26 oct. 2015

¿Qué será Buenos Aires?



(De María Schujer)

La Pirámide de Mayo se levanta en el centro de la Plaza de Mayo, núcleo real y simbólico del Casco Histórico de la ciudad. Vista de cerca está claro que no solo no está en el centro de la plaza, sino que tampoco es una pirámide.
Se trata del primer monumento patrio de la ciudad de Buenos Aires y, desde su nacimiento, presidió el podio de la alegoría nacional sin mosquearse porque le apodaron pirámide o porque lo desplazaran del centro para dejar paso al subterráneo A. Tampoco parece preocuparle demasiado ser cada tanto carne de grafiti, descanso de palomas o el ojo del huracán que a su alrededor formaron año a año las Madres y las Abuelas.
Sobre el monumento se erige la Libertad, y en el centro mismo de su gorro frigio ladeado, hay una lente invisible que ve el futuro, el pasado y el presente.
Ve un río y una barranca, que en 1536 les pareció a los primeros exploradores europeos un lugar apto para establecerse... sí, ahí donde hoy está el Parque Lezama (por Gregorio Lezama, un rico y excéntrico hacendado que hizo traer de Europa árboles y plantas exóticas para decorar su jardín y dejarlo digno de una novela del otro Lezama).
Observa la llegada de un tal Garay que funda la que se llama ahora Ciudad de la Trinidad. Tiene una Plaza Mayor y un puerto: Santa María del Buen Ayre. Son unas pocas manzanas, un fuerte, dos convento (San Francisco y Santo Domingo), un hospital, una plaza y algunos solares. Con menos de 12.000 habitantes, la ciudad no es más que una aldea.
Pero, poco a poco, crece. En 1776 es capital del Virreinato. Alrededor de la Plaza Mayor se levanta la Aduana y, poco después, el Consulado. En un abrir y cerrar de ojos, brotan nuevos edificios, la recova de los comerciantes, mercados y mataderos.
Pasan los años. Vienen las invasiones inglesas; se escucha crecer el desconcierto causado por la caída de España ante las fuerzas napoleónicas; la insurrección popular y militar de 1810 y la Independencia. Es ya 1820, y la ciudad cuenta con 50.000 habitantes, casi todos concentrados en las 30 manzanas que rodean la Plaza Mayor.
El mundo todo cambia con el siglo XIX y su inédita velocidad. También el centro de Buenos Aires. Las calles están empedradas y son más anchas. Se instalan los primeros artefactos de iluminación pública. Las manzanas, hasta ahora divididas en lotes cuadrados, se fraccionan en tiras angostas y largas con frentes de hasta un octavo de solar, dando paso a las viviendas de triple patio o casa chorizo, donde habita la crema y nata de la aristocracia (esa que pronto se mudará al norte, huyendo de la fiebre amarilla y el cólera).
Tras el éxodo, muchas casonas del sur abandonan su viejo esplendor para convertirse en conventillos. Ya estamos en el siglo XX y en algún lugar debe alojarse el cardumen agitado que llega con las olas migratorias. Comienzan a escucharse sonidos extraños, instrumentos musicales desconocidos y tonadas nostálgicas en todos los idiomas.
Crisis mundial; movimientos obreros y anarquistas; la semana trágica, la construcción del subterráneo; el golpe militar de 1930; la nacionalización de los ferrocarriles; una ciudad que expulsa a los sectores bajos a mediados de los años sesenta. .. El Casco Histórico de Buenos Aires cae en un proceso de deterioro que arranca en los años setenta y se agudiza en la década de los noventa, signada por prácticas segregacionistas ocultas tras un discurso globalizante. El valor social del espacio público parece no poder competir con el valor del mercado y sus caprichos.
 La Pirámide de Mayo ataja hoy nuevos aires. El gorro que abriga la cabeza de la Libertad sigue ahí. Mira el paisaje y reconoce su brevísima historia en algunos edificios, sabores, colores...Su estilo, neoegipcio napoleónico, ese encuentro fortuito surrealista, se atomiza hacia el resto del Casco Histórico, mutante, rebelde y misterioso. ¿Qué lo hace único? ¿Qué palabras lo explican mejor si en sus escasos cinco kilómetros cuadrados conviven casas bajas, bares crujientes alfombrados con cáscaras de maní, hermosos y horrendos edificios institucionales, puestos de venta de antigûedades, oficinas, librerías, plazas, pasajes, iglesias, conventos, túneles, hoteles, estatuas vivientes y estatuas agonizantes, adoquines, catedrales, universidades y hasta un exCentro Clandestino de Detención? ¿Será tal vez que esa esencia cambalachezca es la que adopta para sí la porteñidad, abrazando la mezcla como materia prima de una identidad en permanente discusión? ¿O qué será Buenos Aires?
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Imagen: La Pirámide Mayo.
Nota y fotografía tomadas de la página Buenos Aires Sos.