26 sept. 2010

Rañó, impresor y mecenas de los literatos de Boedo


(De Leónidas Barletta)

El  movimiento de Boedo tomó impulso con el apoyo incondicional de Manuel Lorenzo Rañó, dueño de una máquina plana, una Minerva y unas cajas de tipos antiguos y deteriorados. La imprenta estaba instalada en dos habitaciones y un pequeño galpón de los fondos de una casa de vecindad de Boedo 837. El encargado de la casa, don Francisco Munner, tenía un pequeñó negocio a la calle que se comunicaba con la casa. Don Francisco, con su voz tonante y jactanciosa llena de vocales explosivas, atendía briosamente a su abundante clientela que le llevaba cigarrillos, lápices, cuadernos y libros. El comercio para él era una diversión. Muy temprano abría las puertas y empezaba a disputar con sus clientes por una nada. Se enfurecía, se echaba atrás con gesto de tenor para denostar al que le pedía rebaja, lo dejaba irse y lo llamaba con acento conciliador y finalmente agradecía la compra con una sonrisa maliciosa y una vocecita suave y aflautada. Y en seguida que el comprador se iba, enarcaba las cejas, se abría el bigote con los dedos desparramando los pelos en redondo y tronaba y maldecia contra la mala gente.
Don Francisco, con abundancia de gestos, con sus gritos que llenaban toda la casa, con su pequeña librería llena de polvo fue el primer editor y distribuidor del grupo Boedo.
Cruzando el patio de la casa de inquilinato de don Francisco, entre mujeres que cocinaban y lavaban la ropa fuera de sus habitaciones evitando los chicos que gateaban por el suelo, se llegaba al cuarto que servía de oficina y tipografía de la imprenta Rañó.
El imprentero era un hombre alto, de rostro moreno, algo picado de viruela, de cabello ralo y bigote con las guías hacia arriba. Llevaba en la mano izquierda un componedor que apretaba contra el pecho. Y su mano libre, de nudillos gruesos, sacaba con velocidad los tipos de los compartimientos de la caja, sin mirar casi, mientras hablaba.
Rañó no tenía horario, ni se sabía cuándo comía un bocado. No era el primero en llegar al tallercito, pero sí el último en irse, a media noche, a la madrugada, cuando conformaba todos los urgentes pedidos. Acogía a los jóvenes literatos con cierta aparente reserva, que desmentían sus ojos claros llenos de entusiasmo. Mientras ellos exponían su plan, sus deseos, sus inquietudes, él reforzaba sus proyectos, nos animaba a ir más lejos, se oponía decididamente a malbaratar una idea. Nunca habló de dinero, nunca pudo pedirlo sin hacerse violencia. Por otra parte, si lo hubiese pedido nadie le hubiera podido dar nada. Su pasión era la imprenta, su diversión favorita, discutir la política internacional, la inminencia de otra guerra. Al principio estas discusiones se entablaban con Bay, el tipógrafo, con don Francisco el catalán. Se debatían los problemas políticos del mundo, se comentaban las grandes obras. Poco a poco la reunión se hizo más importante con la inclusión de esos jóvenes escritores. Entonces las tertulias cobraban animación. Rañó mantenía su punto de vista, sin alterarse, pero cuando sus contendores levantaban la voz, de pronto aparecía don Francisco y con un pie dentro de la pieza, sin saber de qué se hablaba, haciendo bailar sus ojitos, bruscamente irrumpía con una frase cortante, atronadora: "¡Literatos! ¡No sois más que literatos! ¡Para entender esto hay que vivir, no garrapatear versos!". Y salía disparando antes de que se le pudiera responder. Rañó volvía la discusión a su cauce.
Entonces aparecieron los primeros libros de aquellos jovencitos. Rañó los imprimía, los criticaba y se entusiasmaba cuando tenían buen éxito, pero casi nunca cobraba. Cuando alguien, compungido, iba a pedir más plazo para pagar, él mismo daba las razones por las que resultaba difícil cumplir a su deudor. Con algunos se creyó en la obligación de editarles a su costa, puesto que allí en su mesa se iban formando. Y esos literatos se llamaban Amorín, Castelnuovo, Mariani, Olivari, Riccio, Blomberg, Barletta...
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Imagen: Vereda de Boedo al 800 (entre Estados Unidos y la cortada San Ignacio, que se ve en primer término) donde estuvo en el 837 la librería de Munner, la imprenta de Rañó y la editorial Claridad. (Foto AGN)
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