1 oct. 2010

Un recuerdo para Dante A. Linyera


(De Epifanio Orozco Zárate)

Francisco Bautista Rímoli... Yo lo conocí antes que comenzara a popularizarse su seudónimo de Dante A. Linyera. Fue en la época de mi iniciación literaria, cuando una vocación invencible me llevaba por los caminos siempre áridos de las letras, y sólo tenía el elogio de los amigos para mis versos. Sólo años después llegó el de los hombres a quienes yo admiraba como maestros de la literatura.
En ese tiempo, con Álvaro Yunque, Gustavo Riccio, el gran poeta muerto a los veintiséis años de edad, Claudio Amoroso, Juan Guijarro, Atilio Camarota, Rímoli, Siciliano, el escultor Pedro Biscardi y otros poetas y prosistas, nos reuníamos en una especie de peña, que yo llamaría de Boedo, y que habíamos constituido en el café de San Juan y Pichincha. Si a la escasez de recursos económicos y a la falta de sentido práctico y de apego al dinero, puede dársele la definición de "bohemia", todos nosotros éramos bohemios. A Rímoli y a mí nos ocurría que, a veces, no teníamos los diez centavos para pagar el café. Él pagó más veces el mío, que yo el suyo.
Juan Bautista Rímoli, que poseía una cultura literaria superior a la que habíamos asimilado los que éramos, más o menos, de su edad, quería y admiraba,  más que a nadie, a Álvaro Yunque. A él le leía sus versos más queridos, las prosas en las que creía haber puesto mayor talento, y a él le contaba sus dificultades. Yunque, que, siempre, fue como un padre para todos nosotros, tenía, en todos los casos, la palabra sabia o la ayuda necesaria para darnos tranquilidad. Una vez me dijo que Yunque era genial; y a fe, que yo creía lo mismo.
En aquel tiempo, no obstante sus pocos años, era muy copiosa la producción que había reunido Francisco Bautista Rímoli: versos, cuentos, artículos de crítica literaria o estudios sobre temas sociales. Infinidad de temas habían sido abordados por él, y lo había hecho con talento y con esa riqueza de imaginación que le brotaba hasta en las conversaciones más triviales. En una oportunidad, cerca de media noche, cuando salíamos de la peña me dijo: "¿Tenés algo que hacer?". "Absolutamente nada", respondí. "Vamos a casa, entonces. Mientras tomamos mate te voy a leer algunas cosas. De paso, me recitás algunos versos tuyos".
Fuimos a su casa de la calle Cochabamba al 2000. Mientras se calentaba el agua fue a buscar sus versos y volvió con una pila de manuscritos que, fácilmente, podrían representar dos volúmenes de más de doscientas páginas impresas. Entre mate y mate comenzó a leer. Todos los matices de la poesía estaban allí: desde el verso humorístico y la sátira hasta el madrigal y la elegía. Tenía algunas páginas de real mérito. Sin embargo, nada de eso iba a dar celebridad a su nombre. Tuvieron esa virtud los tangos y las obras que firmó con el seudónimo de Dante A. Linyera.
La magia de sentirnos identificados a través de los versos, nos escamoteó esa noche que pasamos en la cocina de su casa. Al oír ruido, miré hacia afuera, y vi a las hermanas de mi amigo que se lavaban la cara en una canilla del patio. Me miraron asombradas de ver que, tan temprano, ya había un visitante. Eran las siete de la mañana.
Mi trabajo como colaborador de El Hogar, Mundo Argentino y algunas publicaciones de Centro América me hicieron perder de vista a mis compañeros de bohemia. Después... mientras Rímoli se convertía en uno de los fundadores y directores de La Canción Moderna, se vinculaba al teatro y a la radiotelefonía e incursionaba en las redacciones de los diarios, yo comenzaba a adquirir prestigio en el periodismo, donde, pronto, me absorbieron tareas de responsabilidad. Dejamos de vernos... Lo encontré, tiempo después, en la redacción del diario La Montaña, hasta la cual fui, algunas noches, para ayudar a un amigo, y donde él escribía admirables artículos. Luego, volví a verlo cuando ya su cerebro estaba envuelto en las sombras. En esa oportunidad, para saludarme, casi me derriba, con un golpe que me dio en la espalda.
Cuando me dijeron que había muerto no fui a verlo. Quería recordarlo siempre como yo lo había conocido: con su rostro risueño, su vivo ademán y su gesto resuelto; con esa sensación de confianza en la vida que le era tan propia.
Y así lo veo ahora, que ya se cumplen siete años (1) de su ausencia corporal, ausencia corporal solamente, porque su alma, que volcó generosamente en el fruto de su talento, está y estará perennemente en el sentimmiento del pueblo, al que legó una obra que será evocada cada vez que, como en esta ocasión, se recuerde su nombre.
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(1) Este trabajo se publicó por primera vez en 1955.
Imagen: Dante A. Linyera, seudónimo d -Francisco Bautista Rímoli. (Foto tomada del sitio: todotango).