1 jun. 2012

Héctor Pedro Blomberg, el poeta del puerto


 (De Raúl González Tuñón)

Cuando en la Boca del Riachuelo y en el Paseo de Julio –antes la Batería, hoy avenida Leandro N. Alem – había muchos y más típicos boliches y tabernas de marineros de todos los mares, y bares de camareras y especies de music-hall, todos con nombres extraños, evocadores de lejanos y misteriosos países… Algunos de esos lugares típicos, personajes del puerto, soñadores y vagabundos, inspiraron poemas que integraron los libros escritos por aquellos años, dignos del recuerdo, por Héctor Pedro Blomberg: “Bajo la Cruz del Sur”, “A la deriva”, poemas porteños, junto a otra serie de cantos de  clima foráneo, inspirados por puertos de todo el mundo desde el Cabo a Singapur, desde Bombay a San Francisco… Héctor Pedro Blomberg, pues, es quien introduce en la poética nacional el tema portuario, de nuestro puerto, de otros puertos, del mar.
No solamente eso; al mismo tiempo componía sus “Cantos navales argentinos”, con evocaciones nostálgicas, y cantos a Brown, Espora, Azopardo, Buchardo y figuras como la Novia del Capitán, Elisa Brown, la suicida hija del almirante.
Y, años más tarde, Blomberg abandonó esos temas para siempre, convirtiéndose en autor de canciones, en colaboración con el compositor y guitarrista Maciel, algunas muy populares todavía, como “La pulpera de Santa Lucía”.
El puerto perdió a su poeta. Lo atrajeron los hálitos trágico-románticos de la época de Rosas, la pugna entre federales y unitarios, la “plebe rosina”, como la llamara Borges, la Mazorquera de Monserrat, el mito novelesco de Manuelita Rosas, el rumor de las guitarras en “el patio que olía a diamela y la reja que olía a jazmines”. Allí, en la pulpería del barrio: “Era rubia y sus ojos celestes/  reflejaban la gloria del día/ y cantaba como una calandria/ la pulpera de Santa Lucía…”
Un payador de Lavalle huyó con la pulpera y entonces las trompas de Rosas no volvieron a cantar en el patio vacío “la doliente y postrer serenata que llevábase el viento del río”. Antes habían suspirado por la hermosa, las guitarras de cuatro cuarteles… Y el éxito de esta canción le hizo escribir otras, siempre para la música entradora, de penetrante melodía del “Negro” Maciel.
En la época en que Blomberg escribía poemas de áspero realismo, como los del Bajo –viejo Paseo de Julio–, alternándolos con baladas que trascendían delicada ternura, amarga nostalgia, como “En el bar de la australiana” o la conmovedora elegía al marinero argentino muerto en tierras extrañas, el poeta se reunía, muchas veces, al anochecer, en el despacho de  bebidas del almacén de Salta y Victoria, con amigos como Enrique Richard Lavalle, Carlos de la Púa, Enrique González Tuñón y otros. A eso de las diez  solían encaminarse hacia el “Re dei Vini”, cantina italiana del hotel del mismo nombre, donde funcionaba la peña El Infundio, que dirigía Richard Lavalle; una tertulia con algo de la vieja bohemia despreocupada y sedienta (el mismo Richard Lavalle usaba aún sombrero alón y corbata La Vallière)… Como había que andar muchas cuadras, hacían un alto a mitad del camino al “Re dei Vini”, en cierto boliche al cual Blomberg llamaba “El descanso del Peregrino”.
Fue en ese “Re dei Vini” que ya no existe –allá en Córdoba y el entonces Paseo de Julio – donde los jóvenes “martinfierristas” organizaron una comida en homenaje a Pettoruti,
quien por entonces –fines de 1924 o comienzos del 25– había alborotado el ambiente artístico con su primera exposición de pinturas de vanguardia. Es digno de señalarse este hecho: entre los asistentes a esa comida figuraban José Ingenieros –desaparecido poco después–, siempre alentador de las empresas juveniles.
Dos Buenos Aires, pues, se mezclaron en las obras de Héctor Pedro Blomberg., el de entonces, el de “New Croos, Bar de Camareras”, el de las musicantas del Bajo, el del puerto abigarrado y pintoresco, laborioso y tabernario, sombrío y luminoso, cuando los pescaditos se freían en la calle y había títeres en la calle Colorado (1) y músicos ambulantes en las plazuelas cercanas a los muelles, y el Buenos Aires del candombe y el  vals, el de las viejas casonas y las callejuelas tortuosas y los hondos corralones… “La calle donde mataron a Ivonne” había quedado lejos; el poeta transitaba ahora una calle espectral, que daba al río, una calle del pasado terrible y poético, con ventanas con rejas en San Telmo y antiguos candiles en Montserrat.
Cuando Blomberg era el poeta del puerto, empezó a salir La Novela Semanal. Años después fundaron la SADAIC y don Héctor fue uno de sus socios; ya escribía letras de canciones exitosas, cuyo suceso compartía con su amigo, el popular y notable “Negro” Maciel.
¿En qué “Reposo del Peregrino” divagará ahora esa singular, querida y familiar figura porteña que fue Héctor Pedro Blomberg?
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(1) Actualmente Agustín R. Caffarena ( N. de la Red.)

Foto: Héctor Pedro Blomberg.
Tomado del libro de R.G,T.: La literatura resplandeciente, Edit. Boedo-Silbalba, Bs. As., 1976.