18 sept. 2010

Estaño


(De Joaquín Gómez Bas)

El estaño unido al bronce forma el cobre, y mezclado con el plomo sirve para fabricar un montón de cosas más. Pero para el ciudadano provecto, el estaño es un mostrador de madera reforzado con una lámina de este metal que se utilizaba en almacenes, boliches y cantinas. Estaños propiamente dichos quedan pocos. Algunos en los suburbios y otros en pleno centro.
Uno de los últimos estaba en Lavalle y Paraná. Cuando este despacho de capitosos brebajes se trasladó enfrente, por razones de demolición inmediata, destruyeron la vieja capa metálica e hicieron construir otra similar para conservar las características del establecimiento. No era lo mismo. Radiante, bruñido, sin la menor arruga, no convencía a nadie. De tan flamante ofendía. Como un estaño de utilería. Le faltaba leyenda.
En el de Paraná y Lavalle, antes de que se llamara "El Águlia", uno podía encontrarse con Discepolín, Troilo, D'Arienzo, Cátulo Castillo, Razzano, Contursi Catunga, Maciel, el moreno coautor de La Pulpera de Santa Lucía; en fin, con lo más trascendente de la caravana sitibunda que transitó la noche de Buenos Aires cadáver.

El estaño tenía sus leyes. El verdadero, el estañista de sangre, no se sentaba jamás. Pedía su semillón, y colocaba un codo sobre la cornisa del mostrador a la espera del cofrade. Nunca de frente. Perfilado en postura acompadrada para dejarle espacio al que indefectiblemente tenía que llegar. Tan estricto el cumplimiento de este compromiso, que quien faltara debía justificar los motivos de su renuncia.
Alrededor del estaño se arreglaba el país: política, deportes, estrenos teatrales, asuntos relacionados con la economía, con  más frecuencia revelaciones sobre la vida privada del que no había llegado aún, y de cajón el último cuento letrinero que no festejaba nadie porque todos los conocian.
El estaño mantenía dos turnos. Desde el atardecer y hasta la hora del morfi, el de los trabajadores, obreros y empleados, que degustaban de apuro el cinzano con bíter o ferné y el complemento de la aceituna y la anchoa ensartadas en un mondadientes. Después, y hasta la madrugada, el turno de los artistas, músicos, letristas, garroneros, farabutes con buena pilcha, tránsfugas y cuantos componían la runfla camandulera que vive de la caza, de la pesca y del aire.
Pero todos, atentos a la consigna jamás violada, siempre de pie, erguidos, sin claudicar. Aquel que se sentara a una mesa se aplicaba por su cuenta el rótulo infamante: pertenecía a la gilada.
Otro de los estaños desaparecidos se hallaba en Talcahuano y Corrientes, frente a la Confiterìa "Real". En las postrimerías de su actividad allí organizaron un homenaje a Gardel, auspiciado por el poeta Tanti Bustamante, admirador fanático de Herrera y Reissig, absorbedor increíble de petardos licuados, recitador de modulación cavernosa, versificador de raigambre obsoleta y en cualquier momento de la noche candidato al abrazo comprensivo de los que saben mirar a un hombre por dentro.
Ni el cantor, ni el poeta, ni el estaño existen ya. Pero estaños quedan todavía en Buenos Aires. Si encuentra alguno no pase de largo. Entre, pida un trago de lo que mejor le caiga y bébalo despacio, seriamente y con respeto.
Eso sí: tiene que ser de pie. No se le ocurrara sentarse.
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Foto: Joaquín Gómez Bas.