25 oct. 2010

Improvisación de Gabino Ezeiza en “La casa vieja”


(De Elías Carpena)

El comité de Floresta sur de la UCR poseía su centro de reuniones en la avenida Provincias Unidas, cerca de la calle Azul. Gustadores de la cultura, gozaban de una biblioteca vastísima, y había noches fijadas para conferencias y las había para todos los intelectos e inquietudes. Unas eran de ciencia, otras de historia; también de arte, de literatura y de política. Si el conferenciante era el poeta Aníbal Riu, podía escucharse “Vida y poesía de Almafuerte”. Si lo hacía Corvalán Mendilaharzu, elevaba y distinguía como floreciente la época de Rosas. También fustigaba reciamente a los unitarios. Pero a continuación, en son de contrapunto, prestigiaba la misma tribuna, con igual público, Ernesto Celesia, y se le oía respuesta erudita, sabia, profundamente documentada, desautorizándolo.
Para los amantes del juego, todas las noches había riña de gallos, con abundancia de admiradores, de galleros y gallos. No se excluía la taba ni el monte… y para los que seguían el canto popular, la voz de los cantores y payadores, se les brindaba, en las noches de los días jueves, veladas deleitables. Entre los payadores que frecuentaban el comité se contaba Gabino Ezeiza, vecino que vivía en Azul 92, muy talentoso e inspirado improvisador, en cuyo haber poético se hacían gloria sus contrapuntos con el uruguayo Juan de Navas y el argentino Pablo Vázquez.
En la primavera del año 1913, con la visita del caudillo Hipólito Yrigoyen al comité, se anunció la presencia de lo más grande del canto nacional: Gabino Ezeiza, José Betinoti, Juan Damilano, Antonio Anselmi, Ambrosio Río, autor de la canción “Mañanita”, y Miguel Cafre, de “El tabernero”, ambas muy difundidas en discos por Carlos Gardel. Aquella noche reunió el comité tantos adictos, tantísimos adentro, y tantos centenares afuera, deambulando por las calles, donde no se veía más que boinas blancas y seres quejumbrosos por no poder acercarse para ver y admirar al caudillo y oír las pregonadas improvisaciones sobre él.
Yo seguía con gusto y activamente a los payadores, y cuando ellos se dirigían al público y le pedían tema para sus creaciones poéticas, le enviaba lo mío en versos, generalmente en una décima, donde le fijaba el argumento. Entonces el payador ceñía el texto al pedido y lo desarrollaba muy hábilmente. Estas versiones iban al aire y se perdían. Gabino Ezeiza improvisaba por cuartetos; rimaba el segundo verso con el cuarto, dejando libres los dos restantes. Para esa noche convine con tres amigos en tomar la versión. Íbamos cada uno a recoger escrito un verso de cada estrofa y al término tendríamos el poema total. Había escrito esa tarde, para cuando el improvisador reclamara argumento, una décima. No pude entregarla: fue una noche fallida para mi entusiasmo y debí regresar a mi casa de la misma manera que lo hizo la enorme cantidad de gente, sin ver al caudillo ni escuchar a los payadores.
A un mes de este acontecimiento se anunció a los pobladores del bañado que el matarife Garrigós traería el mismo espectáculo a “La casa vieja”. Hubo protestas y reclamos porque no se realizaba donde correspondía, en el comité Radical de Murguiondo. La excusa aceptable fue la de que el local era pequeño. En el pórtico de la casa se organizó un tablado, con adornos de banderas y cintas argentinas. El alumbrado se dejó para la luna llena, que caía luminosa, y para el pórtico se encendieron luminarias de querosén, faroles que competían con el claro plenilunio.
En cuanto se hizo la noche y la luna fue subiendo por el cielo del bajío, empezó a llegar gente en volantas, a caballo y de a pié. Gabino Ezeiza bajó de una victoria  de capota baja, con el matarife Garrigós. Un señor recibió al matarife con un abrazo y luego le dio esta nueva mala: “Don Hipólito no viene, lo han reclamado de Rosario”. Y a Gabino Ezeiza lo enteró de otra noticia, que él creyó desafortunada: “Tendrá que canta solo, Ezeiza; los demás payadores se encuentran por el interior”.
Gabino Ezeiza le sonrió y repuso a muy poca voz: “¡Trataré de suplirlos, si la voz me alcanza y me acompaña la inspiración!”. Observó la escena el gentío, el tablado, y alabó el espectáculo al aire libre. Se tiraron cuatro bombas que retumbaron en el aire y dieron susto a los caballos. El matarife Garrigós anunció que Gabino Ezeiza no pedía contribución por actuar y que sólo ofrecía a los voluntariosos unas subscripciones de la revista P.B.T. Mientras el secretario del payador iba por las mesas haciendo suscriptores, él extrajo la guitarra del estuche, ensayó unos sonidos para el temple, punteó un alegre y cantó una improvisación a la noche de primavera que allí se estaba gozando a plena naturaleza. Dijo del perfume del campo que le traía la brisa nocturna y le cantó a la luna que se mostraba en su cielo dorada por el reverbero de estrellas. Cambió la improvisación poética por otra en la que le pedía al público tema para sus creaciones. Yo tomé mi décima puesta en un sobre, me acerqué al tablado y se la entregué. Gabino Ezeiza era negro. Era un señor de mucha fineza. Vestía de negro y se destacaba la camisa de plancha con su blancura de armiño. Se había puesto de pie para tomar lo mío. Nada me dijo. Creo que ni reparó en mí. Tal vez aquí habrá pensado en que yo era un buen muchacho que enviaba alguno de los hombres, al cual él buscaba para identificarlo.
Regresé a mi mesa, a mi asiento, a mis amigos. Era el momento en que el payador rompía el sobre. Al descubrir la décima tuvo un gesto de admiración, de sorpresa y volvió a buscar al autor en los grandes, y no en mí que me encontraba cerca del tablado. Se enfrascó de nuevo en la lectura. La leía con emoción, con algo de temblor y deteniéndose, empapándose, quizás, del contenido, para la respuesta fiel. Se notaba que apretaba la esencia de cada verso. La décima le requería el siguiente argumento: “Pide tema el payador/ y elabora su poema./ Si se brinda noble tema/ habrá brillo y esplendor./ Vaya hilando el ruiseñor/ verso a verso lo más fino,/ y a su decir cristalino/ cielos y santos lo apoyen/ para cantarle al divino/ don Hipólito Yrigoyen.”
Guardó el papel. Estaba pensativo, como en éxtasis. Puso los ojos hacia lo alto, buscando inspiración en la luna o, cual si dijera, como Martin Fierro: “Pido a los santos del cielo – que alumbren mi pensamiento”. Preludió de nuevo en su guitarra y al compás de un vals, del vals que lo acompañaba en sus improvisaciones, dio comienzo a la creación: “Aquí me escribe un poeta/ con letra clara y finita, / una décima entrañable/ que hasta en mi sangre palpita.// Usted me canta escribiendo/ y yo le escribo cantando./ Usted me propone el tema…/ Yo lo voy desarrollando.// Usted me propone un tema,/ que yo le cante a Yrigoyen./ Éste es mi tema querido/ el que siempre a mí me oyen.// Yo que lo conozco tanto,/ digo que a su sentimiento/ la acompaña la honradez,/ la probidad y el talento.// Que es un ser extraordinario/ voy a empezar por decirle,/ que cuando sea Presidente/ glorias habrá que rendirle.// De la talla de Sarmiento,/ de Mitre, de Avellaneda;/ yo digo que entre los próceres/ es un prócer que nos queda.// Ya tendrá el pueblo argentino,/ en su augusta presidencia,/ hombre probo, hombre digno,/ el bien y la inteligencia”.
Olía el aire al jazmín del país que en floridos nevados cubría los pilares del pórtico. Pasó el tren de las 12 en un gemido: era un pitar largamente inacabable. Se levantó en el espacio un humo negro que se fue extendiendo y cercó como un cordón de sierra la llanada. Regresaban del río dos pescadores; uno con la caña al hombro lucía una ristra de pescados brillantes de luna; el otro iba sólo con el mediomundo. Entraron a “La casa vieja” por el portón de la calle Escalada, se mezclaron con la gente que oía de pie fuera de las mesas y se internaron hasta ser de los primeros oyentes. Gabino Ezeiza los observaba con gusto y los vio con qué interés buscaban ubicación bien cerca del tablado. La nueva parte improvisada fue en alabanza de los hombres que se curtían y sacrificaban a la intemperie para sacarle al río tan rico tesoro. Aún duraban los aplausos que premiaban al bardo, cuando se le acercó una mujer y le reclamó: “Señor Ezeiza: ¿por qué no canta la canción suya que tanto se cantó?”. Y en vez de decirle el título le adelantó dos versos: “En una noche clara/ de majestuosa luna”.
El payador le agradeció con una sonrisa. Entonces ordenó el temple, punteó el alegre de la canción y elevó el canto. Los aplausos hicieron estremecer el lugar y al acallarse, todavía un rumor como de marejada, Gabino Ezeiza debió atender otro pedido que el aire le traía. Era un señor que dijo emocionado: “Soy uruguayo, hermano de los argentinos”; y le solicitaba la canción más difundida del payador. Le gritó el primer verso: “Heroica Paysandú, yo te saludo”.
La elección de la pieza fue festejada ruidosamente. Luego, con este canto desbordó el delirio; la pasión se alzó en oleaje, en gritos y aplausos vehementes.
En ese instante el payador puso término a la fiesta. Guardó la guitarra. La gente se arrimaba al tablado, quería ver de cerca al hombre que tanto placer les había dado. Se levantó una voz de protesta. Se oía al español de la jabonería del deslinde decirle a Gabino Ezeiza que debía continuar cantando, porque él había pagado para oírlo. Recibió aquellas palabras y se empinó: con ojos grandes y gesto de asombro buscaba la mesa de donde salió el reto. Cuando la tuvo ubicada, retomó la guitarra y, sin sentarse, buscó el tono y cantó. Aseguró que allí ninguno había pagado nada por escucharlo, que él sólo admitía que le adquiriesen alguna suscripción de la revista P.B.T. Le pidió al que lo interpelaba que si era dueño de una, que no se perjudicara, que podía cancelarla. Le hizo una broma que puso al público risueño. Le dijo que en la mesa suya veía demasiadas botellas, y que entonces con quien tenía un asunto por dinero: “No era con el payador,/ sino con el cantinero”.
La salida ingeniosa del payador se celebró con algazara. Había terminado la fiesta de la inspiración y el canto, y los concurrentes cercaban a Gabino Ezeiza con vítores, aplausos y felicitaciones.
______
Imagen: Fotografía de Gabino Ezeiza.
Texto tomado del libro de Bucich, Carpena, Dondo, Llanes, y Sáenz: La amistad de algunos barrios, Cuadernos de Buenos Aires, Bs. As., 1972.