14 oct. 2010

Lo que queda de la infancia


(De Inés Tropea)

Cómo voy a contarte de aquella temporada de la vida en que los guardapolvos usaban otro nombre: "delantales", decían las maestras cuando nos sermoneaban porque el tintero involcable había dejado escapar esa gotita de tinta Pelikán, azul lavable, que no se lavaba nunca... La tela de algodón, almidonada, con tablas adelante y en la espalda, llevaba esa mancha azul en el bolsillo como una medalla. Ni te quiero contar de la pluma cucharita, que salpicaba cuando hacías las eles, y dejaba la hoja del cuaderno llena de lunares azulados. Claro que había secante atado de una tirita a la tapa del cuaderno. Secante con nombre y apellido, por si se perdía, claro.
Pero, en cambio, no había correctores... Esos mágicos lápices que borran lo que se escribe mal y no se nota. Algunos chicos, yo me acuerdo, usaban lavandina. Pero todos borraban. Tanto borrábamos, que el papel quedaba agujereado cuando menos lo pensabas. Y ahí estabas frito, porque no se podían arrancar las hojas, ¿té acordás?, porque las hojas estaban numeradas del principio al fin.
Claro que cuando cuento estas cosas, los más chicos me miran con sorpresa pero, los demás, los que se acuerdan, entrecierran los ojos como para mirar hacia atrás sin encandilarse.

Me acuerdo de otras cosas también, cosas chiquitas, de esas que se amontonan en los álbumes y no ocupan espacio... Los pizarrones, por ejemplo. Eran negros. Grandes y negros. ­Y qué trabajo costaba escribir parejito, sin que la letra se te cayera hacia abajo como en una pendiente! Sí. Eran negros... Después vino el gran cambio. Pintaron los pizarrones de verde, y llegó el Simulcop. ¿Te acordás de ese libro lleno de mapas y figuritas que vos podías calcar pasándole por encima con una regla? ¡Qué maravilla era el Simulcop! Pero nadie entendía que era una maravilla. Si tu mamá te dejaba usarlo (y eso era bastante raro), la maestra nunca te ponía un muy bien diez... Aunque lo pintaras con las pinturitas Goldfaber... -Un simulcop no es un dibujo- te decían, y vos no podías explicarles que era la primera maravilla que teníamos a mano.
Después vinieron otras, claro, pero de las otras se acuerdan casi todos, seguro, porque se fueron encadenando una a una, hasta llegar a las que conocemos todos, las de ahora...

Sin embargo, antes había cosas sorprendentes. Las mariposas, por ejemplo. Cada primavera, miles de mariposas revoloteaban en los jardines de la ciudad, se apelotonaban debajo de las ramas de los árboles, encendían el aire como miles de arco iris móviles... Y allá iba nuestra infancia, cazando mariposas con ramas de ligustrina, hasta sofocarlas para detenerlas entre los dedos y palpar el polvillo de colores que se les desprendía de las alas, como una acuarela inigualable.
También había rayuelas dibujadas en la calle con pedacitos de ladrillo; y saltar en un pie era la más fantástica aventura al alcance de la mano. Y las rondas, y el juego de las estatuas, y el huevo podrido... Tantas tardes consumidas como vasos de refresco en los labios afiebrados de la infancia... Y los Puentes de Avignón y el Martín Pescador: ¿me dejará pasar? Pasará, pasará, pero el último quedará...
Y sí. Se quedaron últimos los que no jugaron a la bolita, los que perdieron la cachuza en una cancha despareja. Se quedaron últimos los que remontaron un barrilete comprado y se perdieron del engrudo y de la cola. 

Últimos van los que se olvidaron de las batatas al rescoldo de la fogarata de San Pedro y San Pablo. A la cola se quedaron. Últimos de la fila los que no comieron un pirulín a la salida de la escuela, los que no se acuerdan del gofio y el albayalde.

Últimos los que no se perdieron de nada pero no se lo cuentan a los chicos, los obligan a sentirse huérfanos entre los compac-disc y las computadoras. Les ocultan que cazábamos bichitos de luz en los jardines, y que no se encendían con pilas, como tampoco tenían pilas los molinillos que giraban contra el viento de los baldíos.

Últimos se quedaron los que se olvidaron del secante; los que borraron tanto la hoja que quedó el agujero en el papel, el agujero por donde se escapa la memoria si los primeros no nos ayudan a jugar a la ronda, otra vez, con nuestros hijos, y preguntarle a Martín Pescador si nos dejar pasar, o si nos quedaremos afuera por ser los últimos en la fila, por haber arrancado la  página que tenía el número de la infancia en el cuaderno de la vida.
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Tomado del blog: quemeesascartas.blogspot.com
Imagen: Útiles escolares.