6 feb. 2014

La migración china hacia la Argentina




(De Laura Lucía  Bogado Bordazar)

El fenómeno de las migraciones internacionales no es nuevo, por el contrario, desde sus orígenes el hombre se ha trasladado de un lugar a otro movido por los más diversos factores: guerras, epidemias, hambrunas, sometimiento a situaciones de esclavitud, motivos económicos, demográficos, religiosos, entre otros. En las últimas tres décadas, los movimientos de personas en el mundo entero se han multiplicado, fundamentalmente por razones laborales, lo que ha transformado, en algunos aspectos, la dinámica poblacional de la sociedad internacional.
Al introducirnos en el estudio del proceso migratorio que se desarrolló en la República Popular China (China) y para conocer cómo se originó la ruta de acceso a nuestro país es necesario mencionar la situación particular de la región Asia Pacífico. Esta zona concentra el 50% de la población mundial y tiene el mayor mercado de trabajo del mundo. Solo la población económicamente activa de China ronda los mil millones de trabajadores y ese país presenta uno de los crecimientos demográficos más acelerados. La región Asia Pacífico ha experimentado, además, índices de crecimiento económico explosivos, sobre todo a partir de la década del ochenta, en Japón, Corea del Sur, Singapur, Hong Kong, Malasia, Tailandia y China, factor que ha influido de manera decisiva en los movimientos de personas y de mano de obra de un país a otro.
En el caso de China, su crecimiento sostenido ha sido el resultado del proceso de reformas económicas y “apertura” política que se inició a partir de 1978 (con el presidente Deng Xiaoping), y que produjo cambios importantes en todas las áreas de la sociedad. La flexibilización laboral y las privatizaciones –que liberaron grandes contingentes de trabajadores, muchos de los cuales no pudieron ser reabsorbidos por el mercado interno–, la movilidad campo-ciudad, la polarización de la distribución de la riqueza con la consecuente ampliación de la brecha entre ricos y pobres, y la migración regional e internacional fueron algunas de esas transformaciones.
Estos factores, sumados a las tendencias emigratorias que han caracterizado a los chinos a través de la historia, impulsaron el desplazamiento hacia una multiplicidad de destinos, entre ellos la Argentina.
Una fotografía de la distribución de los migrantes chinos, llamados chinos de ultramar, nos revela que alrededor de 64 millones residen fuera de China (China continental y Taiwán) y se distribuyen en los seis continentes. Según el Informe PNUD de 2009, el 64% del total de estos migrantes se concentra en la región Asia Pacífico, aunque en los últimos años ha aumentado la migración hacia países no asiáticos. El 23,3% se ubica en los Estados Unidos; el 7,2%, en Europa y el 0,9%, en América latina y el Caribe.
Si bien se encuentran migrantes chinos en aproximadamente 140 países, hay una correlación entre los lugares donde se forman las colonias más numerosas y los países geográficamente más extensos y los más ricos. Los migrantes chinos se concentran en las zonas urbanas de los países receptores y, sobre todo, en las grandes ciudades. En estas páginas iremos viendo cómo este esquema se reproduce en la Argentina.

UNA MIGRACIÓN NUEVA
Si bien la Argentina es un país con tradición inmigratoria, cuya sociedad se fue conformando, desde fines del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX, con la integración y promoción de migrantes provenientes en su mayoría de Europa occidental, no desarrolló ninguna política explícita respecto de otras poblaciones como, por ejemplo, la china. Es más, aún pervive en la Constitución el artículo 25 que “fomenta la inmigración europea”.
Ahora bien, a comienzos de la década del ochenta, la Argentina empezó a recibir el primer flujo importante de migrantes chinos provenientes –en su mayoría– de la isla de Taiwán. En esos años, los motivos y las modalidades de emigración estuvieron relacionados, fundamentalmente, con el “factor miedo” de los habitantes de Taiwán frente a los rumores de expansión del sistema comunista chino hacia la isla, bajo el lema: “Un país, dos sistemas”. También influyó la necesidad de mejorar la calidad de vida del grupo familiar que parecía deteriorarse a causa de la “explosión demográfica”. Taipei, principal urbe de Taiwán, mostraba índices muy altos de densidad de población, con los problemas sociales, ambientales y de calidad de vida que ello implica. Estos motivos influyeron en la voluntad de emigrar de familias que, en general, elegían aquellos países donde residía algún pariente o amigo que le pudiera aportar conocimientos sobre la situación política y socioeconómica del lugar.
En esa época nuestro país retornaba al sistema democrático y prometía un desarrollo económico más dinámico que el de décadas anteriores. Esta coyuntura se presentó como una alternativa tentadora para los migrantes, que centraban su búsqueda en la seguridad personal/familiar y el bienestar económico como características fundamentales del país receptor.

LA FINALIZACIÓN DE LA REVOLUCIÓN CULTURAL EN CHINA […] ACELERÓ EL PROCESO EMIGRATORIO PRINCIPALMENTE DE JÓVENES, QUE COMENZARON A TRASLADARSE SOLOS (SIN EL GRUPO FAMILIAR), SIN CONTRATO DE TRABAJO Y CON MUY POCO CAPITAL PARA ESTABLECERSE EN EL EXTERIOR.
Ese primer flujo se caracterizó por la emigración del grupo familiar con capital propio, modalidad que resultó decisiva para su desarrollo económico. Esta situación facilitó la integración de los migrantes y la conformación de una colectividad china estable en la Argentina. Impulsó, además, el progresivo surgimiento de asociaciones civiles nacionales, que ampliaron su vinculación a otras redes internacionales y regionales de chinos de ultramar. Comenzaban, entonces, a funcionar las “redes de clanes” y en un ámbito más reducido, las “redes familiares”, como un sistema de contención para los nuevos migrantes, que les brindaba ayuda con el hospedaje y el idioma, asistencia en la búsqueda de trabajo, contactos y soporte psicológico. Los chinos de ultramar le asignan un valor fundamental a sus grupos familiares, pues consideran que la “trama de relaciones y lealtades” son su capital más importante. En la Argentina existen actualmente unas 14 asociaciones, congregadas de acuerdo con las regiones de procedencia de China y Taiwán, la religión que practican o la actividad económica que desempeñan, pero no se han nucleado en una asociación central, como sí sucedió en otros países donde se asentaron comunidades chinas.
El segundo flujo migratorio importante hacia la Argentina se inició en la década del noventa y se relaciona con un conjunto de factores diferentes de los del período anterior. La finalización de la Revolución Cultural en China (1989) trajo como consecuencia una mayor “apertura y flexibilización” que, entre otros motivos, aceleró el proceso emigratorio principalmente de jóvenes, que comenzaron a trasladarse solos (sin el grupo familiar), sin contrato de trabajo y con muy poco capital para establecerse en el exterior. En ese escenario, la Argentina resultaba un destino atractivo por el crecimiento económico que experimentaba y por la presencia de “paisanos”, de quienes –como ya dijimos– estos nuevos migrantes, en su mayoría provenientes de las regiones costeras del continente chino, esperaban recibir algún tipo de asistencia para su instalación.
Hacia fines del año 2000, fuentes extraoficiales coincidían en estimar que la comunidad china residente en la Argentina se acercaba a las 50.000 personas, de las que aproximadamente la mitad eran taiwaneses. Hasta los primeros años de la década del noventa, los chinos provenientes de Taiwán habían superado en número a los continentales, pero a partir del año 2000 esta tendencia comenzó a invertirse. Lógicamente, la grave crisis económica y política que afectó a la Argentina en 2001 representó un freno para la inmigración china. Se verificó incluso una corriente emigratoria de población china residente en la Argentina, y se conocieron casos de grupos familiares que reemigraron hacia otros países del continente, como Chile, México y el Brasil, que ofrecían estabilidad económica.
Esta retracción inmigratoria se mantuvo hasta el año 2005, cuando las nuevas proyecciones de crecimiento económico y la estabilidad social del país resultaron otra vez atractivas para los contingentes chinos. De esta manera se distinguen tres grandes flujos migratorios hacia la Argentina. En la actualidad se estima que la comunidad china residente asciende a 70.000 personas.
Por último, no podemos dejar de mencionar la sanción de la Ley Nacional de Migraciones (2004), que representó un amplio reconocimiento de los derechos de los migrantes y la aprobación de un programa de normalización documentaria, que favoreció la regularización de la situación de muchos de ellos. En este sentido, y según datos oficiales, en el año 2005 se regularizaron alrededor de 9000 migrantes provenientes de China.

ENTRE LA CULTURA ORIENTAL Y LA OCCIDENTAL
Mediante un relevamiento de personas de la comunidad china elegidas al azar en las ciudades de Buenos Aires y La Plata y una serie de entrevistas realizadas a miembros “destacados” de la colectividad, representantes de asociaciones comerciales y civiles y funcionarios de la Embajada de China, es posible elaborar un perfil de esta comunidad. En primer lugar, se puede afirmar que la convivencia entre chinos y taiwaneses residentes es totalmente pacífica y, en general, los migrantes entrevistados han reconocido idéntico origen y cultura.
Se trata de una población joven, en una etapa económicamente activa, aunque ya se puede hablar de la existencia de una “segunda generación”. Por otro lado, se caracteriza por un elevado nivel de instrucción (con estudios secundarios completos, terciarios y universitarios). En la mayoría de los casos, además, aprenden el idioma español después de llegar al país.
Los entrevistados coincidieron en expresar su tendencia y necesidad de mantener acciones y prácticas propias de su cultura como el idioma (chino mandarín) en los hogares, la medicina, las costumbres alimenticias, la celebración de fiestas tradicionales y, especialmente, los matrimonios dentro de la comunidad. Como parte de la decisión de conservar su cultura, se han establecido tres colegios chinos en la ciudad de Buenos Aires, a los cuales asisten, en su mayoría, los hijos de los migrantes y donde reciben en forma extracurricular (porque son instituciones no habilitadas oficialmente) programas de historia, cultura e idioma chino. A estos colegios también pueden asistir argentinos. En Buenos Aires se editan tres periódicos semanales con noticias internacionales, nacionales y locales escritos en chino mandarín, que se distribuyen entre la comunidad. En cuanto a la religión, un porcentaje elevado de estos migrantes (48%) practica el budismo.

LOS CHINOS DE ULTRAMAR LE ASIGNAN UN VALOR FUNDAMENTAL A SUS GRUPOS FAMILIARES, PUES CONSIDERAN QUE LA “TRAMA DE RELACIONES Y LEALTADES” SON SU CAPITAL MÁS IMPORTANTE.
Por otra parte, y siguiendo la tendencia que caracteriza a la mayor parte de las comunidades chinas en el mundo, en la Argentina, los chinos también se establecen en las zonas metropolitanas. Los principales centros son la ciudad y la provincia de Buenos Aires, y en menor proporción, las provincias de Santa Fe, Córdoba, Santa Cruz, Río Negro, Corrientes, Mendoza, Entre Ríos y San Juan.
Se dedican principalmente a la actividad comercial, y dentro de esta se concentran en los rubros de gastronomía y autoservicio (comercios de venta minorista de alimentos). La Cámara de Autoservicios y Supermercados de Propiedad de Residentes Chinos (Casrech) cuenta con 6000 asociados, ubicados en diversos puntos del país, de los cuales 4800 se hallan en la ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires. Desarrollan, además, otras actividades como servicios de turismo, medicina, taller mecánico, peluquería, importación-exportación, etcétera.
Desde hace ya algunos años, en el barrio de Belgrano de la Ciudad de Buenos Aires entre las calles Arribeños y Mendoza se ha ido formando una especie de enclave, denominado “Barrio Chino”, considerado por la propia colectividad como un lugar de referencia e interacción social. Allí se han establecido gran cantidad de comercios, uno de los tres templos budistas de Buenos Aires y uno de los colegios antes mencionados.
Finalmente, un tema importante es el de la integración a la sociedad mayoritaria. En los últimos años se ha percibido un mayor acercamiento a ella que puede atribuirse a dos factores. Por un lado, se registra en la comunidad china una inclinación a destinar más dinero y tiempo a actividades de esparcimiento que comparte con la sociedad receptora. De algún modo esto indica una necesidad “de formar parte de” ella. Por otro lado, se observa una mayor preocupación de la comunidad china por dar a conocer sus tradiciones y costumbres. Un ejemplo de ello son las celebraciones masivas de sus festividades en el Barrio Chino. Claro que, sin perjuicio de este análisis, la comunidad china se presenta aún como una colectividad “conservadora”, que trata de mantener sus tradiciones y costumbres. No podemos olvidar que estamos ante una migración nueva en la Argentina, en plena expansión y desarrollo, que enfrenta permanentemente la disyuntiva de conjugar las particularidades de dos culturas muy diferentes: la oriental y la occidental.
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Imagen: Cartel de un negocio en el llamado “barrio chino”  en el barrio de Belgrano. (Foto: www. buenosairessos.com)
Nota tomada de: “Todavía”, Nº 25; mayo de 2011.