21 sept. 2010

Ángel Peluffo


(De Omar Pedro Granelli)

Este pasaje Ángel Peluffo no tiene reparos en mostrar fachadas autografiadas  por constructores o arquitectos de  fama, una especie de diplomas que elevan su prestigio. Un pasaje inconfundible, un tanto incomprensible, pero inevitable, que vamos exhumando en cada palabra, en cada frase y en este momento.
Así como capítulo a capítulo vamos despejando la bruma del tiempo para ver con mayor claridad las calles, con respecto a los pasajes diremos que esta insistencia hace que alejemos esa pátina del cuadro original para conocer en profundidad a los actores y los sucesos de otras épocas, lo que nos lleva sin querer a transformarnos en seguidores de Evaristo Carriego que, al decir de Jorge Luis Borges fue "el primer espectador del suburbio porteño".
En esta postura de noveles investigadores, visitamos el pasaje Ángel Peluffo. Siempre lució elegante. Siempre respiró una privacidad que puso distancia protagónica con la puntual avenida Medrano, más vivaz y ruidosa, en la cual nace.
Un trazado en diagonal pone al descubierto lo que ayer fuera el paso de la locomotora "La Porteña" arrastrando los vagones de una formación que se constituyó en el primer ferrocarril,que tuvo su viaje inaugural el 30 de agosto de 1857. Venía  de la Plaza del Parque (hoy Libertad) al mando del maquinista italiano Alonso Corazzi, el que al regreso tuvo la mala fortuna de un descarrilamiento en ese mismo lugar.
Los rieles, rumbo al oeste, con destino a La Floresta, dejaron en su avance una huella de conquista y avanzada, y la marca de un hachazo figurado en la geografía porteña a la altura de Almagro.
Ahora que los rieles han desaparecido y junto a ellos la Parada Almagro, donde el tren cargaba y transportaba los tachos de leche que le proveían los lecheros vascos dueños de los tambos de los alrededores, el pasaje sigue guardando en sus entrañas "el misterio de adiós que siembra el tren...", dicho así, a lo Homero Manzi.
Atesora en su pasado, hacia los fines del siglo XIX, el haber sido precursor del nombre del barrio por cuanto allí, precisamente allí en el pasaje, el carácter bautismal de Almagro tuvo lugar en la "parada inútil", volviendo a los versos de Homero.
Los jóvenes que pasaron por este pasaje, durante años, tal vez no le dieron la importancia visual que luego descubrieron cuando mayorcitos, al revalorizar la nostalgia pueblerina que desata su singular presencia.
Quietud respetuosa, arte arquitectónico preferencial, casas cuyos habitantes denotan un perfil de buen poder adquisitivo, veredas resplandecientes, vecindario reservado y un lustre distinguido flotan en sus cien metros y la "yapa" que abarca su recorrido. Un recorrido breve que parece más inmenso cuando nos detenemos a compartir la calidez intrínseca del ambiente y a mirar sus paredes que parecen unirse con el cielo, cuando por su condición de aprendiz de diagonal, termina con su vereda par uniéndose  a la vereda impar de Lezica, su paralela, y formando la esquina que nosotros díéramos en llamar "punta de triángulo".
Ese encuentro en "punta", al mismo tiempo que origina otra terminación edilicia distinta, también da lugar a otra plazoleta sin nombre.
El pasaje se siente promocionado, halagado, y hasta diremos orgulloso de tener antecedentes de tal prestigio y de gozar de semejante curriculum ante la vidriera de la consideración popular almagrense.
A veces, se nos ocurre detenido en un paisaje inmóvil que no muere nunca, y que algún ingenioso autor radiografió para homenajearlo permanentemente con sus laudatorios y solemnes conceptos.
Su tranquila paciencia contrasta con la velocidad de vida ruidosa de las avenidas que abundan en las cercanías. Se lo ve un poco resignado pero altanero por los laureles logrados.
Este pasaje produjo asombro y lo seguirá provocando en aquellas personas que, como nosotros, se dan el lujo de volver una y otra vez, sin recortarle en nada su privacidad, ni el colorido de sus distinguidas fachadas que asoman respetables a ambos lados de la sesgada calzada. 
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Imagen: Ángel Peluffo y Lezica; plazoleta Mario Jorge de Lellis (Foto de Omar P. Granelli). 
Tomado del libro "Almagro en sus calles"; Bs. As. 2001.