3 ago. 2013

Luis Soler Cañas en el recuerdo


(De Luis Alposta)

Hay muchas maneras de comenzar un homenaje, y hacerlo con una elemental filiación del homenajeado es una de ellas.
Luis Soler Cañas fue periodista, historiador y escritor; cofundador de la revista “Latitud 34”; miembro fundador de la Asociación de Escritores Argentinos y del Sindicato de Escritores Argentinos; secretario del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas; miembro fundador de la Academia Porteña del Lunfardo. y uno de los críticos literarios más serios y centrados de la generación del 40.
El 6 de noviembre de 1918 y el 13 de septiembre de 1984, son las fechas que definen en el tiempo el ciclo de su vida.
Nos conocimos el 18 de octubre de 1963, en el Círculo de la Prensa. Aquel día Arturo López Peña pronunció su discurso de recepción como académico de número en la Academia Porteña del Lunfardo, que versó sobre la vida y la obra de Evaristo Carriego. Quien nos presentó fue José Barcia.
Simultáneamente con sus estudios universitarios, no concluidos, Luis Soler Cañas realizó sus primeras armas periodísticas y literarias, destacándose, tempranamente, por sus crónicas bibliográficas, por su objetividad, mesura de juicio y certero criterio. Ha sido redactor de prestigiosos periódicos y revistas; miembro de jurados designados por la Comisión Nacional de Cultura para premios literarios, nacionales y municipales, y actuó, también, en diversas instituciones de investigación histórica.
Volcado al revisionismo histórico, en 1951 dio a la prensa su primer libro:
“San Martín, Rosas y la falsificación de la historia” – Las inexactitudes de Ricardo Rojas –” en el que refuta diversos juicios de Rojas acerca de las relaciones existentes entre San Martín y Rosas. Editado por “Latitud 34”, en él reúne, en 123 páginas, una serie de artículos que ya habían sido publicados en la prensa diaria, como respuesta a un trabajo de Ricardo Rojas titulado “El sable de Maipú”, dado a conocer en el diario “La Prensa” un año antes.
El libro se agotó rápidamente y recibió elogiosos comentarios de Ramón Doll, Ignacio Anzoátegui y José María Rosa, entre otros.
Reconfortado por el éxito obtenido comienza a escribir sobre temas afines en la “Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas” y en el Boletín de dicha institución, en el que publica un trabajo acerca de “Rosas, el gobernante y el hombre” y sobre “Los fines del revisionismo histórico”, alegando, entre otras cosas, que “devolver al pueblo el sentido y la conciencia de su historia, es también restituirle el sentido y la conciencia de su propio valer.”
En dicho Instituto Soler Cañas integró su comisión directiva como vocal primero y luego como secretario, en tiempos en que lo presidía José María Rosa.
En 1968 “San Martín, Rosas y la falsificación de la historia” es reeditado por Ediciones Theoría. Esta vez con prólogo de Ramón Doll y una breve introducción aclaratoria del propio Soler, en la que, luego de aclarar que no ha modificado el texto original, nos dice: “hoy lo escribiría de otra manera, con menos epítetos y menor apasionamiento. Pero aquellos artículos son también, un testimonio y un recuerdo de los años batalladores de mi juventud que no tengo derecho a desvirtuar. Quiero conservar esa imagen de quien fui. No deseo que me reprochen lo mismo que yo critiqué alguna vez en otros.”
En 1953 la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Cuyo edita Canto” – Hojas de poesía, obra que lleva un enjundioso estudio introductorio de su autoría sobre la generación poética del 40. Con un claro sentido de lo nacional, en dicho prólogo nos dice: “Los jóvenes poetas de 1940 emprenden una cruzada por la Poesía; la revista “Canto” agrupa a la juventud lírica, pero ‘cada uno habrá de perseguir por sí mismo su sentido’, y esto se manifiesta muy claramente en las voces que presenta, todas con direcciones muy personales o, al menos, distintas entre sí (algún día podrá verse con claridad qué rica, qué variada, qué múltiple fue esa generación, cuántos matices y cuantas diferencias de tonos, de acento, de estilo y de contenido nos dan sus principales integrantes); el signo común estaría dado por el anhelo de construir una poesía de esencias nacionales, ligada por lo profundo a lo entrañable del país.”
“Negros, gauchos y compadres” en el Cancionero de la Federación” (1830 – 1848), fruto de pacientes investigaciones en archivos y bibliotecas; es un trabajo que trata de la hoy olvidada o desconocida poesía popular del tiempo de Rosas, que fue publicado en 1959 por Ediciones Theoría, una de las más consecuentes en la difusión de autores nacionales.
Bernardo Ezequiel Koremblit dirá de esta obra, que se trata de “un libro fundamental, al cual habrá de volverse siempre que se quiera conocer a fondo la poesía popular de la roja época de Juan Manuel”.
Soler Cañas fue un estudioso, un pensador político y un escritor que alternó inquietudes intelectuales con Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche, Leonardo Castellani, Leopoldo Marechal, Ernesto Palacio, Fermín Chávez y José María Rosa, entre otros.
Gran parte de sus escritos tratan temas relacionados con nuestra historia y, más concretamente, con sus peculiaridades sociales, políticas y culturales. Escritos que nacen de su posición moral y política, comprometida, con su país y su tiempo.
Tenía -y conserva- un bien ganado prestigio en el campo de las letras, merced a una acción cultural continuada y fecunda, enraizada en la tradición católica del país y orientada siempre hacia la interpretación de las ideas populares. Buscó siempre la revalorización de lo popular; lo que tiene éste de auténtico y de valioso como expresión del alma colectiva.
Su dedicación y amplio conocimiento de la materia le permitió incorporar a la “Primera antología lunfarda” (1961), compilada con José Gobello, textos que permanecían desconocidos u olvidados (como Caló porteño de Juan A. Piaggio –auténtico clásico lunfardo de 1887– o el brochazo costumbrista de Juan F. Palermo titulado En el tango; las décimas lunfardas de Carriego, en su Día de bronca) y, también, le pertenecen, en el mismo libro, las notas bio-bibliográficas sobre Bartolomé. Aprile; Felipe Fernández, “Yacaré”, y muchos otros.
El 21 de diciembre de 1962, cuando nos estábamos despidiendo del tranvía, tres hombres (José Gobello, León Benarós y Luis Soler Cañas) amantes del estudio de las voces y expresiones populares, resolvieron seguir siéndolo, pero de un modo más enfático y aplicado: fundaron entonces la Academia Porteña del Lunfardo, nacida (bajo el lema "El pueblo agranda el idioma") con la finalidad de propender al estudio del lenguaje popular y de su literatura. En este campo, la dedicación de Soler Cañas a la investigación y al estudio ha sido siempre fecunda y continuada, cursando numerosas comunicaciones académicas sobre temas de su especialidad.
En una declaración fechada a un año de su creación, la Academia sostenía que "El idioma nacional no se corrompe; por el contrario, se enriquece con el aporte de nuevas voces, entre las que cuentan porteñismos y lunfardismos. Desde su creación la Institución editó boletines lexicográficos, organizó una biblioteca especializada, compiló bibliografías, exhumó la producción o la figura de autores olvidados, expidió acuerdos, produjo comunicaciones sobre aspectos relacionados con el lenguaje popular. Y en todo esto, la participación y los documentados aportes de Soler Cañas no han sido pocos.
En quince años de investigación sin pausa, llegó a fichar y clasificar un vasto material literario lunfardo, anónimo y firmado, de autores populares y cultos, parte del cual incluye en su libro “Cuentos y diálogos lunfardos” (1965), destinado principalmente a proporcionar una muestra documental del diálogo arrabalero. En él se incorporan oficialmente al itinerario de las letras lunfardas, por vez primera, escritores de bien ganada notoriedad en otros géneros y especialidades. Un libro que entraña, en suma, un valiosísimo y singular aporte, que, enriquecido por las profusas notas bio-bibliográficas acerca de los autores estudiados, abre nuevas perspectivas en una materia en la que sólo se había incidido principalmente en el aspecto lingüístico, con el olvido de su soporte puramente literario.
En su libro “Orígenes de la literatura lunfarda” (editado también en 1965) recoge un artículo titulado El conventillo de Aravena, publicado en “La Crónica” en 1883, donde textualmente se dice que: el lunfardo no es otra cosa que un amasijo de dialectos italianos de inteligencia común y utilizado por los ladrones del país que también le han agregado expresiones pintorescas; esto lo prueban las palabras ancun,(expresión de sorpresa: cuidado, alerta, ancún que viene la cana) estrilar, shacamento (engaño, estafa, del genovés siaccá, romper, violar) y tantas otras. Esta es, sin dudas, la más antigua definición existente del lunfardo como habla.
Las jergas, es decir, los códigos lingüísticos especiales que se originan y emplean en el seno de determinados ámbitos laborales o prácticas sociales, han sido siempre objeto de su interés, permitiéndole advertir cómo muchas de esas voces y acepciones, que en un comienzo fueron privativas del mundo marginal, lograron permear el lenguaje de las demás capas de la sociedad y pasar a formar parte del léxico general. 
En la "Antología del Lunfardo", de 1976, nos informa y documenta, que el primer vocabulario lunfardo en nuestro medio, se publicó el 6 de julio de 1878 en el diario “La Prensa”, bajo el título El dialecto de los ladrones. El autor anónimo del mismo, menciona como fuente de información de la “nueva lengua” que se incuba en el seno mismo de Buenos Aires, a un comisario de la Policía de la Capital, no identificado, consignando 29 voces y locuciones con sus respectivas traducciones, entre las que figura la voz lunfardo con el significado de ladrón. Es en este libro donde, a manera de introducción, nos dice en parte: El mismo prejuicio que existe, en general, sobre el vocabulario lunfardo, alcanza a la literatura lunfarda o lunfardesca. Pero el lunfardo no fue sólo la jerga del delito y la mala vida: fue también lenguaje de inmigrantes y con el correr del tiempo no sólo constituyó el habla corriente del arrabal sino el idioma cotidiano del pueblo rioplatense, en algunos casos sin distinción de clases sociales. Y aunque durante mucho tiempo, e incluso en el día de hoy, los escritores lunfardescos abrevaron considerablemente, y a veces hasta exclusivamente, en los temas del bajo fondo, también ese tipo de literatura es susceptible de inspirarse en motivos más elevados y hasta de dar cátedra de moral. Lo que prueba, a mi juicio, que ni dicho vocabulario es conceptualmente tan pobre como se pretende ni está exento de universalizarse válidamente la literatura que con él se elabora. …………………………………………………………………………………………..
 No hay que olvidar que el lunfardo fue el lenguaje de la vida pobre, del lumpen. “El lunfardo –como ha escrito el doctor Manuel María Oliver– se engendró en el dolor y la miseria”.
En su rutina diaria nuestro amigo jamás le dio tregua a la escritura. Y no era una cuestión de entrenamiento o disciplina. Escribir, era para él una necesidad vital.
Era tanto su amor por el periodismo, que a veces pienso –aunque incurra en un lugar común– que por sus venas corría tinta; y que en el grito callejero de los diarieros había un resto de su voz cansada.
A lo largo de su trayectoria intelectual tuvo que vencer varias adversidades: hostilidades oficiales y oficiosas, falta de medios, y de comprensión, muchas veces……
Hablo ahora de su decepción, de su desencanto, y trataré de hacerlo desde su lado más íntimo, hogareño y humano. Asumo el reto narrativo de revelar al hombre de "carne y hueso”, creíble, verosímil, tras la lectura de algunas de sus cartas y poemas.
Al que más de una vez, con su ya quebrantada salud, manifestó que su preocupación se centraba en explorar al ser humano que tenía conciencia de que se acercaba el fin, que la muerte le acechaba, mientras se sumía en la soledad.
Sus últimos años parecían hundirse en una oquedad, en un llamado a silencio, en un pensamiento fijo sobre las postrimerías. Como si aplicara a su vida -que le dolía- una frase de Molière: “Morimos sólo una vez, pero durante mucho tiempo.”
A fines de la década del sesenta -nos recuerda Pablo J. Hernández- época tan fructífera para Soler Cañas, en la que vio publicar algunos de sus mejores libros, y en la que sus trabajos periodísticos cubrieron prácticamente todo el país a través de diversos medios, mostrará también que el cansancio comenzó a llegar hasta él. Una fatiga, con mucho de nostalgia y no buena salud, lo llevará a escribir, el 24 de junio de 1968, a los 49 años, lo siguiente: -Ya no me afana la prisa por leer el libro que llevo conmigo en el colectivo o en el ómnibus. A veces puedo sentarme y hay luz suficiente, pero prefiero mirar por la ventanilla el anochecer ciudadano… Quisiera sentarme en casa a fumar mi pipa en paz, leer despaciosamente algún viejo volumen, escuchar a Vivaldi o a Haydn, beber demoradamente mi vaso de vino tinto y sentar en mis rodillas a una de mis hijas…   
Ahora me sorprendo recordando los buenos días de ayer, y veo que existe un ayer, y compañeros que no veo, y rostros que se fueron, y hasta quisiera empezar a fijar las imágenes ya huidizas de un pasado… la palabra mañana ya empieza a no tener sentido sino entre las risas y las pequeñas preocupaciones y los juegos pueriles aún de mis hijas… Ya no quiero forjar planes, ni acariciar ensueños, ni correr aprisa por las calles, ni anhelo –casi– este libro o aquél, ni me preocupa hacer esto o aquello que tanto entusiasmo rápidamente disuelto me despertó por la mañana… Envejezco…
Cómo no recordar a ese querible gordo del inseparable portafolios, que a pesar de    estar triste, sonreía. Al de la tristeza digna. A quien jamás conjugó el verbo medrar en primera persona. A ese hombre de extrema sensibilidad, modesto y afable, que no ocultaba su melancolía cuando le tocaba reflexionar sobre la realidad del país.
 El que bien pudo haber hallado su álter ego en ese personaje al que Manuel Gálvez   llamó Gabriel Quiroga, que conoció la soledad de su alma, que se replegó sobre sí mismo, desilusionado de los hombres y disgustado por las realidades de la vida.El que llegó a descreer de la política; quien guardó para sí sólo el dolor de su orfandad  y, junto con ello, el señorío y el adiós que nos dejó en su auto-epitafio, escrito catorce años antes de su muerte:
……………………….
No pudo ser feliz…
Cargaba demasiadas
soledades consigo.
Y esperó tanto, tanto,
la mano que no vino,
la voz que no llamó,
unos ojos ausentes…
Le quedó un hueco triste,
un espacio vacío,
una herida sin fin.
.    .    .    .    .    .    .    .    .   
.Fue, también, quien concluyó uno de sus poemas con estos versos:

Pies, manos, alma:
todo me está sangrando.
Pero la ley no escrita es caminar
y sigo caminando.

De moral intachable, de hondo patriotismo y de fidelidad a ideas y personas. La descripción de su obra no estaría completa si no se señalara una condición primordial de su personalidad: la vocación de servicio. Luis Soler Cañas investigó, estudió y escribió mucho, para comunicar lo hallado a los demás.
Así lo recuerdo.
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Imagen: Luis Soler Cañas.