7 oct. 2010

De algunos apellidos en el lunfardo


(De Luis Alposta)

Los apellidos son nombres de familia que conforman, con los nombres propios, el nombre en sentido amplio, el que, con relevancia jurídica, y con carácter oficial, identifica y designa a cada persona. Algunos de ellos, además de figurar en la guía telefónica, son incorporados al lunfardo por el simple hecho de presentar similitudes fonéticas con palabras comunes del idioma.
Entre los que se escuchan con frecuencia, están los siguientes: batilana y batistela, para designar al batidor;  escasani, que vale por escaso de dinero, pobre, necesitado. Estar segurola es estar seguro; bejarano es viejo; novoa es nuevo; y se lo suele llamar torterolo al tuerto y ochoa al ocho. Palmieri, que también daba nombre a una conocida joyería de  Buenos Aires, se utiliza para designar al palmado; durañona no es otra cosa que duro, persona rígida, severa; y solari o Solari-Rosi, es estar y andar solo.
Al apellido Paganini, por juego paronomástico, como los anteriores, se recurre para designar al garpa, al individuo de pago fácil, al que acostumbra a pagar cuentas ajenas o comunes. Y a propósito, Paganini, el violinista, no fue precisamente un paganini. Entre sus allegados, según sus biógrafos, era conocido como el señor paganiente.
En cambio, el apellido Gardel responde a un mecanismo distinto. Es el único al que le damos valor de adjetivo y ser Gardel pasa a ser sinónimo de excelencia; tener un prestigio ganado; ser el mejor en una actividad. En cualquier actividad menos en la del canto, por supuesto. Dado que, para nosotros, por más que alguien cante bien, nunca lo podrá hacer como el Zorzal.
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Imagen: Sténcil sobre una pared. (Foto tomada del blog: elprofremarcelo.blogspot.com).