16 feb. 2012

Siamlambretta por aquí, Siamlambretta por allá...


(De Ángel O. Prignano)

—¿Picante o familiar?
—¡Picante!
—Bueno, pero picante sale un peso.
—¿Y familiar?
—Cincuenta centavos.
—Denle picante, nomás.

Siamlambretta por aquí, Siamlambretta por allá;
un millón de Siamlambrettas invadieron la ciudad.
Las mujeres de hoy en día no saben hacer un guiso:
se la pasan todo el día con dos huevos y un chorizo.

—Otro, otro...
—¿Picante o familiar?
—¡Picante, pibe; picante!

Siamlambretta por aquí, Siamlambretta por allá;
un millón de Siamlambrettas invadieron la ciudad.
Una vieja y un viejo fueron a juntar sandías:
si la vieja se agachaba el viejo se la metía...

Y el peso iba a la bolsita comunitaria. Era de tela y la había confeccionado Carmen, la hermana de Lino. Ella se encargaba de llevarla, siguiéndonos, para que no perdiéramos la plata...
El Carnaval nos convocaba a la murga que los pibes de la cuadra de José Martí entre Crisóstomo  Álvarez y Santander –mi cuadra— nos empecinábamos en armar. Nos disfrazábamos de cualquier cosa. De indio, con taparrabo de arpillera, vincha de tela, pluma de pavo o ganso y la cara pintada con una pasta que fabricábamos mezclando tizas de colores molidas con aceite de cocinar. De cocoliche, con ropas de los más diversos orígenes, como pantalones y sacos viejos, zapatos desgastados, algún sombrero y anteojos sin vidrios. De mujer, con vestidos y blusas prestados por madres y hermanas y corpiños rellenos con trapos. De Frankenstein, con un sobretodo viejo, la cara enharinada y cicatrices rojas pintadas en la frente y las mejillas. Los trajes de Batman, Superman, Hopalong Cassidy, Cisco Kid y Roy Rodgers superaban los presupuestos familiares.
Previamente armábamos el chipún, un instrumento de percusión que nosotros mismos fabricábamos con las chapitas corona que nos juntaba el mozo del “Cedrón”, un café de avenida Del Trabajo y Varela. Las ensartábamos en dos o tres hileras de alambres sujetadas a un armazón de madera con mango. La cuestión era sacudirlo acompasadamente, hacia arriba y hacia abajo; así obteníamos el sonido y el ritmo: chipún, chipún, chipún..., chipún, chipún, chipún...
Así disfrazados y haciendo sonar pitos, matracas, tambores y chipunes, a la noche nos mandábamos desvergonzadamente al corso de la calle Culpina, seguros de que nadie nos reconocería. Pero antes, a la tardecita, visitábamos a los vecinos para cantarles cantitos..., picantes y “para toda la familia”.
¡Qué candidez!
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Imagen: Murgueros (Foto tomada del  blog Dale Murga).