7 oct. 2010

Amenábar al 100


(De Rubén Derlis)

Allá por los 60 la calle era recoleta y silenciosa como una siesta prolongada; supongo que hoy no posee tales características debido al creciente estrépito que la ciudad puso en marcha superada la primera mitad de los 70. Pasaron más de treinta años y nunca volví a transitarla; es más, me resisto a ello por fidelidad a las imágenes que mantengo congeladas en mi memoria, imágenes de cada fragmento que devoraron mis pasos cuando pisaba su embaldosado pobre. Ese pasado habita en mí tal como fue, sin posibilidad de ser alterado por una no deseada superposición con instantáneas de otros momentos urbanos que la ciudad real generó a lo largo de tres décadas. Por eso si volviera a transitar estas aceras, la nitidez que guardo se diluiría; la calle actual, con sus nuevas particularidades, desplazaría a aquélla –vivísima aún, aunque sin sístole ni diástole–, o cuanto menos la modificaría, alterando el formato que guardo: veredas con sol de otras tardes, a las que accedo por el recuerdo.
De casas bajas con frentes no siempre bien conservados, el inicio de Amenábar nos plantea una perspectiva de escenografía si la observamos desde su nacimiento en Dorrego; por otra parte, también nos recuerda una postal porteña de ese barrio tomada hacia fines de los 40. Las vías del ferrocarril Mitre que la cruzan en diagonal a bajo nivel, en trinchera, hacen que la circulación por este tramo de calzada sea poco menos que nula; ya se desquitará de esta astenia, pues incrementará su folía motorizada a partir de Jorge Newbery, con rumbo norte. Tal vez sea esta obligada quietud con ribetes de remanso lo que acentúa aún más su aspecto de filme en blanco y negro o de fotografía tomada con una vieja cámara Kodak, sólo posible de hallar hoy en el escaparate de un anticuario. Este es el encuadre de mi película imaginaria rodada por aquellos años; hoy ya es otra cosa.

En la casa que lleva el número 135 de la calle Amenábar, y al final de un largo pasillo, en el departamento 2, con ventana a las vías del tren, vivió los últimos años de su vida el poeta Raúl González Tuñón.
No creo que haya placa recordativa; de ser así –lo que dudo– no estaría de más, pero la importante ya fue puesta: un gran rectángulo de bronce amurado en el frente de un edificio de departamentos de Saavedra 612, solar donde nació Tuñón en 1905. La casa estaba en Balvanera casi recostada contra la incipiente y difusa frontera que comparte con San Cristóbal, cuando su barrio era conocido como el Once (de hecho, una vez y por algunos años esta denominación fue oficial, al igual que la del Abasto, ambos reintegrados a Balvanera). A los quince años, nuestro poeta, andariego pertinaz, desnudo en su lirismo, ponía a prueba su porteño corazón: lo dejaba en manos de la inconstante Buenos Aires, consciente de que quedaba librado a los caprichosos designios de su amada. En los tembladerales de esta pasión siempre compartida nace su primer poemario: El violín del diablo, que tocará durante toda su vida con variada gama de tonalidades, renovado impulso e insobornable vocación.
Todo le sirvió al hombre y al poeta: sus viajes por el mundo, para constatar y asumir en cada regreso que era más argentino; su alternar por distintas redacciones, para pulsar los vaivenes callejeros en su husmear de cronista; su diario contacto con la gente pobre en cosas materiales pero rica en dignidad, para refirmar su ideología. Todo aprendió, todo enseñó, todo cantó. Y como sabía del sueño, también se soñó todo. Ya lo decía Lenin, a quien admiraba: “Ningún marxista es completo si no sabe soñar”. El 14 de agosto de 1974, cuando murió, tengo para mí que lo hizo en silencio para que nadie se enterara, no por no despedirse, sino para no molestar. Porque hay un silencio apacible que es hijo de la humildad, y ésta a Raúl le sobraba. Humildad fue su divisa.

A este departamento llegábamos sus entonces jóvenes amigos en una sucesión casi ininterrumpida de visitas; de cada una de ella siempre salíamos con nuevas sensaciones e ideas para desarrollar, surgidas de la anécdota vital o de la observación inteligente, como cuando hacíamos nuestras sus sesudas apreciaciones acerca de qué es lo medular de la poesía, o por qué no debe confundirse “síntesis con cortito”, como nos solía repetir. Una y otra vez debió contarnos llevado por nuestra insistencia cómo había conocido a César Vallejo, cómo había sobrevivido ese enjambre de artistas y poetas en la más impiadosa bohemia montparnassiana, o por qué le resultaba un tanto molesta la exagerada elegancia de Louis Aragon. Tampoco olvidábamos de preguntar –como si nunca lo hubiéramos hecho– por Blanca Luz, de los diuturnos conciliábulos en “El Puchero Misterioso”, o de los variopintos personajes –reales o de ficción– nacidos en la redacción de Crítica. Lo cierto es que inquiríamos una y otra vez porque siempre aparecía en el nuevo relato, en la nueva aventura, algo que había olvidado decir, que al volver a los mismos recuerdos recuperaba para el entramado de sus vivencias, en donde nosotros abrevábamos con asombro. De a ratos su narración era interrumpida por el paso de los trenes que trepidaban bajo su ventana; ruido en movimiento que hacía vibrar los vidrios con sonido de caireles. Cuando la tarde decidía su mutis tras los últimos durmientes que parecían amontonarse a lo lejos y la penumbra entornaba nuestra charla, o su monólogo –que preferíamos sobre aquélla–, al cerciorarnos que se venía la noche partíamos a desgano; mas siempre al filo de irnos corría por el borde de la amistad la última alegría de una reencontrada anécdota. Nos dolía partir –hoy entiendo que nunca estuvo mejor empleado el término–, ya que siempre quedaban nuevas preguntas por hacer, experiencias de las que aprender, miradas hacia un futuro que urgía alentar.
Pero las más de las veces que lo visité lo hice solo. Acaso porque mi admiración y mi voracidad por la escritura emanada de los poetas que están “más cerca de la sangre que de la tinta”, como dijo Lorca de Neruda, me lo imponían para consolidar la idea de unicidad, es decir, las mínimas fisuras o contradicciones entre el ser humano y el creador. Tuñón fue para mí el ejemplo más acabado de este concepto.
Cuando finalizaban nuestros largos encuentros solía acompañarme unas cuadras, y en el bar de la esquina de Ciudad de La Paz y Dorrego, antes de que yo trepara el puentecito, nos despedíamos junto al mostrador: una copita de Hesperidina para él, un café para mí. Si no me equivoco, el lugar se llamaba “Riberas del Sil”.

En esta porción mínima de Amenábar vivía también el actor Pepe Soriano, bajando la numeración, algunas puertas más acá de la casa del poeta, y frente a ésta, cruzando la calle, vivió durante largo tiempo ese laborioso urdidor de grandes historias pequeñas que fue Lubrano Zas. Así, ocurrió entonces que en un limitado espacio físico se dio una tríada cultural aunada por lazos de vecindad: el teatro, el cuento, la poesía. No sucede en muchas calles de Buenos Aires tal encuentro de talentos en unos pocos metros de vereda. Con esto le bastaría a Amenábar para labrar su orgullo.
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Imagen: tapa de la primera edición de La calle del agujero en la media. Gleizer editor, Bs. As., 1930.