5 oct. 2010

Que trata de farsantes y del mercado


(De Carlos Penelas)

Las ambulancias están detenidas frente a la clínica, Estacionan en la calle, frente a la parada de los colectivos. Llueve. Bajan pacientes. A veces sólo viene un joven médico con el chofer. A veces sólo el chofer de la ambulancia. Pide ayuda a un cartonero para poder bajar la camilla con un paciente. Lo ingresan a la clínica para hacerle un estudio. A veces hace calor y el sol golpea con fuerza los ojos del enfermo. La clínica no tiene playa de estacionamiento, las obras sociales desconocen o ignoran como viajan sus “clientes”. Pobres diablos del sistema, nadie es responsable. Y cada cual atiende su juego. A nadie le importa cómo son recibidos, cómo se los trata. No existe Comité de Ética. Y si funciona nadie se entera. Algunos camilleros fuman, algunos médicos fuman. Casi todos los choferes lo hacen en la vereda, mientras esperan al paciente, a veces dentro de las ambulancias, en el asiento delantero. Otras, contra la pared de la clínica. Nadie ve nada, un mundo de discapacitados, de cieguitos. Tac, tac, tac. Suelen hablar por sus celulares, suelen reírse.
Desde la calle observé que administrativos fumaban en el pequeño hall. Había un visitador médico. Empleados esperando completar formularios o bebiendo café. Lo hacen durante la noche, cuando adentro siguen trabajando con la piqueta, volteando paredes, puliendo pisos, golpeando una y o otra vez sin remordimiento a toda hora. Cada cual atiende su juego. Sin piedad, sábado o domingo. Hemos llamado para medir la radiación de nuestros departamentos. Lo hicieron en casi todos los que lindan con la clínica. Nos prometieron enviarnos un informe por escrito. Pasaron más de doce meses, no nos respondieron nunca. La casa está en orden. Vino una doctora y un ingeniero, gente respetable, padres de familia, seguramente. Recuerdo la película rumana de Cristo Puiu, La noche del señor Lazarescu. Es todo un símbolo de nuestra sociedad. Lo vivimos de manera continua.
La clínica alquiló una casona que adquirió un italiano y tardó meses en arreglarla. Quedó hermosa. Una facha reconstruida, molduras a nueva, un trabajo serio. Iba a ser un restaurante de buen nivel, iba a ser un salón de fiestas. Planta baja y dos pisos. Lo alquiló la clínica. Hicieron lo que los ignorantes saben planificar. Divisiones, paneles, pequeños consultorios, guaridas para empleados. Hacia un cultivo de la estética de la indiferencia. Las disculpas son siempre deliberadas, a veces hasta cándidas. El fuerte de estos caballeros no es la retórica, es la gestión. Son íconos de la modernidad, de la salud a plazos, de las regletas y los tiralíneas. Hay restos inabsorbibles en el estilo de sus dueños, de sus lacayos. Visten como señores anticuados, moderados.
Las ambulancias estacionan en la calle. Otra forma de la estética de la indiferencia. Bajan los pacientes con cánulas, en sillas de ruedas, con la palidez de la dolencia, con suero. Desdichados, llenos de temor y esperanza. En el interior pican paredes, instalan equipos, amontonan proyectos. Aprobados, todos legalmente aprobados. El país entero es una sombra de Cromagnon. La deshistorización es parte de ellos. Como Gran Hermano o los discursos de los hombres patriotas. Cómplice o socios. O socios cómplices.
Recuerdo la película francesa de Laurent Cantet, Recursos humanos. Es posible que alguno de ellos la haya visto, es posible. Cada tanto alguno de sus lacayos nos habla para comprar nuestros departamentos. “Deben ampliar, el tema de la salud es importante, la empresa crece, necesitan más oficinas…”. Ofrecen miserias, pisan basura, señuelos. Nos dicen que es preferible que vivamos en otro lugar, con más comodidad, que ellos seguirán arreglando, instalando equipos. Seguirán los pasos del progreso, del bienestar, del futuro. Ofrecen miserias, pisan basura. Afuera nadie ve nada. O ven y no quieren hablar. O son tantas las cosas deformadas, tantos los engaños que prefieren hacerse los distraídos, conversar de fútbol, del regreso de Susana a la televisión, del circo cotidiano. O de Irak, que queda lejos. La picaresca avanza entre ambulancias, pasillos, calles, colectivos y cartoneros. Ahora vienen las elecciones. Ahora es el momento. En breve se colocan los radares, se arreglan los hospitales, la justicia deja de ser parcial. El discurso por un lado y la realidad por otro. Irracionalidad y desmesura, desazón y engaño.
Desde el baño de mi departamento escucho voces, escucho el teléfono, cómo otorgan turnos. Me enteré que una muchacha quedó embarazada en un ascensor. No, no fue violación, lo hizo con su novio. Controla unas trescientas palabras, la niña. Con eso se puede atender al público. Sus jefes no poseen muchas más palabras. Ganan bastante mejor y alquilan departamentos por hora en Recoleta. Esa es la diferencia.
Nadie se queja, ya es hábito. Hay un buen servicio, buenos profesionales explotados con dignidad. Con eso se hace un negocio. Afuera obras sociales, ambulancias, lluvias, granizo, sol, temperatura otoñal. Somos todos  felices. Como suele decirse “es lo que hay”. Y sonreímos, saludamos con cordialidad, sospechamos que somos buenos ciudadanos.
Anoche me emocionó ver Elogio del amor, una película suizo-francesa de Jean-Luc Godard. Un cine libre, contra la industria. Una bella parábola del compromiso, de la vida, de la estética, de la soledad, de lo perdido. Un film contra el sistema desde lo intelectual, lo afectivo, la inteligencia. Es de 2002, no se estrenó en Buenos Aires, ni creo que se estrene. Ya no hay público para ese cine. Ni para leer el “Rico Tipo” en el baño, como suele decir Mónica, una amiga del alma. Lo hay para Harry Potter, para Susana, para los dueños de las clínicas. Para los operadores de la salud, para los caballeros del mercado o los estudiantes de marketing. Para los gestores de una industria sospechosa. Felizmente Lisandro, mi hijo menor, está haciendo un bello espectáculo de clowns.
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Texto tomado del libro: “Fotomontajes”, Bs. As. 2009.
Imagen: Ambulancia (wallpaper).