7 sept. 2010

El pasaje que habitó Roberto Arlt


(De Luis Alberto Ballester)

En Gurruchaga 1959, en el barrio de Palermo, se ahonda un pasaje precisamente expresivo. Posee una gracia que se devela lenta, casi conventual, como si en su ámbito cesaran los tristes conflictos humanos. Hacia sus costados se vuelcan casas ornadas con marquesinas de tejas rojas, iluminadas por jardines breves. Tras ellos descansan las fachadas, cuyo color es ya el de las lluvias, el de una paz recoleta donde los gestos se adensan, y que se quiebra en ventanas que reflejan luces crepusculares.
En una de esas casas silenciosas vivió durante un tiempo prolongado Roberto Arlt. Sentado a una mesa blanca, en el jardín diminuto envuelto por una selva onírica de plantas, habrá imaginado a Erdosain invadido por la angustia, a Silvio Astier enfrentado a sus fantasmas interiores. A la noche tal vez pasearía por las habitaciones, acosado por sus espectros, contemplando el fluir inapelable de las cosas, oponiendo a lo efímero la verdad de su obra.
El pasaje, al final, tuerce hacia un fondo donde germinan, confusos y bellos, plantas y árboles. Es como un pequeño bosque, el que se une a la profusión de jardines de este pasaje sabio y humilde. Oscilan varas y mimbres con pendones que rozan la tranquilidad de los gomeros, la oscuridad enigmática de las plantas de sombras.
La característica más evidente del pasaje es el silencio. Y enlazado a él una calma que linda con lo sobrenatural, que invade al observador. Desde la terraza de una casa se alza una bohardilla, plena de un vacío poderoso, erguida hacia el humillado cielo de Buenos Aires. Al fondo se destaca una casa de planta baja y un piso, con ventanas pintadas de verde, sombreadas por techos inclinados de tejas de un rojo apagado. Todo en ella permanece inmóvil y solitario, y desde esa quietud se torna más expresivo. El jardín está poblado por árboles, por deltas y sombras, por flores vivamente púrpuras, por rincones y memorias.
Semeja la ilustración de un cuento de hadas, recorrido por una luz plateada que parece descubrir a Melusina, o a la Reina de las Nieves, quien nos aterrorizara desde el relato de Andersen.
Sobre los vidrios de la ventana fluye un centelleo líquido y nadie habita las veredas del jardín ni el ancho corredor del pasaje. Otro reino nace entonces en Buenos Aires, más auténtico y verosímil, y lejanas voces, como las que germinaban en la infancia, despiertan en el interior del hombre.
_____
De Revelación de Buenos Aires.
Dibujo de Roberto Arlt por Ricardo Carpani.