29 may. 2012

Coghlan, un laberinto urbano



(De  Jorge Luchetti)

La riqueza urbana de Coghlan, similar a la de aquellos rincones atípicos que hay en la ciudad, nace de la diversidad de accidentes urbanos que tanta identidad le dan a la zona. Estas barreras físicas han segmentado al barrio de tal forma que, como decía nuestro querido historiador Alfredo Noceti, “se hace difícil transitarlo si no es a pie”.

Los trazados en forma ortogonal, tan característicos de las ciudades latinoamericanas, con su plaza principal y su desarrollo a través de la manzana cuadrangular, tienen sus orígenes en algunas ciudades de la antigüedad donde ya se había implementado este modelo urbano. Hipodamo de Mileto, arquitecto y urbanista griego, fue perpetuado por Aristóteles como el creador del plano tópico (pueblos como Priene y la misma ciudad de Mileto son un buen ejemplo de esto). Su objetivo primordial pasaba por plantear la disposición lógica de la ciudad, en donde sus calles debían tener un trazado en ángulo recto y el ancho de éstas debía ser moderado y sin fantasía.
A las ciudades griegas le prosiguieron las romanas, que fueron herederas directas de las helénicas. Los planos ortogonales y las calles de igual ancho eran sus principales características. Incluso en las fundaciones de nuevas colonias, que en principio surgían como campamentos militares (como sucedió con la ciudad de Timgad, en Argelia), se respetaron estos trazados. Su construcción se hacía a través de la composición de dos ejes primarios, llamados Cardo (norte-sur) y Decumanu (este-oeste), que eran las líneas rectoras y de mayor ancho en toda la ciudadela.
Estos principios, pensados para cualquier tipo de ciudad e incorporados en las leyes de Indias, fueron ejecutados por los conquistadores españoles en su llegada a América. Así, por ejemplo, el delineado ortogonal de la ciudad de Buenos Aires se fue extendiendo por toda la pampa, tanto hacia el norte como hacia el sur y el oeste, casi sin alteraciones debido principalmente a la planicie del territorio. La monotonía del paisaje pampeano, tan característico por sus extensos llanos, sumado al repetitivo sistema de manzanas, dio como resultado un aburrido perfil de la metrópoli. Sin embargo, la transgresión a este delineado en algunos barrios de Buenos Aires ha sabido atesorar el paisaje de la ciudad, con alternativas poco comunes y sumamente interesantes.

LA RUPTURA DE LO CLÁSICO
Hay en la ciudad distintos barrios de características tradicionales que rompieron con la monotonía de la cuadrícula fundada por Juan de Garay. Algunas son propuestas muy novedosas, que fueron creciendo como una opción al tejido tradicional. Es el caso de Parque Chas, proyectado en 1925, diseño similar y tan complejo como el de una tela de araña de forma concéntrica, que como supo definir Alejandro Dolina “es aquel mágico sitio donde se pierden hasta quienes lo habitan”. También podemos mencionar con similares características al barrio parque Cornelio Saavedra, un proyecto de fines de los años 40. También de geometría centrada y calles sinuosas, aunque no tan enmarañado como Parque Chas, en más de una oportunidad nos hemos referido a él. Hay en estas muestras urbanas un claro ejemplo del sentido de evolución que puede tener cualquier conjunto habitacional. Los dos proyectos están basados en la idea de ciudad jardín, de la Inglaterra del siglo XIX.
En cualquiera de estos modelos también se puede observar la integración existente con los barrios aledaños, que logra romper con la monotonía de su traza sin dejar de amalgamarse con la trama convencional. A diferencia de Parque Chas, el conjunto habitacional Cornelio Saavedra y algún otro sector urbano transgresor de la ciudad respetaron la manzana típica y mantienen el tan mentado trazado ortogonal que tanto define a Buenos Aires. No obstante, dentro de la misma metrópoli existen lugares que por diferentes circunstancias fueron rompiendo de alguna manera ese dibujo primigenio. Un ejemplo de esto es lo que sucede en diferentes partes de Coghlan, donde los tesoros urbanos aparecen casi con naturalidad.
Este pequeño sitio de la ciudad, que a partir del tendido ferroviario y la ubicación de la estación dio origen y nombre al barrio, es el mismo que provoca una segmentación en la zona de calles y cortadas que termina por dar cierta particularidad y riqueza al lugar. Un ejemplo es la situación que se genera en el área comprendido por las calles Pedro Ignacio Rivera, Estomba, Washington y vías del ferrocarril Mitre, algo atípico para la ciudad y de gran valor patrimonial. A su vez la ocupación de dos manzanas por parte del Hospital “Pirovano” ayuda a fraccionar más la circulación vehicular, lo que hace que de esta forma aparezcan calles tranquilas, poco transitadas, casi privadas. O sea, pequeños rincones urbanos de características inusuales y de gran atractivo.

PARAÍSO TERRENAL
Del otro lado de la estación, en dirección al barrio de Villa Urquiza, la situación incluso es más singular. La bifurcación del ramal ferroviario, con las dos estaciones cercanas una de otra (Coghlan y Drago), crea un vértice urbano también poco frecuente, una especie de paraíso terrenal dentro de la vertiginosa silueta porteña. Pero también están las transformaciones producidas por los pasajes, cuyo origen generalmente nace de subdivisiones y particiones de las parcelas originarias, que dieron como resultado estas características callejas dentro de la metrópoli. Por ejemplo, juntos se encuentran los pasajes Sócrates y Plutarco, formados por un perfil de casitas bajas que hacen pintoresco al lugar.
Siguiendo el recorrido por la zona, también podemos tropezar con otros pasajes como Prometeo, Valderrama y San Francisco de Asís, todos de dos cuadras de largo. Este último es además paralelo a las vías del ferrocarril, tiene la particularidad de poseer una sola vereda, marca uno de los límites del barrio y finaliza su trayecto en una pequeña plazoleta que carece de nombre. Dicho sea de paso, sería interesante que los vecinos nos ocupáramos de bautizar a este anónimo espacio verde, el cual podría llevar el apelativo de alguna figura ilustre de las que habitaron en Coghlan, entre ellas Lino Spilimbergo, Athos Palma y, por qué no, Alfredo Noceti, que hicieron tanto por el país y el barrio.
Volviendo al tema que nos ocupa, y para poner un broche a estas riquezas urbanísticas que fueron generándose en el barrio producto del desarrollo de la ciudad, no podemos dejar de mencionar la ruptura que provoca la avenida Ricardo Balbín (ex Del Tejar). Su diagonal va desgarrando el entramado cuadricular, gestando así pequeñas plazuelas como la Curuzú Cuatiá, ubicada en Ricardo Balbín entre Quesada y Congreso, o la Francisco Fiorentino, en Ricardo Balbín y José P. Tamborini. Por todas estas peculiaridades que hacen al tipismo y singularidad de Coghlan, nuestro poeta e historiador Alfredo Noceti escribió en su Milonga del Centenario una muy buena descripción sobre el barrio y su gente, al que alguna vez se lo llamó “barrio dormitorio” porque sus habitantes trabajan fuera de él pero ansían su tranquilidad cuando regresan por la noche...:“Con calles interrumpidas / por el hospital y el riel / es difícil desandarlo / a menos que fuera a pie. / Hay edificios en torre; / bellos dúplex y chalets / y quedan casas chorizos con zaguán y con cancel, / el obelisco de Obras / pretendiendo de doncel / le guiña a la chimenea / de la fábrica Nestlé...”.
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Imagen: Construcción del túnel vehicular de la avenida Monroe bajo las vías del ferrocarril, 2011. (Foto rubderoliv).
Nota tomada del periódico El Barrio, Nº 81, 2005.