4 oct. 2010

La Miguel Cané


(De Mario Bellocchio)

En 1935 Boedo aún conserva, en brochazos, algunas parcelas de las quintas originarias. Avenida La Plata, San Juan e Independencia hasta Castro Barros tienen su plazoleta central que divide ambas manos en las que se sigue circulando —a la inglesa— por la izquierda. San Lorenzo luce orgulloso su primer título profesional conquistado un par de años antes y en Carlos Calvo al 4300 —a metros de avenida La Plata— un palco emperifollado con los símbolos patrios aguarda la llegada de las autoridades. Se ha cortado el tránsito, hasta el tranvía 48 debe dar un rodeo para no interrumpir la celebración que atrae una notable cantidad de público. Es el atardecer del viernes 6 de diciembre y se está por producir la inauguración de las modernas instalaciones a las que se ha trasladado la primera biblioteca pública municipal. Ocho años antes, el 11 de noviembre de 1927, en Independencia y Castro Barros, se había dado apertura a esta institución bautizada Miguel Cané en honor al autor de la celebrada “Juvenilia”.
En esos pocos años las dimensiones del primitivo local resultaron escasas para la numerosa concurrencia y la doble casona de Carlos Calvo 4319 resultó el lugar elegido para la mudanza. Allí se podrán brindar los mayores adelantos conocidos para este tipo de establecimientos: comodidad, amplitud, pupitres diseñados a imagen de los de la Biblioteca Nacional de Amberes y una instalación lumínica similar a la de la Biblioteca de Michigan, asistiendo al lector que podrá orientar su búsqueda de material en un completo fichero multitemático. La amplitud admitirá tres anexos: hemeroteca —la primera en su género— con más de tres mil diarios y revistas mundiales; biblioteca infantil, que incluye una sección de pasatiempos, y la biblioteca circulante que, por medio de la asociación gratuita, va a permitir el préstamo, con plazo de devolución, a los lectores que lo requieran.
La Banda Municipal entrega la melodía del Himno Nacional. El intendente —Mariano de Vedia y Mitre— corta la tradicional cinta inaugural. Lo acompañan el ministro del Interior, un numeroso grupo de autoridades municipales y de instituciones vecinales que, junto a la concurrencia, visitan por primera vez lo que se constituiría con los años en un destacado hogar barrial de la cultura.
Esta apertura se transformó en uno de los hitos más importantes para el giro que las asociaciones barriales habían comenzado a tomar en la ciudad como valor agregado a las inquietudes edilicias: la preocupación cultural. Quedaba ya lejano el Primer Congreso de Bibliotecas Argentinas celebrado en 1908, el proyecto de Carlos M. Coll de bibliotecas populares municipales en las distintas parroquias —1912— y la ordenanza municipal de 1921 para la instalación “de armarios o escaparates en las plazas públicas y parques de esta Capital, conteniendo un selecto número de libros de los que podrán hacer uso directamente y sin contralor alguno, los concurrentes”. El éxito de este último emprendimiento generó la inquietud municipal de creación de bibliotecas tales como las de Artes Industriales, especiales para obreros, al estilo de las parisinas, proyectadas en 1925. Un año más tarde la ordenanza N° 1656 reglamentó el funcionamiento de las llamadas “Bibliotecas públicas municipales” y creó una Comisión honoraria integrada por Alberto D. Justo, Juan Farini, Alvaro Melián Lafinur, Ismael Bucich Escobar y Ricardo Güiraldes, cuya primera misión se concretó con la fundación de la primitiva Miguel Cané de Independencia y Castro Barros.
Lo cierto es que el nuevo edificio de dos frentes (17 metros), dos plantas y susbsuelo, da comienzo a la época de mayor actividad. La hemeroteca promedia una asistencia de 120 lectores diarios mientras que la biblioteca infantil recibe 140 consultas y la circulante 35 requisitorias cada jornada. Todas ellas en el marco de una concurrencia anual que en 1939 reune 97.200 visitantes. El establecimiento cuenta con sala de investigaciones, taller de restauración y encuadernación, oficina de bibliografía y traducciones y es sede de la Comisión Protectora de Bibliotecas Municipales.
A partir de 1937 el elenco de bibliotecarios suma como tal a quien, con el tiempo, se transformaría en uno de los máximos referentes de nuestra literatura, Jorge Luis Borges. Francisco Luis Bernárdez sugiere esa incorporación que prestigia a la institución durante nueve años hasta que en 1946, la desubicación política de algún funcionario traslada a Borges a la humillante “inspección de aves de corral”. Ahí quedan aún, en el espacio Borges de la actual biblioteca —inaugurado en 1997— algunos de los muebles y enseres que utilizó el escritor, como testimonio de su paso.
Con el correr de los años el desfile de visitas ilustres ha provisto mojones destacados. La más reciente, el escritor mexicano Juan Villoro, quien señaló que “los libros, que son la mejor forma de viajar, me trajeron a este sitio donde Borges descubrió el mapa oculto del universo”, pasó hace unas semanas por la biblioteca donde también concurrió Mario Vargas Llosa en marzo de este año (1). “Esta biblioteca, cuya existencia conocía como todos sus admiradores, fue prestigiada por los nueve años que Borges pasó aquí”, manifestó el escritor.
Julian Barnes lo había precedido un mes antes. El autor de “El loro de Flaubert” ironizó —en una placa manuscrita que se atesora— sobre la autenticidad de una talla de loro que se exhibe, como la posibilidad de que ese sea el auténtico de Flaubert.
Actualmente la biblioteca, que cuenta con una existencia “consultable” de 40.000 volúmenes —se estima que unos 10.000 más se hallan en restauración, algunos de ellos con proceso de baja por obsolescencia—, es visitada por 50 personas diariamente. La biblioteca provee servicio de Internet de consulta y una gentileza no arancelada de fotocopias de consulta. En la planta alta el anexo infantil “La jirafa enamorada” cuenta con unos 2.600 volúmenes y una visita diaria de 12 concurrentes. Un enorme patio techado acompaña al gran salón de actos que se halla a disposición del uso público. Una sala pequeña guarda algunos tesoros como una “Historia de San Martín” de Bartolomé Mitre o una colección de la revista PBT ambas datadas a fines del siglo XIX. Sobre esta sala el presidente de la Junta de Estudios Históricos de Boedo, Aníbal Lomba, señalaba: “Comprobé estupefacto que aquellos anaqueles de madera lustrada, cálidos, añosos, habían sido suplantados en gran parte por estanterías metálicas, grises, frías, sin alma, similares a las que vemos en cualquier sótano de un descuidado comercio barrial”. Sobre las observaciones de sustitución de mobiliario y bajas de volúmenes sería deseable que las autoridades dieran una explicación que satisfaga tales inquietudes.
El simple e inexorable transcurso del tiempo fue señalando cambios sociales que determinaron la baja en la requisitoria pública sobre las bibliotecas. Mayor acceso al libro propio de los estudiantes y bibliófilos, nuevos medios de comunicación —a los que últimamente se suman la computación e Internet— modificaron sustancialmente el perfil del visitante de los claustros del libro; el cierre de la hemeroteca —voluminosa requisitoria de espacio— derivada a la Legislatura; el traslado de la Dirección General de Bibliotecas cuyo asiento era la Cané, generaron, en 1981, una reestructuración que se tradujo en la reducción de la propiedad a sólo una de las dos casonas que la componían, la de Carlos Calvo 4319.
El “Espacio Borges”, una recreación de lo que fuera el entorno de trabajo del escritor, conserva entrañables recuerdos de su paso por la biblioteca en tiempos en que el libro era el indiscutido centro de irradiación de cultura. Hoy, la reducida Cané, trata de no aparecer anacrónica incorporando Internet y software de voz para la lectura de los ciegos. Es de esperar que sus directivos tengan el equilibrio respetuoso de su decurso que permita jerarquizar el patrimonio sin transformarlo en un “depósito de libros ordenados”, como señalaba Aníbal Lomba en sus observaciones.
La historia del lugar y sus vivencias no admiten otro tratamiento.
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(1) Año 2008, cuando se originó esta nota con motivo del 80 aniversario de la Biblioteca Municipal "Miguel Cané".
FUENTES CONSULTADAS
Miranda, Arnaldo Ignacio Adolfo; Las Bibliotecas Públicas Municipales de la Ciudad de Buenos Aires, Cuadernos de Buenos Aires, 62, Buenos Aires, 1996.
González, Daniel H.; Guía de bibliotecas y centro de documentación de la República Argentina, Sociedad de investigaciones bibliotecológicas, Buenos Aires, 1998.
Lomba, Aníbal; ¿Muere otro orgullo del patrimonio cultural de Boedo?, en : www.nuevociclo.com.ar
Imagen: Frente de la biblioteca. (Foto tomada del periódico "Desde Boedo").