15 oct. 2010

El maestro de Betinoti


(De Ismael Moya)

Fue en 1899. Una casa de ancho patio en la calle México 3508. En ella ocupaba una modesta habitación el payador de 24 años de edad llamado Luis García. Cierta mañana, el joven José Brenta, hijo del dueño de la casa, llegó hasta la pieza donde García, como era su costumbre, ejecutaba diversos estudios en la guitarra. Lo acompañaba un mozo delgado, de agraciado rostro pálido y de generosa melena renegrida. Había dulce humildad en su mirada. José Brenta se adelantó:
–García, este amigo cantor que le presento se llama José Betinoti.
Estrecháronse las manos a lo gaucho, sin reticencias protocolares.
–¡Pasen, que el mate tiene yerba nueva!...
Y en seguida se formó un triángulo de amistad. Se contaron muchas cosas, y a lo largo de la charla, los rezongos del mate eran como puntos aparte que imponían la pausa necesaria para cebar otro cimarrón.
En ese tiempo, Betinoti había cumplido veintitrés años y padecía el petulante menosprecio de los consagrados. Sin embargo, su vocación de cantor prevalecía sobre los desengaños y las derrotas.
Cuando asomaba a uno de aquellos almacenes de barrio donde solían levantar cátedra eminencias payadorescas, un  coro de bromas se adelantaba al saludo. Luis García, que era derecho como lazo tirante, brindó al muchacho su amistad y su noble aparcería. Puso a su alcance la moneda cara de consejos literarios. Lo adoctrinó con la lección de su experiencia. Él ya sabía lo que era un entrevero sin cuartel en los redondeles del contrapunto. Y para rubricar este magisterio a puro corazón, García se lo llevó al circo que levantaba su carpa en los terrenos de Sanguinetti, junto a una vieja alfarería, en Venezuela y Maza. El circo era de un tal don Juan, patrón del almacén vecino, y el elenco lo constituían entonces aficionados como Quartucci, Petruchelli, Ángel R. Comunale y Víctor Lapadula, que fue al poco tiempo gran intérprete de Saravia en el “Nacional” de la calle Santa Fe. Con este actor llevó García a un diario su famoso desafío, no contestado, a Gabino Ezeiza.
En aquel circo, cantando con García, su maestro, obtuvo Betinoti los primeros laureles. En  1901 se separaron. Betinoti se fue con Ezeiza y luego con el notable Cazón, el de la hermosa voz de barítono. Ellos le habrán enseñado muchas cosas de sumo valer en el difícil arte, pero el privilegio de haber sido el maestro de primeras letras payadorescas, le corresponde al ya viejo, pero todavía batallador, Luis García. Estos recuerdos sobre el autor de Pobre mi madre querida, me los transmitió el mismo García en una de las visitas que me hace periódicamente y en las que le place entregarse a la evocación del buen tiempo pasado. La tonada de la célebre canción filial –según él– fue traída a Buenos Aires desde Cuyo por Guiñazú en 1891. Desde entonces, casi todos los payadores de Buenos Aires la utilizaron, entre ellos Betinoti, quien adaptó a ella los dulces versos que lo han glorificado en el corazón del pueblo.
Como testimonio de lo afirmado aquí, don Luis García me ha dirigido una carta: “Doctor Ismael Moya. –Estimado amigo: acaso pueda interesarle la información de que el primer maestro del querido payador José Betinoti fui yo, en el año 1899 hasta 1901. –Mis estimaciones para usted. –Luis García.
–Buenos Aires, agosto 30 de 1949”.
Y ello lo hubiera proclamado con orgullo el propio Betinoti si viviera, ya que Luis García prolonga (1) y reflorece en nuestro tiempo la honrosa y bella tradición de los grandes payadores argentinos.
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(1) Al momento de la publicación de esta crónica –1957– en el periódico ¡Aquí, Boedo!, de donde fue tomada.  
Imagen: Autógrafo del payador José Betinoti.