5 oct. 2010

La ciudad y sus sitios


(De Rafael E. J. Iglesia)

Nos dice Kevin Lynch que la imagen de la ciudad nace cuando ésta puede ser leída y sus distintos elementos pueden ser organizados en un todo coherente y significativo. Esto ocurre cotidianamente cuando contamos o nos cuentan experiencias de otras ciudades: “Rosario es…, Roma es..., Córdoba es…”
Esta imagen se construye con lo que prefiero llamar sitio (paraje o propósito para alguna cosa, según el diccionario) más que lugar (espacio que puede ser ocupado por algo), porque sitio tiene una clara referencia funcional, es decir, el sitio es para algo, para que alguna actividad se realice en él.
Los sitios, enhebrados en nuestra experiencia, organizados mentalmente, producen la imagen de la ciudad. Son entonces lugares reconocibles, identificables, con una forma determinada, con ciertas actividades que en ellos se desarrollan, con cierta gente que los frecuenta. Separables del contexto, como una figura que se separa (no se independiza) del fondo, son los protagonistas del recuerdo de una ciudad. No importa cuál sea su naturaleza o especie: plaza, calle, esquina, accidente geográfico, explanada o monumento, el asunto es que a ese lugar podamos sentirlo como un sitio, podamos vivirlo como tal.
Celedonio Flores (Arrabal salvaje) es un buen ejemplo. Para él barro + boliche esquinero +  pibes + matón +  casamiento +  broncas +  fabriqueras es igual a: “ Mi arrabal así lo veo,/ así lo quiero ver cuando muera…/ luz de luna en un hueco sucio y reo,/ o un brochazo de sol en la vedera”.
 Aquí está todo lo que define a un sitio. Noeberg-Schulz lo llama “espacio existencial”, lugar en que vive, no con un sentido residencial permanente (aunque también la residencia puede ser un sitio), sino con un sentido vivencial. Importa más la intensidad que la extensión.
Las ciudades que más recordamos son aquellas ricas en sitios (que quiere decir todo lo que Celedonio invocaba). Puedo presentar aquí también la prueba de la vida infantil, rica en sitios secretos, propios e intensamente vividos.
¿Quién no recuerda  una experiencia que aclara y corrobora lo que escribo?
¿Tiene Buenos Aires sitios? ¿Cuáles son?
Además de los lugares cuya condición de sitio nace de experiencias personales e individuales, creo que hay sitios que sólo existen por la experiencia compartida. Esto golpea en pleno pecho del diseño urbano, consciente o inconsciente.
También es posible una propedéutica de los sitios: enseñar a encontrarlos, a vivirlos, a crearlos. Y la teoría resultante, cito a Canter, “y los instrumentos a ella asociados, parecen proveer la posibilidad de nuevas bases para las decisiones sobre la configuración del entorno”. Yo retiraría el potencial. Creo son estas excelentes bases para tomar decisiones sobre el entorno. Y así nos hemos metido de cabeza en la arquitectura.
Los sitios en Buenos Aires no son muchos, hay quien los cuestiona casi en bloque, hay quien los encuentra a cada vuelta de esquina. Yo siento que los que son, son lo que son a pesar de un descuidado diseño urbano, de ordenanzas municipales que los ignoran, de usuarios que no sienten lo que están viviendo o lo que perderían con su ausencia. Pienso en las plazoletas que escoltan al Obelisco o en el desierto interedilicio de Catalinas Norte.
Yo propongo estudiar los sitios de Buenos Aires, señalarlos, incitar a su fruición, a su respeto, a su creación. Descubrir nacimientos y asesinatos, floreceres y violaciones, alentar y proteger, en fin, querer y preocuparnos por lo que hace que nuestras ciudades sean queribles y queridas.
____
Imagen: Catalinas Norte. (Foto tomada del sitio: commons.wikimedia,org.)