15 jun. 2012

"Floralis genérica"


 
(De Miguel Ruffo)

13 de abril de 2002: la Argentina atraviesa por una profunda crisis económico social y política, que desencadenada en diciembre de 2001, tras la caída del presidente Fernando de la Rúa, ha instalado la inestabilidad de las instituciones democrático burguesas, cuestionadas por los movimientos piqueteros, las asambleas barriales, los cacelorazos.
La burguesía emprende la recomposición de su institucionalidad en una sociedad movilizada y que debe inmovilizar para poder gobernar.
13 de abril de 2002: en la Plaza Naciones Unidas, frente a la Facultad de Derecho, se realiza el acto inaugural de la escultura gigante “Floralis Genérica”, del arquitecto Eduardo Catalano. Esta “flor gigante” ha sido concebida como una escultura móvil. En efecto, debía abrirse y cerrarse con las salidas y puestas del sol; debía permanecer permanentemente abierta los días 25 de mayo, 21 de septiembre, 24 de diciembre. Para realizar estos complejos mecanismos contaba con un sistema computarizado que regularía el movimiento de la flor con los ciclos diarios y anuales del sol. Esta flor no remite a ninguna especie vegetal en particular, sino a aquella en su aspecto general. No parecía la apertura de la ciudad a la naturaleza, apertura que proponía la escultura, haber sido inaugurada en el momento más oportuno. Precisamente una sociedad preocupada por la desocupación, por los ahorros inmovilizados, por la cuestionada representatividad de los funcionarios públicos, parecería estar totalmente alejada del mensaje propuesto por la escultura. Las gestiones del arquitecto Catalano para donar su obra a la ciudad comenzaron en 1999 cuando De la Rúa era Jefe de Gobierno de la Ciudad; la construcción recién comenzó en enero de 2001 y finalizó en febrero de 2002. Para entonces De la Rúa ya había pasado por su fugaz y decepcionante presidencia. La Nación estaba convulsionada; por eso declaró Catalano que su escultura “Es la esperanza de la eterna primavera en un momento de crisis económica y social como el que está pasando el país, me gustaría que la gente la viera como una esperanza”. Pero hasta las esperanzas estaban empañadas, ya que las autoridades del Gobierno de la Ciudad mantuvieron en secreto el instante de la inauguración por temor a que en el lugar de su emplazamiento se produjeran cacelorazos. Dejemos que el propio autor nos hable de su obra: “Cuando la concebí sentí por unos instantes, sólo por unos instantes, que me había convertido en arquitecto de la Diosa Naturaleza, creando una nueva flor sobre la Tierra. Flor que por su carácter genérico es síntesis y símbolo de todas las flores”; “Vengo de la cultura americana, que tiene sus defectos y sus virtudes. Entre las últimas está la filantropía y por eso he querido brindar a la ciudad de Buenos Aires esta Obra Ambiental y en arquitectura me considero estructuralista. Quiero pureza, precisión, tecnología y una representación del mundo” (1). Estos pensamientos nos hablan de la intuición estético naturalista del artista y de su interés por regalarle a Buenos Aires una obra de arte, que llegase a ser el símbolo móvil de la ciudad. En efecto, las ciudades tienen símbolos estáticos; así Buenos Aires el obelisco, pero Catalano quería que también tuviese un símbolo móvil. ¿Y qué movimiento mayor hay que el de la propia naturaleza? Pero para apreciarlo es necesario recuperar las relaciones entre el hombre y el mundo natural, entre el hombre, el sol, la vegetación y con ello todos los ciclos naturales. Tal vez la propuesta de Catalano llegó a Buenos Aires en un momento político poco propicio para que el pueblo prestase la debida atención a su propuesta artística. Si bien esto puede ser valedero, debemos señalar un componente estructural constante de rispidez y oposición: la presencia de la megalópolis. Es por ello que la recuperación del vínculo con lo natural exige superar la división del trabajo entre la ciudad y el campo. Pero este es un problema que sólo podrá ser resuelto a lo largo de toda una época histórica, con el desarrollo de un sistema social que supere la oposición campo-ciudad. Por el momento valgan las esculturas que nos recuerdan nuestros orígenes naturales.
Pero no todo son flores para la “flor gigante”: “Me dedico al turismo y no puedo creer que todavía no arreglen la flor de Figueroa Alcorta. Hace uno o dos años que no se abre ni cierra, ni se ilumina. Después del Obelisco, la Plaza de Mayo y el Colón, es uno de los ítems más fotografiado por los turistas. Sin embargo, a nuestro viajado Jefe de Gobierno parece no importarle. [...]” (2). Esperemos que nuevas administraciones y nuevas realidades nos permitan redescubrir los fenómenos de la naturaleza en una ciudad tan grande como Buenos Aires.
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Notas:
(1) Carini, Patricia; “Será inaugurada la escultura ‘la flor gigante’ de la ciudad” en Clarín, 13 de abril de 2002, pp. 32-33.
(2) Carta de Coco, Marta, a la sección “Reclamos y propuestas” de Clarín, 20 de mayo de 2012, p. 55.

Imagen: “Floralis generica” de Catalano que se levanta en la plaza Naciones Unidas.
Nota y foto tomadas del periódico Desde Boedo (Nº 119, junio, 2012) (http://desdeboedo.blogspot.com)