5/10/2010

El Conventillo de la Paloma



(De Luis Alberto Ballester)

En Serrano 152, amparado por una zona antigua de Villa Crespo, en donde crece el oro de los paraísos y es más profundo el azul del cielo, se yergue una vieja casa de inquilinato. Gozó de varios apelativos. Primero, fue el de Conventillo Nacional; luego su nombre entró al dominio de la mitología porteña: Conventillo de la Paloma.
Este edificio, que semeja un dédalo sufriente, inspiró el sainete homónimo de Alberto Vacarezza, que se estrenó en 1929 en el Teatro Nacional. Aún se conserva el conventillo, horadado por un largo y estrecho pasillo, que desemboca, atravesando la manzana, en Thames 151.
El frente, construido en madera tallada, alza el color gris, melancólico 
 -semejante al punzar de una lluvia constante- de su puerta y celosías. La puerta se encuentra flanqueada por dos columnas delgadas, de madera, corintias, oprimidas por el dintel semicircular, surcadas por un matiz gris pálido, donde el dolor madura silencios. La puerta está coronada por un adorno curvo de hierro, atravesado por barrotes. Las ventanas laterales -en realidad escaparates-, soportan también la tristeza sureña de una reja de hierro, cuyas flechas claudican en repetidos redondeles.
Esta fachada de madera pertenecía a un viejo negocio, hoy cegado. Rosetones de madera lo envuelven, perviven en la crueldad de los días. A su lado se eleva la puerta del conventillo, desde la que agoniza el pasillo. Es un corredor que invade la zona de lo metafisico. En la mitad de su recorrido otra puerta de hierro lo separa en dos secciones: la que se inicia en Serrano, la que concluye en Thames.
El color de las paredes del pasillo es de un amarillo sobre el que calores y fríos formaron nuevas gamas, deltas y lentos ríos. Pero prevalece un tono pleno de pausadas tristezas. Sus paredes están ahondadas por múltiples puertas numeradas, que al ser abiertas descubren la mínima pieza, o a veces un minúsculo patio donde la luz arrastra su resplandor.
En el centro del edificio se eleva un piso superior, de un gris ceniciento, al que se asciende por una escalera cansada, trágica.
Sale al pasillo una viejita que vive en un cuarto. Sus ojos, empañados, repiten la vastedad indiferente del cielo.
Arriba de la casa giran las alturas de Buenos Aires. Corre el frío de la mañana otoñal, y como una plegaria parece nacer del Conventillo de la Paloma.
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Imagen: El Conventillo de la Paloma. (Foto, circa 1910,  tomada del sitio: galeon.com)
Texto extraído de: "Revelación de Buenos Aires", Bs. As.1985.