23 sept. 2010

La vida es un sainete

 

(De Leonardo Busquet)

En la influencia del llamado género chico español con la impronta del zarzuelismo, podemos encontrar la esencia de uno de los estilos teatrales más populares de nuestra escena porteña, el sainete.
Para entender la época bien vale la cita de Luis Ordaz, uno de nuestros más importantes historiadores del teatro argentino: Nuestro teatro comenzó con la Nación; los Podestá lo afianzaron... Florencio Sánchez, Gregorio de Laferrere y Roberto J. Payró son los autores más importantes de la década de oro de la escena nacional. Sánchez, el primer dramaturgo; Laferrere, quien se adelanta a Pirandello; Payró, el del teatro cargado de ideología.
Entre influencias externas y evoluciones internas, como la del gaucho al compadrito, llegamos a la época del sainete criollo que nace con el siglo XX, recibe la influencia española y el abanico cultural —con sus costumbres e idiosincrasias— que llegan de la mano del proceso inmigratorio. La escena característica es la del patio del conventillo. En este género, que mezcla el ridículo con la picardía, podemos reconocer un mestizaje cultural entre criollos e inmigrantes. Así nace la figura del compadrito, personaje pendenciero, sin oficio, vividor de mujeres desprevenidas que confronta con españoles, italianos, polacos, judíos y tantos otros descendidos de los barcos. El lenguaje es lunfardesco. De esta mezcla nace otro personaje que merece mención aparte: el cocoliche.
Francisco Cocoliche (así su verdadero nombre) era un inmigrante italiano, peón del circo de los Podestá, que trataba de hablar como un compadrito. José Podestá lo observó y comenzó a imitar su particular forma de expresión, amalgama de dos tierras. Así nació el "idioma" cocoliche que el gran actor puso en boca de su inolvidable Pepino el 88.
Muchas plumas abrevaron en el género: Florencio Sánchez, Carlos Mauricio Pacheco, José González Castillo, Alberto Novión y el propio Armando Discépolo, quien luego evolucionaría hacia el grotesco pirandelliano. El sainete se afianzó en nuestro medio en un juego dialéctico entre sus formas tradicionales y la circundante realidad. Con todo, el género, cargado de realismo costumbrista y romanticismo de suburbio, tuvo en Alberto Vacarezza a su mejor exponente. Podemos recordar, entre tantas obras,
Tu cuna fue un conventillo, Juancito de la Rivera y El Conventillo de La Paloma.La inspiración de su barrio, Villa Crespo, lo llevó a registrar en sus retinas la vida cotidiana que se desarrolló en un inquilinato real, el de Serrano 156. Aun hoy existe aquel viejo conventillo, regenteado por La Paloma, que inspiró al maestro. El pasado 21 de septiembre la Legislatura porteña descubrió una placa en su frente que recuerda a don Alberto Vacarezza (1886-1959) y a esa casa, musa inspiradora de uno de los más consagrados sainetes. Desde el año pasado, el inmueble fue declarado patrimonio de la ciudad y en su centenario pasillo vuelan los fantasmas de aquellos pintorescos personajes que Vacarezza caracterizó en otra de sus obras.
En La comparsa se despide, escrita en 1932, el autor pone en boca de uno de sus personajes, Serpentina, una aproximación al espíritu y estructura del sainete.
En el cuadro segundo de la pieza un inglés de visita le pregunta a Serpentina:
¿Y qué es eso de la sainete pourteño?
(Serpentina) ¡Poca cosa!... Un patio de conventillo, un italiano encargao, un yoyega retobao, una percanta, un vivillo, dos malevos de cuchillo, un chamuyo, una pasión. Choque, celos, discusión, desafío, puñalada, aspamento, disparada, auxilio, cana, telón.
(Inglés) ¿Y toudo eso es la sainete?
(Serpentina) No se apure don mister, que voy a mandarle el resto; pues debajo de todo esto, tan sencillo al parecer, debe el sainete tener, rellenando su armazón, la humanidad, la emoción, la alegría, los donaires y el color de Buenos Aires metido en el corazón.

En la influencia del llamado género chico español con la impronta del zarzuelismo, podemos encontrar la esencia de uno de los estilos teatrales más populares de nuestra escena porteña, el sainete.
Para entender la época bien vale la cita de Luis Ordaz, uno de nuestros más importantes historiadores del teatro argentino: Nuestro teatro comenzó con la Nación; los Podestá lo afianzaron... Florencio Sánchez, Gregorio de Laferrere y Roberto J. Payró son los autores más importantes de la década de oro de la escena nacional. Sánchez, el primer dramaturgo; Laferrere, quien se adelanta a Pirandello; Payró, el del teatro cargado de ideología.
Entre influencias externas y evoluciones internas, como la del gaucho al compadrito, llegamos a la época del sainete criollo que nace con el siglo XX, recibe la influencia española y el abanico cultural —con sus costumbres e idiosincrasias— que llegan de la mano del proceso inmigratorio. La escena característica es la del patio del conventillo. En este género, que mezcla el ridículo con la picardía, podemos reconocer un mestizaje cultural entre criollos e inmigrantes. Así nace la figura del compadrito, personaje pendenciero, sin oficio, vividor de mujeres desprevenidas que confronta con españoles, italianos, polacos, judíos y tantos otros descendidos de los barcos. El lenguaje es lunfardesco. De esta mezcla nace otro personaje que merece mención aparte: el cocoliche.
Francisco Cocoliche (así su verdadero nombre) era un inmigrante italiano, peón del circo de los Podestá, que trataba de hablar como un compadrito. José Podestá lo observó y comenzó a imitar su particular forma de expresión, amalgama de dos tierras. Así nació el "idioma" cocoliche que el gran actor puso en boca de su inolvidable Pepino el 88.
Muchas plumas abrevaron en el género: Florencio Sánchez, Carlos Mauricio Pacheco, José González Castillo, Alberto Novión y el propio Armando Discépolo, quien luego evolucionaría hacia el grotesco pirandelliano. El sainete se afianzó en nuestro medio en un juego dialéctico entre sus formas tradicionales y la circundante realidad. Con todo, el género, cargado de realismo costumbrista y romanticismo de suburbio, tuvo en Alberto Vacarezza a su mejor exponente. Podemos recordar, entre tantas obras,
Tu cuna fue un conventillo, Juancito de la Rivera y El Conventillo de La Paloma.La inspiración de su barrio, Villa Crespo, lo llevó a registrar en sus retinas la vida cotidiana que se desarrolló en un inquilinato real, el de Serrano 156. Aun hoy existe aquel viejo conventillo, regenteado por La Paloma, que inspiró al maestro. El pasado 21 de septiembre la Legislatura porteña descubrió una placa en su frente que recuerda a don Alberto Vacarezza (1886-1959) y a esa casa, musa inspiradora de uno de los más consagrados sainetes. Desde el año pasado, el inmueble fue declarado patrimonio de la ciudad y en su centenario pasillo vuelan los fantasmas de aquellos pintorescos personajes que Vacarezza caracterizó en otra de sus obras.
En La comparsa se despide, escrita en 1932, el autor pone en boca de uno de sus personajes, Serpentina, una aproximación al espíritu y estructura del sainete.
En el cuadro segundo de la pieza un inglés de visita le pregunta a Serpentina:
¿Y qué es eso de la sainete pourteño?
(Serpentina) ¡Poca cosa!... Un patio de conventillo, un italiano encargao, un yoyega retobao, una percanta, un vivillo, dos malevos de cuchillo, un chamuyo, una pasión. Choque, celos, discusión, desafío, puñalada, aspamento, disparada, auxilio, cana, telón.
(Inglés) ¿Y toudo eso es la sainete?
(Serpentina) No se apure don mister, que voy a mandarle el resto; pues debajo de todo esto, tan sencillo al parecer, debe el sainete tener, rellenando su armazón, la humanidad, la emoción, la alegría, los donaires y el color de Buenos Aires metido en el corazón.

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El actor José Podesta como Pepino el 88 (Foto de 1890).