7 sept. 2010

Mario Jorge de Lellis


(De Isidoro Blaisten)

Iba como buscando flores por la vida. Viviendo sólo lo decantado. “Suelo olvidar detalles”, dijo una vez en un poema. Y los olvidaba, porque tenía que vivir apresuradamente, en función de poesía, quemando etapas, casi contra reloj, con ese presentimiento de la muerte, con esa solemnidad de la muerte que tenía en la mirada “…como si su instinto lo llevara a sacar provecho de este último chorro de vida. Como si supiera que viene la muerte, que tiene que dejar escrito hasta el último verso que ha sedimentado su alma”. Esto que Mario escribió de Vallejo tiene valor para él. Toda su poesía tiene una relación directa con la muerte. No una lamentación, sino una especie de acatamiento vital.
“En las tres cuartas partes de la vida…”, escribió en un poema, cuando tenía 33 años. Y vivió 44. Trabajó duramente para ganarse un peso, escribió catorce libros de poesía, una novela, dos biografias, uno de cuentos, uno de viajes, más de trescientos cuentos para revistas femeninas, publicó catorce números de su Ventana de Buenos Aires, una de las más hermosas revistas literarias que existieron, fue veinte años al hipódromo, no dejó de ver a Boca, viajó por muchos países, tomó mucho vino, tuvo muchos hijos, amó a muchas mujeres.
Además concitaba la magia. La urgencia de pasar rápidamente por sobre lo cotidiano, lo llevaba a convocar algo extraño que iba desde acertar la triple hasta olvidarse una máquina de escribir en un café a la italiana de Sarmiento y Florida, y encontrarla al día siguiente en el mismo lugar, confundido el color de la funda contra el mármol negro de la balaustrada, o volver de China sin un peso y descubrir en la cubierta una cartera llena de miles de liras. Efectivamente, era de un pobre inmigrante. La devolvió. Se pasó el viaje agasajado, comiendo con la oficialidad como un héroe de la honradez.
Por medio de la magia se le pegaban los tipos más insólitos, Una tarde fuimos a tomar un vino a un bar extraño, que queda por Tacuarí y Rivadavia. Primero vimos a una loca que esperaba en la puerta a que los parroquianos se levantasen para entrar corriendo y tomarse cualquier cosa que quedaba en los vasos, todo muy rápido, para volver a la entrada a montar guardia.
De Lellis en ese momento esbozaba su teoría del miércoles. Era un día que no le gustaba. Decía que era un día de miércoles, que no era ni chicha ni limonada, que estaba en mitad de la semana y que por eso a las mujeres había que pegarles todos los miércoles con la toalla mojada.
En eso entró un sujeto raro y antiguo, con un sombrero hongo empotrado hasta las cejas. Despaciosamente, fue mirando con severidad todo el salón. Cuando nos vio se acercó un poco y nos estudió con una insistencia torva, casi despreciativa. Y se fue. Con la misma dignidad con que había entrado, dio media vuelta y se fue.
Nos miramos en silencio. Entonces Mario dijo:
–Inspector de angustiados.

Una noche estábamos con Jorge Vázquez Santamaría. Comimos en el Pippo y después Mario siguió tomando. Era imposible seguirle el tren. Pedía anís turco, grapa, ginebra, hesperidina y moscato y lo mechaba con traviatas y capuchinos, panes de salud y académicos.
Recorrimos tantos boliches que a las seis y media de la mañana nos sentamos en un bar frente a la Plaza Once. En la mesa de al lado había un hombre solo. Parecía esperar a alguien. Tenía un paquete grande como una caja de zapatos. Mario comenzó a semblantearlo:
–¡Jé, vos sí que tenés tu paquete!
El otro se sobresaltó. Después esbozó una sonrisa idiota.
–Te compro el paquete.
Ahora sonrió menos. Dijo algo que no entendimos.
–Te doy dos lucas.
El hombre no sonrió más.
–Mirá, todo lo que tengo son siete lucas. Te doy siete lucas si me das el paquete. Acá están. Tomá.
El hombre se levantó, apretó el paquete y se fue rápidamente. Cuando pasó por la caja,
nos seguía mirando con miedo.


Fue un gran poeta, con un gran conocimiento de la poesía y un gran rigor y había llegado paulatinamente, a fuerza de sublimación a ese lenguaje tan intransferiblemente suyo, tan descaradamente copiado por los indios de opereta, por los mestizos de la literatura.
Recuerdo cuando Marcelo Ravoni, miraba el reloj y decía: “ –ya–”. Mario escribía “poesía rimada al minuto” sobre el dorso de los descartes de fotocopias. “–Este va en nueve– decía”. Y escribía largas estrofas con una métrica perfecta, frescos retratos de amigos, llenos de humor. De ese endiablado humor que lo acompañó hasta el final.


Fue un gran poeta. Un poeta popular que no necesitó de malas palabras para hablar al corazón de la gente. Nunca adoptó posturas de exquisito. Antes de ser un intelectual, fue un ser humano. Un ser humano “lleno de cosas”, como decía él. Un hombre de pueblo “y maneras de Almagro”. Mario se fue. Lo enterraron un miércoles. Quizás esa tarde los gorriones se hayan callado un momento. Pero algún día se va a escribir la historia. La verdadera historia. Y cuando aquellos que una vez le pagaron treinta pesos por una nota, los que nunca le dieron ni un tercero, ni un quinto, ni un sexto premio municipal ni barrial, ni nada, los que dijeron: “…sí, pero tomaba”, estén muertos “nutridos de materia./ Duros, Solos.”, las muchachas que tendrán la edad de Sandra, leerán sus poemas, leerán, por ejemplo: “Sandra/ algún día leerás estos poemas/¿seguirás siendo Sandra? "
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Imagen: Dibujo de Mario Jorge de Lellis por Juan Carlos Castagnino. 
Tomado de: "Anticonferencias".