26 sept. 2010

Chiclana también tiene su poesía


(De Vicente P. Giorno)

Por Chiclana sin empedrar nos besó el sol en años oscuros cuando la noche tenía los encantos del organito y el color violáceo del delito y el misterio. Íbamos con Jacobo Fijman -el diminuto poeta de Moulin Rouge-, aquel que supo del violín bohemio, las aulas de la Facultad de Filosofía y Letras, y las redacciones de diarios burgueses y atravesados.
La recorrimos de avenida La Plata a Deán Funes para saludar primero a las inquietudes de sus resabios "raneros", el portón rojinegro donde entró y salió Estercita poco después que Buglione pintara sobre un pentagrama azul las melancólicas notas de La maleva y no hacía mucho que Riganelli a fuerza de genio y talento modelara esa caída dramática del autor de La gringa, sobre un pedestal de esfuerzos y el candor de lo bello en el ovillo trágico de un conficto de luz y sombra de Los derechos de la salud. Chiclana era entonces épica. Los guapos y las modistillas hacían del domingo claras noches de candombe, dejando para el lunes las notas de Sábado inglés, de Pacho.
De ahí bajaba yo con Fijman cuando recién González Castillo había escrito la letra de Organito de la tarde. Porque no era una necesidad bajar de Chiclana a Boedo, para resbalar, si era posible, hasta el centro, en el café de "Los Inmortales" al que ya amenazaba el progreso. De este barro y esta poesía alígera están hechos nuestros letristas populares. Por eso Delfino prendió con alfileres su Milonguita y Salvador Merlino se hizo serio en lo que va de la letra rimada a la auténtica poesía.
Cuando ya se pavimentó esa caída de guapos y payadores, llegaron a Chiclana Stephan Erzia, Velloso y Braccialargue. El 55 y el 27 llevaron hasta la hondonada sureña ardores y alcoholismo de galanes y damiselas ceñidos al carbón de Cao y Málaga Granet. Porque, a decir verdad, los resabios del 900 que inspiraron a Samuel Eichelbaum estaban impregnados de los sonetos de Espiro y los alejandrinos carbonarios de Misas herejes.
Más tarde, cuando Fijman se me perdió de vista, empezó Homero Manzi a mirar a Chiclana. La vio con buenos ojos. Pero ya estaba de parabienes por un tal Luisito Pérez, cuya concertina se acercó en sendas serenatas a Las Casas e Inclán. Luisito Pérez era de Moreno y Liniers. Allí empezó Corsini su breve odisea de cantor y lo bello era volcarse hacia los Corrales. Era menester tomar Rioja para ver a Roncoroni o Vasena, matriceros de obreros rajantes de dolor y lirismo. De allá, de Chiclana y Rioja, con la cola en Parque Patricios, se encabezó la columna roja de 1919, la que se deshizo en Yatay y Corrientes. Entonces fue cuando se tiñó de odio la "americana" que conducía mi amigo Máximo, fundidor y lacayo de uno de los Vasena. Recuerdo que cuando lo veía pasar de norte a sur, el clavel rojo de mi solapa palidecía...
Yo era una divisa de ensueño a la que no ardía la punzó de los carceleros de Saldías y Ghiraldo. Tras los trompetazos de Adrián Patroni y el pundonoroso Guaglianoni. Música de ideas que venía en un rezongo de notas de la Vuelta de Rocha y el carcaj sonoro de San Juan y Boedo. De esa savia se nutrió el centro caracoleando de los nuevos mataderos, el viejo Palermo en la lira de Dante A. Linyera y Arsenio Caviglia Sinclair.
De semidioses chiclaneros se formó ese pequeño Parnaso. De Betinoti, González Castillo y Homero Manzi. Los otros, aquellos que vieron a Boedo como el cuco de Florida, nada saben de Inclán. Las Casas y Chiclana. En 1921, cuando un aguerrido equipo hizo flamear su bizarra azul-grana, de Chiclana bajaron a Boedo bandalizas y gallardetes. Ya no paseaban Espiro, Garelli, Málaga- Granet. Milonguita dio paso a La copa del olvido y el señor Mercurio iluminó las vidrieras, empedró las calles por empedrar, y el saxofón eliminó la flauta porque la Serenata de Schubert reblandecía mejor el corazón de las "aspiradoras" a una vida mejor.
Hace unos días recorrí Chiclana. Con mis años y mis sueños he oído el ruiseñor del pasado y, en él, el chuzazo de Lechuza. Era la voz del barro, y la gallardía del progreso, pasado y presente. Chiclana se ha pulido. En vez del Godino de ayer la visita el Panno de hoy. Porque, en realidad, el señorío debe ser retenido ya que soplan aires del norte, finos y elegantes y amainan por derecho en las calles del sud.
Con los años ha pasado mucho, pues, y es por eso que Chiclana tiene también su poesía. "¿Te acordás, Milonguita? Vos eras/ la pebeta más linda e`Chiclana". De esas volutas de humo se harán cargo los artistas futuros, cuando hablen y pinten, geometrizando, el alma del barrio. Así podré repetir con el crítico mexicano Pedro Salinas "Donde hay Garcilaso, hay poesía".
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Puerta de la casa de la calle Chiclana al 3100, donde según la tradición habitó "Estercita". Actualmente se conserva en el Museo de los Corrales Viejos. (Foto tomada de la revista Desde el Sur).