14 sept. 2010

El periplo de las copas


(De José Muchnik)

Mariposas de bronce, pitones abiertos, tornillos sinfín... desde la cuesta del tiempo percibo la reserva de metáforas ensortijadas de la ferretería vieja. No es necesario repetirlo, toda escritura es autobiográfica, ya lo han dicho grandes y pequeños escritores. Aquí no se trata de biografía, se trata de memoria, de reanimar mundos de objetos cotidianos, de remontar arterias hasta descubrir las fuentes que siguen bombeando sangre. De pronunciar palabras que vuelven acarreando sonidos de hachuelas, fratachos o cucharas de albañil, palabras que vuelan trayendo formas de gubias, formones o garlopas. La biografía es personal, la memoria es mucho más, es historia compartida, repartida, fragmentada, en cochecitos de carrera, zaguanes en beso, aulas en erupción.
La nota de remito era extensa, clavos sin cabeza, martillos con uña, bocallaves ciega..., databa del veinticuatro de agosto de 1973, envolvía una copa de cristal tallada, había para vino, agua, licores, postre, champagne... Estábamos con Ester el catorce de abril del año 2009 abriendo nuestros regalos de casamiento, pertenecemos a la rara especie de animales prehistóricos casados entre las explosiones de 1968 que ha logrado atravesar el milenio, separaciones afectivas o desapariciones criminales fueron raleando la tropa. Esta historia ocurrida el mes pasado es nuestra, es vuestra, es memoria en copas de cristal, nos sorprendió el interés de los amigos al escucharla, me enteré luego que Jorge la contó en la radio, Mario me pidió que haga una nota para “Desde Boedo”, dale Josecito hacenos otra viñeta.

Hoy, cuatro de mayo del 2009, acabo de volver de mi último viaje al país y al barrio, desde afuera qué bacán, vos sí que la hiciste bien, para qué querés más de tres meses en este país, desde adentro el teatro es otro, espectáculo sin cortinados, la vida no es como el teatro, ella no admite ensayos. Nunca aprendí a boxear, voy esquivando golpes como puedo, ahora en Epinay Sur Orge escribiendo esta nota, aliviando nostalgias, una manera de estar allí y de ser aquí, o viceversa, la edición cierra mañana.  “¿Y la aneda?”, a vos te parece que te vamos a creer porque sí, porque vivís en París, acá en el boliche se han contado bolazos que ni entran en el gasómetro ¿Cómo carajo podés explicar que tardaron cuarenta y un años para abrir los regalos de casamiento?

No hubo luna de miel, luego del registro civil y de un pequeño brindis del cual no quedan fotos, nos instalamos en una casita en Caseros, dejamos los regalos quebradizos (juegos de copas, de té, de platos...) en el sótano de la ferretería, la que ya conocen, Boedo 1561 entre Inclán y Garay. Las razones y pormenores de esta decisión serán relatados en otra ocasión; todo se había tornado quebradizo, la época, los ideales, las cabezas... Comenzó entonces el periplo; de las copas, que se salven ellas nos dijimos. En 1976 por razones que son de orden público nos fueron, algo habíamos hecho, habíamos soñado un país un poco menos cremoso para los ricos y un poco más justo para los pobres, subversivos con agravante, usábamos melena larga y poemas en el ojal. Las copas vírgenes quedaron aguardando bebidas y labios amantes en el obscuro fondo del sótano. Cuando murió la ferretería fueron trasladadas a la casona de mi hermana en la calle Colombres, luego a Caballito, al palacio de invierno de mi amigo Carlos Panzas.
Fue él quien me las entregó el mes pasado (acabo de comprar un departamento en la calle Garay); las desenvolvimos lentamente, les dimos el primer baño y emprendimos viaje, ella, yo y las copas, hasta la médula del brindis...

(Pequeño consejo): para brindar agreguen briznas de memoria en la copa, aunque siempre falte una burbuja para la plenitud del champagne.
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Tapa del diario Clarín del 24/3/1976.