8 sept. 2010

El Naranjín de los “picados”


(De Roberto Díaz)

Una reunión de jovatos irredimibles hacia alusión a todas las cosas que se fueron de la vida (incluyendo la juventud, claro) y uno de ellos comentó que, estando convaleciente de una operación, sintió grandes deseos de tomar Bilz, una legendaria bebida gaseosa que producía la empresa Quilmes. Su esposa salió, prestamente, a conseguirla. “Pero ya no era la misma -sentenció nostalgioso-. Tenía un gusto distinto a cuando éramos muchachos”. “Lógico -le retrucó otro de los jovatos, con un agudo sentido de la guachada-. Pasaron como cien años”.
Otro (medio poeta el geronte) dijo que, a veces, como ramalazos del tiempo que se fue, siente, en sus pituitarias, el aroma del Naranjín que se tomaba después de los partidos. Todos coincidieron con esta apreciación.
Yo (que era el único joven de esa reunión) me quedé pensando en ese Naranjín de los “picados”. ¿Qué gusto tendría para que estos inveterados dinosaurios lo añoraran con tanta nostalgia?
Y comencé a averiguar entre aquellos que habían jugado al fútbol y tenían unos cuantos años encima, cómo era ese Naranjín después de los partidos.
El “carnicero” Borrasca, con años de pegarle a la bocha para arriba y con años de yeca sobre sus espaldas, me dijo: “No te lo puedo explicar; imaginate, el cansancio después de un partido ardoroso y ese líquido color ambarino que te pasaba por el gaznate y parecía un néctar fabricado por Apolo”. Le quité las referencias mitológicas y retóricas al discurso y llegué a la conclusión que debía ser agradable al paladar.
Consulté a otro jovato sin par, el Seve Alonso, que estaba haciendo huevo en un banco de la plaza Alsina: “Mirá, yo vivía en Sarandí y allí el Naranjín llegó tarde; no te olvidés que ese barrio era la perifereria por aquellos años y muchos repartidores no se atrevían a entrar por miedo a la balacera. O sea, te digo, el Naranjín que yo tomé, ya estaba modernizado.
Con lo cual, no me agregó demasiado a lo que yo pretendía.
Lo fui a buscar a Cacho que se fue de Avellaneda hace mucho tiempo, corrido por la Asociación de Maridos Engañados y lo hallé en pleno Barrio Norte, con corbata y tiradores tomando el fresco delante de la embajada de Francia. Cacho, que es un langa, me hizo comparaciones como éstas: “El Naranjín era como una mujer hermosa que se aparecía en sueños; y venía a saciarte la sed de aquellos veinte años que ya no volverán”. Me di cuenta que se estaba poniendo evocativo y le marqué una rubia infartante que iba por la vereda de enfrente. Cacho se olvidó del Naranjín y me dejó pagando en la esquina, haciendo señas como el Penado 14.
Y, por último, di con alguien práctico que lo había bebido y me dijo: “El Naranjín era un brebaje terrible, fabricado, seguramente, por algunas brujas de ‘Macbeth’ con la complicidad de Drácula y que lo encontrábamos parecido a un elixir porque teníamos veinte años, toda la alegría de vivir por delante y todo el futuro también por delante; si lo probara ahora, seguramente vomitaría”.
Entonces, comprendí que había enfocado mal la encuesta; ésta no pasaba por el Naranjín, pasaba por la juventud perdida que, siempre, siempre, confunde los aromas y nos hace creer que todo, todo lo de antes, era mejor…