27 oct. 2010

El ángel de la cúpula


(De Carmen Ortiz)

¿Pero qué es la historia de América sino
una crónica de lo real maravilloso?

Alejo Carpentier, "El reino de este mundo".

Rostros de hombres y mujeres me miraban desde la cúpula. Bellos, realmente bellos. Pertenecían a los hermosos murales que muchos años atrás habían pintado talentosos y reconocidos artistas plásticos, en las Galerías Pacífico.
En su época más floreciente -que yo recuerde- las Galerías poseyeron locales que se utilizaban, en su mayoría, para exposiciones de pintura y aunque hubo otros de carácter más comercial, guardaban relación con la estética del lugar. Hacia fines de los 70 apareció en un extremo, debajo de la cúpula, una confortable sucursal de los Ferrocarriles Argentinos, donde yo solía ir a sacar pasajes para viajar a Mar del Plata con mi familia. En los 80, después de la derrota de Malvinas, se la llamó “Centro Cultural Las Malvinas”. En ese tiempo se la empleó para hacer algunos espectáculos. Las paredes se cubrieron con exposiciones de cuadros de dudoso valor artístico. También se habilitó una salita donde se proyectaban videos de promoción literaria y turística. Algo había que denotaba una suerte de deterioro en el gusto y en la conservación. La confortable sucursal de los Ferrocarriles empezó a presentar signos de prematuro envejecimiento y descuido. Pronto las galerías de arte se trastocaron en otros locales de exposición y venta de tapices de escasa calidad. A menudo invadía todo el ámbito una música estridente. Hasta vi, una vez, que en la entrada que daba a Florida- la otrora calle europea y aristocrática de Buenos Aires-, se repartían volantes promocionando un restaurante vegetariano. A pesar de todo, desde la cúpula los rostros de la belleza me seguían mirando.
Un día, después de la euforia por la llegada de la democracia, entré casi por costumbre y me dirigí hacia el centro. Me detuve antes a mirar un cuadro en la pared lateral. Fue la primera vez que oí aquel sonido. Me di vuelta y observé al hombre que, detrás de mí, miraba la insólita pintura. Estaba absorto. Parecía no haber escuchado nada. Extrañada, seguí mi camino pasando por la pared central y, al fijar mi mirada en la cúpula me pareció observar un ángel que no recordaba haber visto antes, pintado en los murales. Tenía una expresión de tristeza. Doblé. Me paré ante un cuadro titulado “Myself” (Yo mismo, aclaraba). Era demasiado abstracto para mí, representaba un punto celeste colocado en el centro de un fondo azul que hería mis ojos. No podía entender cómo eso estaba ubicado en lugar preferencial, cerca de los murales pintados por los maestros Berni, Castagnino, Colmeiro, Spilimbergo, y Urruchúa. Ya me iba, renunciando a comprender su significado y pensando que me traía a la memoria los dibujos infantiles, excepto que los niños no usaban colores tan agresivos, cuando algo me paralizó. Aquel ruido que antes había oído se tornó más fuerte, y me pareció, estaba casi segura, de que no se trataba de un simple sonido sino de un gemido. Me estremecí. ¿Qué pasaba?
Era de tarde. Había poca gente en las Galerías. Miré alrededor de mí. El hombre que hasta entonces casi siguiera mis pasos, ya había desistido y se dirigía con celeridad a la salida de la calle Florida. Vi además a una señora que se encaminaba hacia la puerta que daba a Córdoba, y se detuvo frente a una tienda que habían instalado últimamente y que tenía unos precios carísimos.
¿No vendría el sonido de la sala de videos? No, imposible. Además, en ese momento recordé que abría a las siete de la tarde y eran poco más de las cuatro. ¿Sería una ilusión auditiva? ¿Tendría razón mi novio que me decía que a veces no oía bien y que debería hacerme revisar? Siempre pensé que era una broma. Nunca se notaba cuando Horacio hablaba en serio. A esta altura de mi carrera no sabía aún si el que oye mal puede creer oír lo que no existe. Estaba inmovilizada frente a ese cuadro. ¡Pensar que Velázquez había pintado “Las Meninas”, Van Gogh “Los botines”, Degas “Lección de danza”, Seurat “El circo”, Portinari “Muchacha mulata”, etc, etc, etc.! Y yo estaba condenada a no moverme de allí, porque me paralizaban la sugestión y el miedo. Me armé de coraje y caminé hacia mi izquierda. Me topé con otras pinturas menos conflictivas aunque igualmente malas.¿Quién autorizaba esas exposiciones? Era una irreverencia, sobre todo cerca de los murales de los maestros. Salí por Viamonte. Di vuelta y seguí por Florida hacia Corrientes. Al fin entré en un bar a tomar café. Todavía me duraba la impresión. Saqué mis apuntes y me puse a leer, tenía un parcial en pocos días.
A las siete fui a buscar a Horacio a su trabajo. Como sus padres habían venido a visitarlo desde Rosario tuvimos que ir a un hotel. Hicimos el amor y como siempre fue maravilloso. Mientras descansaba encendí un cigarrillo, y en la dulce complicidad de la cama le conté lo que me había pasado en las Galerías Pacífico. Me contestó que en lugar de estudiar Medicina debería haberme dedicado a escribir, ya que tenía tanta facilidad para imaginar y fabular. Me enojé apenas levemente, porque dudaba de mis propias sensaciones.
El día siguiente era sábado y tenía que reunirme con unos compañeros para estudiar desde temprano, así que no pensé más en el asunto. Esperaría al lunes para volver, y no se lo contaría a nadie. De mañana no podría ir porque tenía clases en la facultad.
No sé si fue casualidad pero volví a la misma hora. Esta vez entré por Córdoba y me deslicé con lentitud pasando por delante de los negocios nuevos, que no me parecían precisamente los más apropiados para un espacio que albergaba una galería de arte. Por ejemplo: la juguetería que tenía un robot en la entrada o la lencería de ropa fina para damas, entre otros. Aunque era lunes, había más gente que el viernes. Pasé el centro y me dirigí al sitio en el que estaba el cuadro fatal donde había escuchado el gemido. Nada pasó. Entonces Horacio tenía razón, se trataba de una impresión mía. Recorrí apresurada la galería de cuadros que daba a Florida, de ambos lados, y no oí nada. Antes de irme me volví a parar bajo la cúpula para admirar su belleza y en ese momento ocurrió. Me pareció ver que el mismo ángel del otro día ahora lloraba. Sentí que un río helado corría por mis venas. Percibí un sonido arrastrado, forzado. Escuché. Era la voz de una mujer que hablaba, algo así como un pedido de auxilio. Me nombraba: -“¡Helena!”-. ¡Dios mío! ¿No me estaría volviendo loca?
Cuando recobré la serenidad, miré a alrededor de mí y divisé a una señora arrastrando a un chico de poca edad que se aburría-como yo- de los cuadros colgados en las paredes. Con seguridad esperaban el horario para mirar los videos. También vi a dos adolescentes con útiles que, supuse, se habían “hecho la rabona” al colegio. Había un señor formal con portafolios. Oí detrás de mí y luego vi a dos jovencitos que se reían y conversaban en voz alta. Pero, ¿cómo nadie había notado nada? Sólo yo.
Unos minutos después el lamento se hizo más fuerte e intenso:-“¡Helena! ¡Ayuda!”. Me tapé los oídos. De pronto, la estridente música me ocultó la voz. Las piernas me temblaban. Dos lágrimas cayeron de mis ojos. Sentí más que miedo un dolor profundo.
El martes me encontré con mi novio, no le conté nada. Algo me decía que debía guardar silencio. Se me ocurrió que era un secreto. En algún momento Horacio me dijo que me notaba rara, le hice un chiste y no insistió.
El miércoles, cuando volví a las Galerías, fui directamente a pararme debajo de la cúpula. Caminé como quien espera a alguien. Me pareció que el dueño del negocio de videos me sonreía como reconociéndome. Desvié la mirada y me dirigí a la en otra época confortable y ahora alicaída Oficina de Información y Venta de pasajes, de Ferrocarriles Argentinos. Me paré frente a la vidriera como para observar los comunicados. De pronto, la voz volvió: “¡Helena, ayúdame!” Y luego continuó: -“Tengo veintidós años – hizo una pausa-. Me llamo Laura”. En ese momento parecía que la voz se había agotado, pero habló otra vez: -“Me tienen prisionera”. Y después percibí algo así como un golpe.
Otra vez mis piernas se aflojaron. Estaba obnubilada. No podía pensar. Escuchaba voces. Era seguro que me estaba volviendo loca. ¡Veintidós años! ¡Mi misma edad!¡No ¡ ¡No podía ser! Se trataba de una ilusión auditiva. No tenía a quien contarle esto. Mis padres no me creerían, a lo sumo me mandarían a que consultara a un médico. Horacio terminaría por aburrirse de mí, yo lo amaba. ¿Por qué nadie oía lo que yo escuchaba?
Esa noche, a pesar de haberme tomado una pastilla para dormir, no recetada -lo confieso-, soñé con Laura. En mi sueño era una muchacha muy parecida a mí, como yo también estudiaba Medicina. Actuaba como una especie de dirigente, siempre defendía a los compañeros con problemas. Así se me apareció organizando una manifestación de protesta porque nos revisaban bolsos y carteras en la entrada de la facultad, y porque nos habían cambiado arbitrariamente una fecha de examen. Dicen que en los años de la dictadura militar ocurrían esas cosas. O sea, que aunque yo aparecía en el sueño, éste se refería a esa época. De repente, todo cambió, ella estaba en un lugar oscuro, impreciso, y gritaba porque alguien la sometía a un tormento con electricidad. Por suerte me desperté. Puse la radio bajita y escuché música suave. Me dormí cuando ya había amanecido.
A la mañana, una conjetura se introdujo en mi atormentada cabeza. En los tristes días del Proceso habían “desaparecido” muchos estudiantes de mi facultad. Yo había llegado después, con la democracia, y no sabía casi nada de eso, no obstante, me propuse averiguar.
Se confirmaron mis sospechas: en la Facultad de Medicina, a la que yo asistía, había existido una Laura, luego desaparecida. Ella era, en cierta medida, una activista que siempre daba la cara por los demás. Estaba afiliada a un partido de izquierda, aunque, según me dijeron, era más bien una revolucionaria utópica porque odiaba la violencia. Cuando se la llevaron tenía veintidós años.
Con mi novio jamás hablábamos del tema de los desaparecidos. No éramos indiferentes, supongo, aunque nunca habíamos ido a una manifestación, de las que realizaban los organismos de derechos humanos para pedir castigo a los culpables. Yo me dedicaba a estudiar y él estaba haciendo una buena carrera en la empresa en que trabajaba. Nos casaríamos en dos o tres años más.
No, no le contaría nada de lo que había sabido. Pero, ¿podría cargar con todo eso yo sola?
Tardé una semana en reponerme. Necesitaba conocer más, busqué información. Me enteré de que en el tiempo de la dictadura militar habían existido trescientos cuarenta centros de detención clandestina, donde se torturaba y mataba a los subversivos al orden establecido y a los supuestos subversivos. La tarde del jueves, por primera vez, como ya había dado el examen a la mañana, fui a la marcha que las Madres de Plaza de Mayo realizaban todos los jueves alrededor de la Pirámide. Fue una sensación distinta. No se lo conté a nadie.
El viernes me animé y acudí a mi cita con Laura. Debajo de la cúpula, el ángel se puso una mano en la boca indicándome que guardara silencio. En ese momento me di cuenta: el ángel era el que me abría la puerta para oírla. Siempre había sido así y yo recién entonces lo comprendía. Esta vez su voz era muy tenue. Me dijo:

-“¡Gracias, Helena! ¡Gracias por escucharme! Yo estoy muerta. Me mataron. No me olvides.”- Y después, en un último esfuerzo agregó: -“No te arriesgues. No vengas más a escucharme, vos también estás vigilada. ¡No te arriesgues!” La voz se silenció. Miré hacia enfrente. El dueño del negocio de videos me observaba, y esta vez no sonreía.

El tiempo ha pasado. Estamos en junio de 1990. Yo me he recibido de médica y Horacio es subgerente de la empresa en que trabajaba. Nos hemos casado a fines del año pasado. A veces, cuando cierro los ojos para dormirme, en la plácida felicidad del lecho compartido, me parece ver la cúpula de los maestros y, asomándose, el rostro de un misterioso ángel junto al de una joven, algo parecida a mí, que me sonríe. No he vuelto a escuchar su voz. En el diario de esta mañana he leído una noticia sorprendente, dice que las cárceles clandestinas de la época de la dictadura militar no eran trescientas cuarenta sino trescientos cuarenta y una. La última se descubrió en estos días, cuando las tareas de remodelación que se están haciendo para convertir las Galerías Pacífico en un importante centro comercial, permitieron ver, en el segundo subsuelo, verdaderas celdas donde todavía hay fechas y nombres de ese tiempo escritos y perforaciones en las paredes, y hasta algún zapato quemado. Dicen que las Galerías Pacífico fueron un lugar ideal para esas actividades porque la acústica amortiguaba todos los ruidos.

Los días 8 y 9 de junio de 1990, los diarios de Buenos Aires “Sur” y “Página/12” informaron y fotografiaron el hallazgo, en los trabajos de remodelación, de otra de las cárceles clandestinas de la dictadura militar, en el subsuelo de las Galerías Pacífico.

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Imagen: Murales en las Galerías Pacífico.