13 oct. 2010

El organillo


(De Alberto Gerchunoff)

El organillo que desgrana su música por el suburbio ha merecido hasta ahora las simpatías del público. El cajón con ruedas y el italiano que da vuelta infatigablemente el manubrio, constituyen una nota familiar en los suburbios, al extremo de caracterizar la noche de la ciudad. No bien se encienden las luces, el organillo aparece con su vals remolón y con su trozo de ópera. El organillo no sabe de Wagner, el organillo ignora el arte difícil y complejo que difunde la moda. Mientras la platea del Colón finge extasiarse con las sinfonías abstrusas, aquel cajón con ruedas se abre para inundar la cuadra con los acordes abolidos de “Lucía”, y cuando llega el momento en que el tenor se desespera melodiosamente, la muchacha, todavía con la costura en la mano, piensa en ese canalla de estudiante, que ha procedido de un modo tan distinto al tenor. Y el cajón con ruedas sigue moliendo poéticas desventuras, hasta que el italiano del manubrio no advierte en dos o tres zaguanes a dos o tres mozos dispuestos a retorcerse en una danza. ¡Produce tan poco el arte puro! Así es como muere la armonía pastosa de la vieja ópera y se substituye por una polca movida. Y en cada zaguán empieza el baile, primero entre los mocetones solos y después –es tan contagiosa la música– se va añadiendo a los grupitos la vecina liberal del patio, que no desdeña ocasión para distraerse un poco. De todas maneras nadie la ve de la calle; el sobreviviente pico de gas apenas llamea, junto a la escalerita del fondo, y la madre no se opone: hay que divertirse cuando se es joven. Las muchachas lo dicen así y hasta prefieren entornar la puerta…
Pasada la hora de la comida, se redobla la energía de los organillos. Pero ni por casualidad se les escapa una nota tristona. El del manubrio sabe muy bien que a esa hora no interesa la heroína que lamenta su cruel designio en maravillosos gorjeos, ni hay para qué afligir al buen vecindario con las desilusiones puestas en música. Entonces, el tango hace irrupción sobre el arrabal. Los umbrales se pueblan, se llenan las aceras, y en el interior de los patios se trenzan parejas describiendo figuras, cuyo exceso de animación acompasa con caídas violentas el organillo incansable. No hay muchacha que se quede tranquila. Aquella tan hacendosa, y que sabe de desengaños y todo, no se resigna a la quietud. En total, ¿qué le puede ocurrir? Después de lo que le ha pasado, le da lo mismo uno que otro…
Y bailan el tango, complicadamente, sinceramente, sabiamente. Ya no se hace caso de la polca, ni del vals. Sólo el tango impera, el tango, propagado por el organillo. mucho más que por las crónicas de París, mucho más que por el éxito de nuestras compatriotas en las salas internacionales de Europa. Es el organillo el culpable de esa boga inmensa, y es el organillo el que origina, además de la danza, otras cosas, difundidas también; el zaguán obscuro, el bailarín hábil y apremiante, la luna, allá, sobre las azoteas, instando con su luz, a recordar algo parecido, que leyó la señora viuda del conventillo, en una novela en que el príncipe se casa con la oficiala del taller. El organillo, el tango, la luna; eso necesita una ordenanza bien severa…
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Texto tomado de: Buenos Aires, la metrópoli de mañana; Bs. As., 1960.
Imagen: Dibujo de Alejandro Sirio.