4 feb. 2012

Radiografía de la madrugada


(De Roberto Díaz)

Recordamos los versos de un poeta de nuestra ciudad que, siempre, nos acompañan: “A las seis de la mañana/ alguien descuelga la luna/ y la lleva dormida hasta su casa”.
La noche siempre tuvo el encanto del misterio, las sombras de la intimidad, las confesiones…
La madrugada es, en cambio, un bostezo, una claridad apenas dibujada de un cielo que comienza a recorrer las cortinas…
La madrugada es la partida o el regreso. El noctámbulo o el madrugador, el cruce de caminos entre la noche que se va a dormir y el día que recién se levanta.
Y es en la madrugada cuando las calles se ven desiertas, limpias, y preanuncian el susurro de pasos mortecinos y todavía hay silencio.
La madrugada es la media voz, la sordina del barrio, La hora en que las puertas se abren y se cierran calladamente. Y  hasta los gatos van en punta de pie…
Después, vendrán los ruidos. Un auto que acelera, un canillita que  vocea sus diarios, una mujer que pasa con un changuito chirriante camino de la feria. Puertas que se abren y se cierran estrepitosamente. Pero este batifondo le pertenece al día.
La madrugada son dos amigos que no terminan de contarse sus cosas. Pocillos de café que se acumulan, ceniceros repletos, ojeras que se dilatan hasta alcanzar las mejillas…, sábanas que aún conservan el calor de los cuerpos, canillas que se  quedan goteando, una tostada a medio comer, un pijama colgando grotescamente del borde de una silla.
En la madrugada una luz se enciende y otra se apaga como un contrapunto de dos formas de vida, de dos estilos distintos de ganarse el pan. Se levanta un obrero, un músico se acuesta, un taxista regresa, una empleada retoca, por última vez, su maquillaje, antes de partir a la oficina.
La madrugada es la “espía de Dios”, la inmutable mirona de la vida. Ella vigila que se baldeen los bares, que se rieguen las calles, que vuelvan a taparse las botella de whisky, que “las muchachas de las plumas” lleguen sanas y salvas a sus camas, que la luna se borre y el gallo cante sin desafinar…
Que los hombres la crucen, con su cansancio y sus ilusiones, con sus uñas lustradas o sus callos recién amanecidos.
Siempre habrá una madrugada distinta para el hombre de fe. Siempre habrá una madrugada en nuestra vida que intentaremos olvidar.
Lo hemos observado, muchas veces, mientras velábamos nuestros muertos queridos, la hemos presentido en los brazos de una mujer, nos ha llegado, imprevistamente, alguna noche que perdimos el reloj, nos ha visitado en países lejanos, en parajes hermosos, en rincones de dolor y soledad…
La madrugada siempe llega para sacarnos de una pesadilla o de algún sueño donde éramos los héroes. Siempre llega, para anunciarnos que, detrás, viene el día. Y hay que salir a dar la cara. Si es posible, con la frente bien alta.
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Imagen: Madrugada en Corrientes y Paraná. (Foto tomada del sitio buenosaires-reina delplata.blogspot.com)
Tomado del libro Crónicas para el desayuno de Cyrano (seud. de Roberto Díaz), ediciones La Ciudad, Avellaneda, 1983.