30 oct. 2010

Buenos Aires hodológico


(De Rafael E. J. Iglesia)

“Caminante, no hay camino, se hace camino al andar…”
Antonio Machado

Los griegos decían “hodos”: camino; Lynch, Sartre y Bollnow rescataron la palabra para hablar del “espacio abierto por los caminos”. La idea es útil para el ciudadano (usted, yo, todos) y para los artífices de lo urbano (planificadores, diseñadores, ediles), permite ver (y pensar sobre) unidades espaciales que se definen, a más de sus características geométricas, funcionales y evocativas, por la experiencia del recorrido.
Borges cantó: “Mis años recorrieron las veredas de la tierra y el agua/ y solo a vos el corazón te ha sentido, calle/ dura y rosada”; y Baldomero Fernández Moreno: “Vagando por las calles uno olvida su pena,/ yo te lo digo que he vagado tanto”.
La experiencia hodológica animó las audaces invenciones de Moholy-Nagy en Visión en movimiento; animó también la devoción de Le Corbusier por la “promenade architecturelle”, la cámara de Laurence Olivier en Hamlet y el fanatismo de los futuristas que se jugaban (velozmente) la vida a la velocidad.
Independiente del ritmo (paso lento o 150 km/hora), las opciones por un recorrido nacen de nuestras preferencias por alguna (o varias o todas) de estas características: facilidad, seguridad, conectividad, fruición. Así el concepto de distancia supera su condición geométrica y se enriquece con su carácter de recorrido experimentado-por.
Este carácter, cuya riqueza depende tanto del observador como de lo observado, permite que durezas geométricas como las del trazado ortogonal de Buenos Aires se suavicen y hasta desaparezcan.
La fruición del espacio hodológico es experiencia conocida por todos. El tango la recuerda a menudo, los boleros están llenos de “veredas tropicales”, Amorim recuerda, en Buenos Aires y sus aspectos, un recorrido por Florida, un sábado a las doce, cuando nuestra actual peatonal aún admitía el paso de los doble-faeton descapotables. Sorel, el personaje de Amorim, camina esquivando gente y autos, tras dos adorables ojos verdes que transporta un Lincoln.
Florida es todavía un espacio hodológico entusiasmante. Las vidrieras, algunos cafés, la moda y las “muchachas en flor” son las cuentas que enhebra su recorrido.
Pienso en el gusto de transitar un espacio emborrachándose con él como si fuera buen vino: Unamuno y Azorín (España); Gordon Cullen y Kenneth Browne (Gran Bretaña); Camilo J. Cela y J. Goytisolo (de nuevo España); Kevin Lynch y Roberto Venturi (Estados Unidos) saben de ello. Unos bebiendo poblados castellanos y andaluces, otros inmersos en el townscape británico; los últimos manejando en las high-ways americanas.
Así como la heterogeneidad da sabor al recorrido, su inexistencia nos lleva al espacio geométrico: “Eliminadas todas la heterogeneidades, el espacio hodológico pasa a ser el caso límite del espacio euclidiano, y el camino preeminente es la comunicación rectilínea” (Bollnow).
Esta norma rige la trayectoria de los subterráneos y la de los aeroplanos. No debe regir el paseo de los caminantes. Entre las heterogeneidades posibles están los encuentros tan determinantes del “ir de tascas” español.
Sartre amplió la idea e hizo del espacio hodológico un espacio de situación cuyo centro era el hombre, punto de partida y de llegada de un espacio “surcado por caminos y carreteras”. El hombre y los hombres. De su mano llegamos a un “espacio humano”, manera rica de definir, ver y sentir a la ciudad.
Estos espacios, considerados subespecie ciudadana, no sólo tienen delante y detrás (partida y meta) como en un tubo de una sola entrada y de una sola salida; sino un alrededor. Sus costados (aceras, bordes, riberas, flancos) deben tener una permeabilidad que los enriquezcan.
Alertado por Venturi, recuerdo el plano romano de Nollis (s. XVIII) donde se destacan los espacios (cubiertos o abiertos) accesibles al público sobre el fondo de los privados (impermeables al peregrino). El espacio hodológico de Roma lo constituían las calles, las plazas y las iglesias (además de las tabernas).
Un plano similar de Florida, mostraría que su espacio es disfrutable como una sumatoria de: el espacio “instrumental” de tránsito; el espacio visual de las vidrieras; los espacios diverticulares de las galerías más los escasos espacios semipúblicos de los cafés.
Buenos Aires hodológico tiene sitios notables: la Avenida de Mayo, la zona comercial del Once, la calle Cabildo en Belgrano, la Boca, la Costanera sur, el puerto viejo, la avenida Santa Fe. No tiene recorridos periféricos (como el del vaporcito del sightseeing de Nueva York) ni travesías axiales (como la del Sena en París); nos queda recorrerla a pie; en automóvil (maldiciendo); en colectivo, o circunstancia menos frecuente, en helicóptero. Lejos en la añoranza, quedaron las “bañaderas” que partían de Plaza Congreso.
Invito al porteño a recorrer su ciudad, invito al diseñador urbano a imaginar (para crearlos) espacios hodológicos, unidades urbanas susceptibles de ser diseñadas en cuatro dimensiones.
“En suma, horizontes más imaginativos (no imaginarios) que nos acompañen para que después de cerrar la puerta de calle nos quede algo más con nosotros”. (A. Saavedra, en Boletín Nº 2 de los diseñadores gráficos).
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Imagen: La peatonal Florida (Tomada de: allucant.com)
Tomado del libro: La ciudad y sus sitios. CP67 Editorial, Bs. As., 1987.