbres, instituciones y tendencias que prevalecen en un época, esto es, lo que constituye la Educación Pública. La instrucción primaria tiene por objeto principal poner en el niño los instrumentos de la civilización: aprender a leer lo escrito, pintar la ideas, calcular los números, dibujar las formas…”.

Ingenuo lector; me harta la gente que reitera sin ningún pudor que el gobierno lo engañó, que se sintió defraudado, que el padre discutía con la madre y entonces no se enteró que se torturaban seres humanos o que los negociados habían sido escandalosos. Chantajes groseros, caro libertino. La historia se repite. Un gobierno no engaña a nadie que no quiera ser engañado. Lo lastimoso es que nos enredamos en artificios, marañas y terminamos ocultando lo inocultable. Postales del pasado, fracturación, vicios de una cultura política; nos quita energía, nos desgasta. Una simplicidad que roza el hartazgo. Que se vayan todos, entonces, que se vayan.

La palabra anarquista tiene una carga emocional, una connotación mítica. Y se desconoce su sentido, su vitalismo, su ética, sus principios humanistas. Se desconoce todo. No sabemos leer Pero no es que no sepamos leer a Cormac McCarthy, a Hans Kelsen o Las aventuras de Isidoro Cañones. No sabemos leer el diario ni las fotografías ni las calles ni lo cotidiano. Ni el reclamo del campo o un poema de Rilke. Viene de lejos, desde mucho antes de aquella época del cine dorado donde se tenían heroínas bellas, crispadas, elementales y se ignoraba a Roxa Luxemburgo. Recordemos entonces: fue asesinada el 15 de enero de 1919 junto a Karl Liebknecht. Es el día de hoy en el cual todos los años, un domingo a mediados de enero, más de cien mil alemanes concurren a una manifestación en Berlín para homenajearlos.

Aquí hace años, más de veinte, que la Casa Radical –un hermoso edificio art-déco– no tiene en su frontispicio (unos veinte metros de altura) su nombre. Ahora se llama Comité Capital. Bien. Pero lo grave es que tampoco están los frisos donde se leían tres nombres: Alem, Yrigoyen, Alvear. Reitero a casi treinta metros de altura. Nadie recuerda que estaban allí, nadie conoce por qué se quitaron, se desconocen historias, datos, fisonomías. Sigo con las averiguaciones, con las visitas y los llamados telefónicos. Un nonato país puja entre dolores, intentos patrios y el toma y daca. Gobiernos tártaros. (Ver La Eneida, Publio Virgilio Marón, libro VI).  

Noches atrás, viajando en colectivo, escucho el diálogo de dos estudiantes universitarias. Bellísimo. Una de ellas le comentaba a la otra que había tenido en el secundario “un profesor de Lengua que era un loco”. “Restaba puntos en las pruebas escritas si no se utilizaban correctamente las comas y los acentos”. La chica se rió con ganas. "Al fina tuvo que ceder –continuó relatando–, nadie le acertaba a ningún acento y a ninguna coma". “¿Quién sabe dónde van?”, agrego con felicidad. La otra alumna, sonriente acotó: “¿Pero qué le pasaba, estaba fumado?”.

El ténebre coronel Ramón Lorenzo Falcón se destacó como represor. Sembró muertos y heridos, desalojó a obreros socialistas y anarquistas en la célebre “huelga de las escobas”. El 1º de mayo de 1909 generó lo que se conoce como la Semana Roja. Incendiaron imprentas y bibliotecas. Clausuraron locales de sindicatos. La Bolsa de Comercio y la Cámara de Cereales lo homenajearon por su rectitud y su valor ante la delincuencia ácrata. Simón Radowitzky puso final a tanto horror. Hoy, el camarada Falcón –el hombre de los bigotes a lo Káiser, a lo Guillermo II de Alemania– es uno de los personajes más honrados estatuariamente. Una placa en Callao y Quintana, una estatua frente a “La Biela”, en plena Recoleta. Otra en el Cementerio de la Recoleta, una placa al final de la calle que lleva su nombre, una cuarta en la Escuela de Policía que lleva su impronta. Y un retrato en el despacho del  Jefe de Policía, en el Departamento Central. Durante la época del Terrorismo de Estado (1976-1983) muchas calles y avenidas de las ciudades del interior cambiaron por el de Ramón L. Falcón. Mientras, los párvulos monologan autistas, los dirigentes comunistas –hoy banqueros– ocultan a Codovilla, agente del Kremlin, o a la señora neo-hegeliana que a la hora del té parlotea jitanjáforas. Caro amigo, ¿qué debemos hacer para cambiar las cosas? ¿Qué hacemos con estas calles, con estas placas, con estos monumentos? ¿Hasta dónde el olvido, la indiferencia, el testimonio zurcido? ¿Hasta cuándo el presente degradado, lo arbitrario, los cómplices y herederos de la devastación? ¿Leemos ¡Upa! o continuamos con la secuencia de este vía crucis turístico? ¿Seguimos fomentando la ignorancia, el mito, el crimen, la represión? ¿Qué hacemos, querido lector? ¿Qué hacemos?
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Imagen: Monumento a Ramón Falcón en el barrio de Recoleta. En el basamento tiene inscripta la leyenda "Simón Vive", en referencia a Radowitzky, quien lo ajustició,  y el símbolo anarquista.
Texto tomado de “Fotomontajes", Edit. Dunken, Bs. As., 2009.