29 oct. 2010

"El Resero", símbolo de una Buenos Aires con buena memoria rural


(De Norberto García Rozada)

Hace poco más de un siglo, la ciudad y el campo se daban la mano en el sudoeste de la metrópoli. El territorio urbano descendía, no siempre suavemente, hacia el valle del Riachuelo, donde en el bañado de Flores se podía apreciar una vasta pincelada de fauna y flora silvestres.
Desde allí hasta la aún muy futura traza de la avenida General Paz se mezclaban núcleos barriales que pugnaban por salir del cascarón y manchones verdes que anticipaban la monotonía de la llanura pampeana.
Ocurre que por allí menudeaban los terrenos baldíos y las quintas cuyas amplias extensiones iban menguando a fuerza de loteos o recortadas por el avance de los pavimentos consolidados y de las construcciones aún precarias, pero construcciones al fin.
Hasta no mucho antes de ese entonces -albores del siglo XX-, el ganado destinado al consumo urbano era faenado en los denominados Corrales Viejos, a la vera del actual parque de los Patricios. Instalaciones precarias y añosas que movilizaron el propósito de trasladarlas a los terrenos casi vírgenes del deslinde sudoeste de la ciudad. "Más allá es nada...", supo decir de esos parajes aquel cronista sagaz que en vida fue Juan José de Soiza Reilly.
Allí, bajo la transitoria y rápidamente extinguida denominación de Nueva Chicago -sobreviviente merced a la existencia del club de fútbol homónimo-, comenzó a crecer un polo de importantísimo movimiento industrial y comercial, cuyo centro indiscutible serían, con el tiempo, el Matadero Municipal y, algo más tarde, el Mercado de Hacienda. Nacían, pues, un barrio y una historia muy particular.

"EL RESERO"
Esos y otros detalles son parte esencial del libro El Resero, la historia de una estatua , escrito por Orlando W. Falco, pluma ágil e historiador de Mataderos, quien hurgó en el pasado para darle a conocer al presente y al futuro las alternativas vitales de una obra de arte bella, austera y emblemática.
La estatua de marras, encargada por la entonces Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires a principios de 1929, al escultor Emilio Jacinto Sarniguet, y terminada en 1932, al bastante módico costo de 20.000 pesos, hizo precario alto durante casi dos años ante el famoso Palais de Glace, en Recoleta. Pero ya tenía una meta hacia la cual avanzaba al paso, con la impavidez y la tenacidad de sus iguales vivos: la plazoleta ubicada frente a la entrada de la administración del Matadero y del Mercado.
Sarniguet no era un improvisado. Había nacido en 1888, cursado estudios artísticos en la antigua academia de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes y en 1907 había efectuado el entonces imprescindible viaje a Europa, becado por el Jockey Club para darle rienda suelta -la figura viene como anillo al dedo- a su especialización en figuras de animales. El origen de la beca se explicaba por el hecho de que el padre de Sarniguet era cronometrista -"relojero"- en el hipódromo de Palermo. Sarniguet tenía habilidades diversas: tallaba, moldeaba, esculpía, dibujaba y pintaba, pero su fuerte era la escultura y dentro de ella, los caballos, cuyas características había mamado acompañando a su padre en sus menesteres cotidianos.
Encomendada que le fue la estatua de "El Resero", Sarniguet, ya segundo premio nacional por la escultura Relinchando, decidió con acierto que el protagonista no podía hacer otra cosa que montar un caballo criollo, raza que estaba en proceso de recuperación merced a la dedicación y el apasionamiento de la familia Solanet. Fue, pues, a las fuentes y eligió las más apropiadas.

EN "EL CARDAL"
Justamente en la estancia "El Cardal", de don Emilio Solanet, el artista hizo, se cuenta, un doble hallazgo: encontró al modelo humano, un viejo resero, el "Cuñao" Cabañas, nacido en los pagos de Ayacucho. Este criollo montaba un criollo, moro de pelaje y pasuco o amblador -equinos que al andar mueven mano y pata del mismo flanco- que, según mentas, se llamaba "Huemul" y del cual Sarniguet tomó los rasgos esenciales para la cabalgadura de El Resero que, dato curioso, hasta luce una marca en su muslo izquierdo: la de Güiraldes, en honor de don Manuel, hacendado y ex intendente porteño, y de su hijo Ricardo, nada más ni nada menos que el autor de Don Segundo Sombra.
La estatua ecuestre e ícono barrial fue inaugurada el 25 de mayo de 1934, con bombos, bombas y platillos -no es una imagen tan sólo literaria- casi tal como hoy se la puede apreciar. Más adelante, en 1948, el pedestal fue elevado en algo más de un metro y ya en la época actual hubo que enjaularlo dentro de una verja, protectora de diabluras y atropellos. Y para remate, hasta tuvo moneda propia, la de diez pesos emitida en formato dodecagonal entre 1963 y 1968, ahora sin más valor que el numismático y sólo ubicable en colecciones y comercios especializados.
Por suerte, "El Resero" original jamás ha tenido que navegar por el tempestuoso mar de las inflaciones, las devaluaciones y los cambios de signo monetario. Aún es el símbolo de Mataderos y ojalá siga siéndolo por muchísimos años más. Siempre como mirando sin ver un imaginario horizonte pampeano, mientras el caballo medio que inclina cabeza y pescuezo, tal como si tratase de hacer el último esfuerzo para ponerle fin a una jornada de trabajo ya tan larga como el tiempo y la imaginación.
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Imagen: "El Resero", escultura de Emilio Jacinto Sarniguet.
Nota tomada del diario La Nación