4 sept. 2010

Tinta china


(De Mónica López Ocón)

He viajado por mundos desconocidos mucho antes de tener la posibilidad de subirme a un avión. Bajo la presión del plumín aparecía sobre el papel transparente el más lejano de todos los mundos lejanos, China, dibujado, precisamente, en tinta china. Ningún otro viaje real me llevó al centro del misterio de la misma forma que aquél en cuyo transcurso dibujaba ríos negros y límites políticos pespunteados como los cuellos de las camisas de mi padre.
Mi madre hablaba de “la China” como lo más lejano que había en el mundo y yo incorporé tempranamente la noción de que existía en la Tierra un punto más distante que cualquier otro, no importa en qué lugar del globo se estuviera.
Sin embargo, siempre tenía al alcance de mi mano un frasquito de tinta china, un pozo negro del que emergían mapas de todos los países. A intervalos regulares, compraba en la librería de la vuelta una dosis de lejanía para dibujar geografías que figuraban en los libros, pero que jamás había visto. Mi precaria cartografía infantil era un acto de fe. ¿Existía realmente China, el país donde hombrecitos amarillos vestidos con trajes de seda multicolores fabricaban tinta negra? Curiosamente, China estaba lejos, pero la librería que vendía la tinta china estaba a la vuelta de mi casa, sobre la calle Pavón. ¿Cómo le llegaban al librero aquellos frasquitos? ¿Los distribuirían de la misma forma en que distribuían la leche que venía en botellas verdes? ¿Le dejarían grandes tanques de tinta que luego él volcaría en aquellos frasquitos de etiqueta amarilla? ¿Cómo hacían los chinos para fabricar tinta negra para todo el mundo?
Los frasquitos en cuestión, por lo menos los que vendían en la librería de la calle Pavón, tenían en la etiqueta caracteres chinos cuyo trazado era similar al que aparecía en un libro de cuentos junto a dibujos de grullas y hombres de ojos oblicuos y coleta negra, como delineada con tinta china. Los chinos del cuento pintaban con pinceles de forma almendrada aquellos caracteres negros. Los chinos pintaban con tinta china. Además, hacían cometas con forma de pájaro y de dragón. Deduje que no sólo eran los dueños de la lejanía, sino también de los mapas, de los barriletes, de la seda multicolor de sus vestimentas y de todos los caracteres del mundo, incluso de aquellos que no comprendía. Y, por supuesto, de la tinta, que desbordándose en ríos oscuros por geografías desconocidas llegaba a la calle Pavón del barrio de San Cristóbal.
Ante lo insondable del misterio, sólo cabe el silencio. Nunca me atreví a preguntarle al librero si era un chino de ropa multicolor el que le golpeaba la ventana en la madrugada para entregarle los frasquitos de etiqueta amarilla y contenido negro, si llegaba a la misma hora que el lechero, si corría por la calle Pavón remontando una cometa con forma de grulla, si traía en la mano un farolito de papel con forma de acordeón. Si aquel chino lo conocía a Marco Polo y en qué lengua había hablado con el viajero. Si la fórmula de la tinta estaba escrita en chino y por eso ningún país podía comprender cuáles eran sus componentes. El silencio preserva el misterio.
Un día descubrí que la tinta china se fabricaba en la Argentina. Lo leí en el frasquito, en una etiqueta pegada debajo que jamás había visto. Aquella tinta me pareció aguada. Era imposible que cada frasquito de tinta argentina guardara los mismos mundos que aquella que me había acompañado en los primeros mapas. El misterio precisa de la lejanía y China era el mundo más lejano. Descubrí entonces que es casi imposible vivir sin misterio, pero que éste se desvanece a medida que nos acercamos a él. Hay mundos que es mejor conocer a medias, sólo por referencias literarias.
Por suerte, conservo uno de los frasquitos de los primeros mapas. Me rehúso a abrirlo para ver si la tinta se ha secado. Me digo que siempre es bueno creer que conservamos una pequeña reserva de lejanía en un frasco de tinta, en una polvera vieja o adentro de una caja. Siempre es bueno creer que un chino diligente llega puntualmente a nuestro barrio para encerrar en un frasco mapas de países lejanos y que el librero nos permite acceder a misterios fabulosos, de esos que no se desvanecen con la luz del día y que duran tanto como la infancia.