16 may. 2012

Milonguero de patio

(De  Roberto Selles)
 
Le decían “Finito”. A veces, “Fino”. Pero, según sus documentos, que nada saben de firuletes trazados en la pista, se llamaba Ramón Rivera, y había nacido en La Paternal el 24 de marzo de 1929.
A Ramón Rivera “Finito” lo admiraron algunos maestros del corte y la quebrada, como Virulazo, Lampazo, Petróleo u Oscar Coria, para no continuar con la lista. Lo cual no es poco tratándose de un milonguero.
Carlos Estévez “Petróleo” definió su arte con estas palabras: “Su baile era una conjunción de formas en busca de la belleza, hecha con un accionar de recursos naturales. Ora se deslizaba sin tocar el piso; otras veces, lo acariciaba, […] fue un grande sin proponérselo, porque dominaba los espacios, sin desplantes aparatosos”. Y concluía señalando que fue “un monumento de ideas hecho movimiento”.
Coria nos señaló durante una charla de 2003: “El estilo de ‘Finito’ se perdió; ahora no hay nadie que baile como él. Solía hacer un giro tan particular que, al reproducirlo, a los demás les era imposible mantener el equilibrio”. Petróleo coincidía: “Un mago del equilibrio”.
Y es así, no más; volvemos a verlo en un video que de él conservamos y no podemos sino coincidir con ambos milongueros y agregar que era la elegancia bailando. Y puesto que mencionamos ese video, agreguemos que el arte de aquel grande del tango bailado que fue conocido con el nombre de ‘Finito’ quedó en algunas filmaciones -muy pocas, lamentablemente- y en el recuerdo de quienes lo vieron milonguear, como Horacio Ferrer, que supo recordárnoslo con inocultable admiración.
También lo evocó, con igual admiración y con la nostalgia por el esposo perdido para siempre, María Teresa, su compañera en la vida y en las pistas:  ‘“Fino’, bailando, era una delicadeza... esos pies apenas si acariciaban la pista... ¡de no creer! Parecía que iba en el aire”.
Y como para resumir, viene a cuento su propia frase: “El tango te tiene que poner la piel de gallina, hermano; si no, no va”. ¡Cuántos bailarines actuales, dueños de una técnica mecánica pero sin que el corazón les baje a los pies, deberían aprender! O no. Esas cosas no se aprenden; se llevan adentro.
‘Finito’ nació en La Paternal y aquí se inició; con mayor precisión, fue en el Club Floreal, donde comenzó a ser un bailarín semi-profesional, cosa que siguió siendo durante toda su vida.
Porque ‘Finito’ era un milonguero de patio, ni más ni menos que un milonguero de patio. Esto significa que nunca vivió del baile sino de su oficio de mecánico. A propósito de los milongueros de patio, nos decía Luis Alposta que el mejor bailarín de tango es el milonguero anónimo. Es decir el que era sólo conocido en su barrio y quizá, poco más allá, y con el tiempo, su nombre quedaba en el olvido.
De ‘Finito’ podría decirse que fue eso. Si no fuera porque, en sus últimos años, lo de anónimo le quedó chico, y su nombre comenzó a trascender y a abandonar el destino que amenazaba con llevarlo al territorio del olvido. Para bien del tango.
Se le han adjudicado, como lugar de origen, los barrios de Villa Pueyrredón y de Villa Urquiza. Según la información que poseemos, era de La Paternal, y así lo confirmó otro de los grandes del corte y la quebrada, José Vázquez “Lampazo”, cuando Gabriel Angió le preguntó: “¿‘Finito’ era de Urquiza?”,  y él respondió sin dudar: “No. ‘Finito’ era de Boyacá y Juan B. Justo. Tirando más a La Paternal”.
Suponemos que la confusión proviene de la circunstancia que haber sido uno de los originadores del denominado “estilo Villa Urquiza”, que no eran, precisamente, milongueros de ese barrio sino los que acudían a bailar a las muy populares milongas del lugar: Sin Rumbo, Pinocho, Sunderland y Akarense, entre otras.
Al promediar la década de 1950, con la invasión del rock and roll, el tango comenzó a alejarse de la juventud. En el decenio siguiente, Los Beatles le aplicarían el golpe de gracia. En consecuencia, ‘Finito’, acuciado por el menosprecio en que había caído nuestra música, decidió abandonar el baile.
Pero supo, finalmente, retornar a las pistas; “siempre se vuelve al primer amor”, nos recuerda Le Pera, garganta de Gardel mediante. Lo hizo recién en 1980, cuando la situación comenzaba a cambiar tímidamente, gracias a la difusión internacional del espectáculo Tango Argentino y a un cambio de la mentalidad local; por ejemplo, el matutino Clarín andaba publicando, todos los jueves, dos hoy inolvidables páginas íntegras sobre la música porteña, con la insólita y beneficiosa inclusión de tangos nuevos.
El retorno tuvo lugar en la pista del club Vélez Sársfield junto, por supuesto, a María Teresa, que comentaba acerca de aquel regreso: “Él creía que, con tantos años sin bailar, se habrían inventado nuevas cosas o habría algo diferente. Pero era igual. Me miró, se sonrió, y me dijo: “Pero si todavía estamos como el primer día”. Salimos a la pista y estaba inspirado. Le salían todas. Y eso que en 26 años no habíamos ensayado. Hizo de todo. Cómo será que estaba Virulazo y empezó a preguntar por ‘ese flaco que la rompe’. Era por el ‘Fino’. Desde ahí no paramos más”.
Vinieron, entonces, las tanguerías, los teatros, la televisión, el cine, algún reemplazo cuando Juan Carlos Copes se iba de gira... Pero eso era de vez en cuando; ‘Finito’ seguía siendo el milonguero de club. Siempre con María Teresa, mostró su arte, que, afortunadamente, quedó en un par de películas, “Tango, bayle nuestro” y “Tango Bar”, y en algunos videos no comerciales, como ya comentamos.
“Finito” y María Teresa se habían casado en 1954 y tuvieron tres hijos, Diana, Alicia (hoy, abogadas) y Ramón (actualmente, comerciante). Su compañera en las pistas y en la vida lo sobrevivió hasta el 19 de setiembre de 1999, cuando transitaba por los sesenta y nueve años.
El actor Robert Duvall, entusiasta cultor del tango bailado, se maravilló al verlo lucir su arte (¿¡quién no!?) y le propuso participar en su próxima película. Tiempo después, al llamar desde los Estados Unidos, para confirmar la propuesta, se enteró de que “Finito” ya se había marchado a milonguear a otro Barrio...
Fue el 11 de mayo de 1987. “Terminamos de bailar un tango y le agarró un mareo. Nos retiramos a un costado y allí se quedó. Le falló el corazón. Murió como él quería, bailando”, recordaba María Teresa, ya con los pies solitarios y el corazón deshabitado.
Un ataque cardíaco lo había derrumbado en la milonga Akarense, en Donado 1355, Villa Urquiza. Murió en su ley.
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Imagen: Tema de tango, pintura de Sigfredo Pastor.