20 sept. 2010

Memoria, preservación y conservación


(De Rafael E. J. Iglesia)

"Buenos Aires ha avanzado borrando sus pasos... ha echado abajo, como quien cambia de muebles y de casa en épocas de prosperidad, su pasado, sus edificios públicos... Ha demolido la arquitectura pero ha derribado también la historia, sin que se sepa cuál era el móvil determinante, si éste o aquél".
(Ezequiel Martínez Estrada)

Señalo la contradicción de Martínez Estrada, quien unas páginas más atrás, desesperado de Buenos Aires, concluye: "Hay que hacerla de nuevo y en otra parte". Pero admiro y comparto la idea de que la demolición indiscriminada del patrimonio arquitectónico es demolición de historia. A dos puntas; porque la arquitectura surge "únicamente en el curso de la historia" (A. Hauser) y porque el pasado (nuestro pasado) es entendible a través de la arquitectura.
"No hay sociedad sin orden, significado, perceptibilidad, legibilidad, sobre el territorio" (H. Lefebvre).
Entender nuestro orden es mantener nuestro cosmos, es, en fin, entendernos a nosotros mismos. Tanto Levi-Strauss, desde la antropología, como R. Fusco, desde la semiología arquitectónica, y E. Hall, desde la proxémica, coinciden en señalar que el orden espacial construido comunica la existencia de un orden metafísico, cultural (Hall lo llamó "lenguaje silencioso").
Memoria, historia y preservación del patrimonio arquitectónico quedan así asociadas, y en cuanto a la preservación se refiere, se me hace que el eje del problema pasa por qué orden anterior (o qué aspectos de un orden anterior) queremos recordar.
(Una posibilidad extrema y desencantada: abandonarnos a la nostalgia y decir, con el batallador Jorge Manrique: "Como a nuestro pareser cualquiera tiempo pasado fue mejor").
La postura que aconsejo es superar la memoria para transformarla en acción sobre el  presente. "Preservar, en este enfoque, es mantener vigente, implica por lo tanto una tarea activa, de rescate, puesta en valor y proyección hacia el futuro del objeto de preservación" (Subsecretaría de Ordenamiento Ambiental).
No se trata entonces de que lo que fue sea como fue, sino de que lo que fue sea como deba ser para que lo que es sea mejor.
Los naufragios de la memoria en la necrofilia se pueden detectar en los monumentos, en los museos y en los cementerios, construcciones destinadas al recuerdo, que es lo que queda cuando la memoria se desencuentra con el quehacer histórico (del presente).
Borges rescató (o creó) desde el olvido a Irineo Funes, tullido domador uruguayo, quien recordaba tan exactamente su pasado que éste terminó por ser una serie discontinua de hechos instantáneos recordados nítidamente, infinitos, aislados, a-históricos. Así el recuerdo mató la identidad del patético memorioso.
Cuenta Calvino: "Inútilmente he partido de viaje para visitar la ciudad de Zora. Obligada a permanecer igual a sí misma para ser recordada mejor, Zora languideció, se deshizo y desapareció".
Advierto otro riesgo en la memoria a ultranza: recordar, evocar o invocar el pasado puede ser traicinarlo, traición que nace de la inevitable descontextualización que el recuerdo exige para recordar. ¿Esta casa antigua, este barrio de otrora, esta ciudad anterior, son ellos mismos sin su gente, sin su circunstancia?...
La resurrección del pasado que prefiero no pasa por su re-creación a lo ave Fénix. El recuerdo (la arquitectura) recuerda a un orden mediático (lejano) dado por los grandes sistemas que estructuran una cultura y encuadran la producción del entorno construido; recuerda también (con más imperfección) un orden inmediato, cercano, de uso cotidiano, de relaciones de persona a persona, de grupo a grupo.
La memoria no está toda en los hechos pasados, sino en el recordar, que es siempre selectivo. Esto hace de la preservación una acción cuyos parámetros (referencias de medida) sólo pueden ser valores actuales (no los recordados ni los rescatados); dicho de otro modo: el desarrollo saludable de la ciudad actual.
Aclaremos rápidamente que tal salud no implica la amnesia ni la desidentidad, como quería cierto urbanismo "moderno". Tal salud implica el respeto (no la subordinación) por el pasado.
Vuelvo a Lefebvre: "La ciudad escribe y prescribe, es decir, significa, ordena, estipula. ¿Qué? Descubrirlo le corresponde a la reflexión". La reflexión debe entonces, desde el aquí y el ahora, decidir sobre la preservación. Aldo Rossi agrega: "también el cariño"; e instaura el concepto (válido para preservar y conservar aun en la acción "ab novo") del objeto de afecto.
Lefebvre propone una distinción "entre la ciudad, realidad presente, inmediata, dato práctico, sensible, arquitectónico y, por otra parte, lo urbano, realidad social compuesta por relaciones a concebir, a construir o reconstruir por el pensamiento".
Lo urbano debe prevalecer.
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Imagen: Vista aérea de Buenos Aires (Foto tomada de: elacuarista.com).