28 dic. 2012

Ensanchando las ideas



(De Mario Sabugo)

Los ensanches son, notoriamente, un proyecto muy antiguo. Recién en los últimos tiempos, San Juan, Independencia, Jujuy, Garay, se han ganado un merecido carácter de avenida.
Pero es nuestro deber alertar a usted que detrás de todo esto se mueve la poderosa influencia del dios Tránsito (cuyo nombre mencionamos no sin estremecernos), cuyos devotos entonan el maligno himno “Circulate in excelsis et gaudeamus traficum vehicularicum” y cuya música de fondo es el rugido de cientos de motores de explosión de gran cilindrada. Aunque justo es reconocer que las acciones de este ídolo se han ido a pique en otras latitudes, y que nuestras latitudes son ya de las pocas que conservan un fanatismo tal por las virtudes del transporte urbano individual. Fanatismo del cual las autopistas son quizá el ejemplo más luminoso.
Luego del ruidoso paso de los autos, break, taxis, colectivos, remolques y demás, que se mueven disciplinadamente al compás de las ondas verdes de los semáforos, algo, sin embargo, nos queda para analizar. Este algo, es la gente que “está”, la que queda allí, luego de que pasa la fauna multiforme del Tránsito.
Las operaciones de ensanche pertenecen, sin duda, a la especie de las cirugías urbanas… (“Lamento decir esto, pero va a tener que operarse…”). Esta operación consiste, esencialmente, en una reducción de los espacios privados y en un incremento equivalente de espacio público. Ahora bien, la situación actual es que el Tránsito (y sus laderos permanentes, Ruido y Humo), se han quedado con la parte del león del nuevo espacio público.
Obsérvese esto: durante el prolongado lapso en que por ejemplo, Independencia no se terminaba de ensanchar, los sectores en que la edificación ya retirada dejaba una abundante vereda, funcionaban como pequeños sitios para estar: charla de señoras, “picado” de los pibes, asoleo de jubilados. Estos sectores, luego del ensanche, cayeron bajo las fauces gasolineras del Tránsito. Me mortifica, le cuento, muy en particular, la pérdida del atrio de la Concepción, de Independencia y Tacuarí, con su piso en damero blanquinegro, veterano de los arroces matrimoniales y de los “picados” de las tardes de iglesia cerrada.
Los ensanches terminados están y es cierto, han producido también las placitas sobre San Juan. Quedan cosas para hacer: el tratamiento de los rincones y “retazos” que se han producido, el tratamiento de los muros (algunos exhibiendo los tradicionales recuadros de colores posdemoliciones), los que constituyen una gran oportunidad para los muralistas.
Finalmente, existe el caso de una calle que, preparada para el ensanche, aún no ha pasado por el bisturí. Y como creemos que a Buenos Aires le falta espacio público, que venga el ensanche. Pero, cuidado con el Transito que siempre quiere más.
El ensanche de Perú podría ser un espacio nuevo para los que están ahí, disponiendo de una abundante vereda y arbolado a escala de la calle. O sea, un pequeño “boulevard” desde “El Querandí” hacia el sur, con mesitas con sombrillas, quioscos de revistas, otros de flores y (miren todo lo que se puede poner), teléfonos públicos, estatuas. bancos de plaza, y los empleados, señores, pibes del secundario, señoritas, lo que usted quiera. Y (no me pide nada el cuerpo) que los colectivos vayan por otra paralela, que las hay. Soñar no cuesta nada.
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Imagen: Placita "Rodolfo Walsh". El mural está realizado, en una pared de un edificio de la vieja traza de la calle Perú, esquina Chile.
Tomado del libro: “La ciudad y  sus sitios” de Rafael Iglesia y Mario Sabugo, editorial CP 67, Bs. As, 1987.

27 dic. 2012

Desde Floresta con sol y pájaros




(De Alfredo Agustín De  Cicco)

Yo crecí por jardines de chatarra
entre acantos de alambre pueblerino,
con porteño linaje de argentino,
alma de pez y genes de cigarra.

Alguien me dio sus ojos de pizarra,
alguien también su escándalo y su vino.
Llegué hasta el fondo del amor genuino.
Tropecé con la luna y la guitarra.

Sufrí la desventura de un momento.
Hice la pausa cautelar del viento
y ambulé por Floresta nido a nido.

Tal vez soy el final del niño viejo.
Un acorde del barrio o el espejo
de algún tango dejado por olvido.
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Foto: Graffiti en una pared de Floresta.

20 dic. 2012

Calle Bella Vista



(De Ricardo De Lafuente Machain)

Se llamó más tarde Buenos Aires y ahora avenida Alvear.
Es la última calle de importancia formada en el barrio, no obstante lo cual, pronto sobrepasó en lujo y animación a las otras, convirtiéndose en la más representativa de la zona.
En el plano de Cristóbal Barrientos, de 1772, se ve una calleja casi paralela a la calle Larga, más o menos desde Juncal hasta Callao y se lee en una advertencia: Callejuela que se debe cerrar por ser inútil e infructuosa.
Su dirección no es exactamente la misma que tiene la avenida Alvear y su existencia parece haber sido precaria, pues no vuelve a figurar en otros planos, pero merece citarse como un antecedente.
En el que fue editado por el Departamento Topográfico en 1867, ya existía la calle Bella Vista, en el sitio que ocupa actualmente la avenida Alvear, pero termina en Callao. donde la cierra la propiedad del señor Tomás Armstrong, que poco antes llegaba en un bloque hasta la de Montevideo.
Pasaron muchos años sin que la calle Bella Vista adquiriera importancia, pero en 1882 ya estaba prolongada hasta unirse con la  Bajada de la Recoleta, comunicando por medio de ésta con la calle Larga y el camino a Palermo, que desde entonces se consideró continuación de la nombrada en primer término. Por este motivo, al cambiársele el nombre llamose “avenida Alvear” a todo el trayecto hasta la antigua casa de Rosas, en el Parque 3 de Febrero.
Víctor Gálvez anota, en 1888, que en la calle Bella Vista y sus contornos, comienzan “a edificarse lindas casas con jardines al frente”.
En 1890 el autor de Buenos Aires, que usó el seudónimo de Carlos Martínez  (Carlos D’Amico), dice de la nueva vía: “Qué sorpresa al entrar en la avenida Alvear, que sólo tiene cinco años de existencia y que es una ancha calle toda de palacios de recreo de lo más suntuoso que hay en América, que concluye en la Recoleta, plaza paseo en cuyo fondo está la antigua iglesia de los recoletos, que le da su nombre; en el centro una soberbia gruta coronando una eminencia, un juego de agua coronando la gruta, un hermoso estanque reflejando hermosos árboles de las especies más escogidas, y a ambos lados de la barranca por que continúa el camino, hermosos jardines con toda la lujuriosa frondosidad que adquieren las plantas en este clima y en esta tierra, y allá en el fondo, al norte, inmensos invernáculos de flores tropicales, y un caprichoso lago, y puentes bonitos, y un bosque de sauces, y en fin, el amigo de todos, el Río de la Plata, que es como el rasgo del genio en todos los cuadros de la naturaleza en esta región.”
En su última esquina, a la derecha, antes de la Bajada de la Recoleta, hubo durante largo número de años, un recreo conocido con el nombre de “Belvedere”, café, restaurante y despacho de bebidas, que tenía anexo un velódromo muy concurrido por aficionados y profesionales del pedal en horas del día. Por la noche la clientela era otra, elemento jaranista y bochinchero que, con su música, cantos y bromas, armaba escándalos mayúsculos, rompía la tranquilidad del vecindario y el silencio nocturno, suscitando protestas. Luego la Municipalidad adquirió el terreno, y lo agregó al paseo Intendente Alvear, levantando la estatua del ingeniero Emilio Mitre. Así desapareció algo típico, vencido por el progreso.
La otra media manzana, hasta Ayacucho, estuvo ocupada durante muchos años por un edificio de elegantes líneas Luis XIII, propiedad del doctor Carlos Dosse.
En  lo que fue del siglo XX, ninguna calle sobrepasó a la avenida Alvear como exponente de lujo y recuerdos en los fastos históricos de la Capital Federal.
Por ella desfilaron los más lujosos coches tirados por yuntas de caballos rusos, anglonormandos o Hackney de pura sangre, en los días de grandes premios en el Hipódromo o del Corso de las Flores y en las tardes de Palermo, llevando a las mujeres más elegantes y bellas de Buenos Aires.
Por allí, cuando la población de la Capital resultó excesiva para la capacidad de las aceras de Florida, desfilaron las tropas en días de fiesta patria y las multitudes que se congregaron en las inolvidables jornadas del XXXIII Congreso Eucarístico, en una manifestación única de fe.
Tuvieron sus moradas en esta avenida, numerosas personalidades de la política y de las finanzas como también sociales, quienes recibían a lo más representativo del país en ambientes de refinamiento y buen gusto. Se recuerdan las de los doctores Aristóbulo del Valle, Leopoldo Basavilbaso, señores Casimir de Bruyn, Vicente L. Casares, Ángel T. de Alvear y otros. En ellas se alojaron S. A. la Infanta Isabel de Borbón, embajadora especial en las fiestas del Centenario de 1910 y S. E. el cardenal Eugenio Pacelli, delegado de S. S. el Sumo Pontífice, y luego su sucesor.
Uno de los primeros palacios que hubo en esta avenida fue el del señor Hume, en la esquina de Rodríguez Peña, inaugurado a fines del siglo XIX con una exposición de objetos de arte provenientes de colecciones particulares, dando lugar a un hecho que aprovecharon los espíritus burlones, siempre dispuestos a poner en ridículo a las autoridades. Según se contó entonces, la Policía tuvo noticias de que un anarquista se preparaba a hacerla volar y esto provocó un aumento de vigilancia y cierta nerviosidad en un personal no habituado a esos peligros. A poco de inaugurarse, se vio a un visitante observar prolijamente los objetos, deteniéndose largo rato frente a ellos. Tal actitud, diferente a la de la generalidad de los concurrentes, llamó la atención de los guardianes, quienes comenzaron a sospechar de él. Por fin le detuvieron, encantados de haber dado con el temible personaje, gracias a su perspicacia. Pero cuando fue identificado en la comisaría, resultó ser un distinguido hijo de una de las más destacadas figuras políticas de su patria, conocedor de arte y que, como tal, observaba minuciosamente los objetos expuestos. Entretanto, el verdadero perillán, provisto de una invitación especial, recorría con tranquilidad los diversos salones, sin despertar sospechas.
La calidad de los vecinos no impedía que cierta muchachada, en esos años de “patotas” e “indiadas”, hiciera alguna de las suyas, en bromas de gusto discutible. Fue comentada una de las últimas, que tuvo lugar cuando todavía no regía ningunas ordenanza limitando las horas y las zonas para los organillos de música. Dicha broma consistió en hacer tocar el popularísimo vals Sobre las olas, debajo de los balcones de una casa donde se celebraba una tertulia, con orden al organillero de no cesar mientras hubiera invitados en la casa. El “artista”, temeroso de las consecuencias que podría acarrearle la violación del convenio, lo cumplió concienzudamente, sin que valieran para nada las protestas, ofertas y las buenas o malas palabras de los dueños de casa. El vals siguió sonando en la acera hasta apagarse las luces de la fiesta.
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Imagen: Postal de la avenida Alvear (1919).
Tomado del libro de Ricardo De Lafuente Machain: El barrio de la Recoleta.

¿Se acuerdan de...?



(De Leonardo Busquet)

Hay frases, “citas”, de dudoso origen. Malas copias o simplemente estafas intelectuales. También las hay estúpidas o vulgares. Como sea, el ciber espacio está colmado de estos albures del verbo.
Un ejército de gentes siente y perpetra la urgencia de expresar algo, por primario que sea. Entonces percibe ese “oxígeno” de jugar en las grandes ligas. En medio de semejante barullo, alguien escribió: “El nivel de hipocresía de una sociedad se mide por la distancia que existe entre los valores que se proclaman en público y los actos (y pensamientos) privados. Cuando lo que reclamamos a los demás no coincide –en nada– con lo que hacemos y pensamos, además de hipócritas podemos estar siendo esquizofrénicos o, sencillamente, mal nacidos”. El ciber espacio es tan amplio, tan dispar, que seguramente esa frase la escribió algún pensador de peso. Lo importante aquí es rescatar el mensaje. Nos cae como anillo al dedo. Es una buena síntesis de nosotros mismos. Y aclaro: no soy de los que se eternizan frente a la computadora. Deploro esa actitud individualista y deshumanizada. No la rechazo como herramienta de trabajo, aunque con los debidos cuidados del caso. Gozo de una biblioteca tradicional a mano para constatar dudas. Hasta aquí con la bendita computadora. Prefiero salir, ver el sol, mirar a los ojos y redescubrir mis alrededores. Afuera espera una ciudad caótica, fragmentada, dislocada. Una ciudad que parece miles de ciudades. Por momentos se presenta colmada de espantapájaros. De caminantes zombis rumbo al futuro incierto. Apuro los pasos por la peatonal del centro. Me detengo frente a la Confitería-Café que ya no es. Constato que los malos augurios eran ciertos. Que ya no es la de antes, que la estaban desalentando, vaciando y esas cosas. Miro en mi entorno circundante y registro que nadie se atreve con la angustia de esa patética soledad de mesas y sillas vacías que se adivinan tras los ventanales tapiados por la urgencia de la desaparición. ¿Ya habrán robado todo?
Tantas veces, en esos ayeres seducidos por la esperanza, las mesas latieron con el ritmo de una ciudad diferente y este concepto no remite al viejo nostalgioso y melancólico del “todo pasado fue mejor”. Nada de eso. Pero la ciudad de mi infancia fue otra. Hoy, el óxido vergonzante del tiempo (junto a otros óxidos deleznables), mira de reojo las cenizas póstumas de elegantes maderas, suntuosos mármoles y arañas imponentes con el sello de manos artesanales. Desde aquella infausta noche todo es recuerdo e impotencia. Porque fue en esa noche que le vaciaron la vida a la Confitería-Café. El cortejo expoliador partió de madrugada, sin miradas entrometidas ni demasiada polvareda. Pasaron las horas y la luz del día alumbró el despojo nocturno. Algunos caminantes se indignaron en cuotas y dejaron correr un suspiro a destiempo y sin mayor fuerza. Esos pocos, fueron superados por los muchos, los indiferentes del elenco estable, preocupados por otras urgencias. Son los tristes que transitan, una y otra vez, por delante del lugar despojado, por ese frente que ya no anuncia aquello que se presentaba con esplendor. Hay una mezcla extraña de tilinguería y desaprensión en esos caminantes ausentes. Es el medio pelo al que poco le importa todo, o casi todo. Al medio pelo nada le importó el grito de las agónicas mesas y sus sillas que anunciaban la caída. “Una más” dirán, mientras dirigen la mirada para un costado más cómodo, el de la indolencia.  Otros, más despabilados, más comprometidos, recolectaron más de 7000 firmas, petitorios, abrazos solidarios y quejas formales con recaudos legales incluidos.
El pillaje patrimonial tuvo eco en la Justicia y apareció un “no innovar”. Entonces se respiró un aire aunque no tan puro. La cosa no es fácil, no te la hacen fácil, por lo menos como uno lo desea. Los fuertes intereses comerciales del poder real decidieron cambiar la histórica Confitería-Café por un espacio para vender zapatillas, o muñequitos, o cueros, o gofio (¿se acuerdan?). Todo vale, todo, menos la preservación del patrimonio histórico y tradicional de la caótica ciudad. Y mientras esto sucede, al medio pelo tilingo la vida le pasa por el costado más gris y nada importa. Salvo la billetera. Entonces sí, salen a las calles con sus abolladas cacerolas, siempre meando fuera del tarro.
La débil memoria de la Confitería-Café solo atina a recordar que en una de esas mesas (la más atrevida), Cortázar se dejó enamorar por una mujer.
Pero qué carajo importa, eso ya fue, no se puede estar mirando siempre al pasado, hay que darle paso al progreso…, dice el medio pelo precario y uno queda girando en falso como un estúpido que niega el futuro.
Esta es una historia cuya derrota se repite con insolencia. Los oportunos centauros del cemento y las tasas de interés, están atentos y al acecho. Son voraces, salvajes y van por todo. Ostentan por sables sus gruesas chequeras.
Sospecho que en aquellos viejos humos de los ceniceros del débil otoño, quedaron aferrados sonidos de conversaciones, disputas, debates atenienses, murmullos atrevidos, secretos inconfesables y la media voz de futuros vientos huracanados. En esas mesas hubo poetas que –dicen– rivalizaron con otra poética, más al sur profundo, más proletaria que el desplante de alcurnias heredadas, de los que miran dos centímetros por encima de la historia y los apañan las luces del centro. El lugar que referimos, al borde de la indiferencia peatonal, va camino –¿inexorable? – al silencio penumbroso, obligado por una “modernidad” que no se llega a entender bien. Mientras tanto, la burocracia oficial da cuenta de pingües negocios. Lo demás, lo que nos importa, tendrá el infame destino del inútil papel con membrete, el sello correspondiente, la firma de la autoridad “competente” y el oscuro archivo. O no. Quizás pueda suceder otra cosa. Puede triunfar la utopía. Pero, para que ello suceda, para que los sueños se impongan, hay que caminar de otra manera, con otro espíritu. Con una conciencia de amor más sólida. De eso se trata, de un acto de amor que la ciudad necesita. Un mimito al alma de esos reductos porteños que hicieron historia y que no merecen el destierro al que los lleva el olvido colectivo. En el camino quedaron “El Tropezón”, “El Aguila”, “El Paulista” y esa monumental herida que sangra indignación: “El Molino”, entre muchos otros lugares memorables. En este punto, el lector integrará a la leve lista sus propios recuerdos. Es cierto, algunos lugares fueron recuperados pero no por eso debemos dormitar en laureles escasos. Hay un patrimonio que es nuestro, que pertenece al pueblo, a su cultura, a su idiosincrasia. Es el patrimonio que da cuenta de lo vivido por padres y abuelos y lo crecido por nosotros. Si lo tenemos a mano, también será vivido y disfrutado por los que vienen en camino. La memoria no debe ser eso que sólo recordamos a través de una ajada foto. Hay espacios vitales que se deben preservar para disfrutarlos y memorar en sus entrañas y no desde un descolorido cartón. Perdón, me olvidaba. Hasta aquí hemos hablado de la Confitería-Café Richmond de la calle Florida… ¿Se acuerdan?
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 Imagen: Marquesina de la confitería "Richmond" (Foto tomada de www.cronicasportenas.blogspot.com)

18 dic. 2012

Arrabales de la muerte




(De Abel Langer)

Al bar "El Cultural",
in memorian
  
En ese sitio una mesa
Con una pata más corta...
Coja,
Nunca se adaptó
a ciertas circunstancias...dadas
Lugar de vanidades parlantes
y muy de vez en vez
decires certeros

Esa mesa
titubeó, tartamuda
en un equilibrado desarreglo
y académica la cultura
hizo de nosotros
gastados retazos
Refugiada del espanto

Ya
No habla
Muda
Nada espera
Miguel Ángel Bustos
Roberto Carri
Ana María Caruso
Daniel Hopen
Diego Magliano Allan
Alberto Noailles
Jorge Rébori
Marcos Szlachter
Nora Wolfson
Inventores de la Nada

Sitiados...
Sitiados...

Habitantes de esa mesa
No hablan
Descarnadamente descarnados...
Nos esperan.
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 Ilustración: "Interior de café", pintura de Horacio Spinetto

No creo en brujas, hermano



(De Orlando Umberto Acosta)

Mirá hermano, lo que te cuento parece cosas de brujas, pero te aseguro que está escondido en algún lugar de Buenos Aires y nos está buscando.
En una esquina de Lavalle, el Negro Montero acariciaba el antiguo reloj de cobre y el recuerdo de mi viejo se me prendió en el alma, seguí subiendo y casi al llegar a la otra esquina fue Rivero el que acarició las notas de un tango. Pude continuar la noche parado en esa cuadra, pero algo me tiró a cruzar la 9 de Julio. Llegué a Corrientes y con el gigante a mis espaldas miré hacia donde se pone el sol, me di vuelta para ver donde nace, después cerré los ojos y quise imaginarla angosta, pero al abrirlos las luces me cegaron devolviéndome la imagen de esta linda Buenos Aires que tiene tantos misterios como historias, que no querés que se escapen, que se pierdan o queden escondidas en algún zaguán.
Cuando llegué a Belgrano caminé hasta San José, después tomé al sur buscando los burdeles que te hacen ruido de antes. La noche estaba serena, tranquila, con un calorcito del norte invitándome a un trago.
De golpe, como por antojo, sin ser invitado, un trueno pareció partir la tierra en dos pedazos, las luces se apagaron, pero un relámpago agregó misterio a la noche. Cuando todo pasó… más oscuro que antes, las casas más bajas –no puedo creerlo–, en la esquina un farolito apenas iluminando, la luna tira un hilo de plata en las piedras negras, pero brillando en la noche de Montserrat. En algún lugar suenan los tambores de los negros y el candombe vive con el tango en esa calle. De un boliche se escapan las notas de un dos por cuatro, me arrastran para adentro sin preguntarme, parece que está diciendo: Sé que me estás buscando.
Cuatro mesas y algún borracho. Me metí como si fuera mi casa; del otro lado del mostrador una puerta a un patio, una planta de glicina con sus racimos celestes colgando, a la izquierda una escalera a un cuarto y otros cuantos a la derecha; Charlo canta “Viejo Ciego” y Canaro lo acompaña. Crucé el patio como si la mina me esperara, giré la cabeza a un lado, juntas las caras y salimos bailando. A un costado un guapo canfinflero de bigotito afinado, me mira como con bronca y amaga, otro lo para, le chamuya al oído, y se rajan.
–Quedate, no te vayas –imploró la percanta. –Sé que te están esperando.
La tomo suave de los hombros para calmarla. Me acomodé el sombrero y el cuchillo, caminé unas cuadras para el lado del bajo. Dos sombras se cruzaron… ya estoy en el suelo, en la camisa, roja brota la sangre… escucho un mateo, me subo… Cuando despierto, sentado en la cama, tengo los ojos tapados con las manos para que esas imágenes no se me pianten, pero al sacarlas veo el sombrero, me miro y tengo una herida en el costado, en el suelo hay una camisa manchada con sangre.
Yo no creo en brujas, hermano, pero te aseguro que en algún lugar de Buenos Aires anda escondido un cacho de tiempo que no quiere irse, siempre nos está esperando, está en alguna esquina, en algún barrio o en un tango, no le gusta verte desnudo, si te encuentra te tira entre otras cosas un sombrero y un cuchillo.
Esto no le pasa a cualquiera. Desde entonces, donde esté, quiero sacarlo, por eso cuando camino solo por Buenos Aires, por sus barrios, siempre, siempre, voy cantando o silbando un tango.
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Ilustración: “Duelo criollo”, dibujo humorístico tomado de la página Esgrima criolla.

Un apunte sobre el lunfardo




(De Fernando Sánchez Zinny)

Confusiones marcadas y demasiado extensas acompañan al tan traído y llevado lunfardo porteño. Origen doble de tales embrollos son, evidentemente –y tal vez por partes iguales– una cierta disposición testaruda, mantenida al amparo del perceptible amauteurismo que rige en la materia, responsable de admitir que siendo el lunfardo “el habla de Buenos Aires”, todo convecino de regular despejo está capacitado para constituirse en autoridad, y también una limitación propia del cometido inicial que se fijaron los mismos estudiosos, quienes por atenerse a no pretender ser sino lexicógrafos terminaron hallando lunfardismos allí donde simplemente hay palabras de todos los días, en absoluto desnudas de intención lunfarda. Complica a esto, el hecho de que un vocabulario cualquiera remite siempre a textos de un momento, que al ser trasladados a otro suelen quedarse en el camino sin la nitidez con que nacieron. Ejemplos al respecto lo dan la letra de no pocos tangos que hoy se cantan –incluso profesionalmente– sin que el intérprete sepa en detalle qué es lo que está diciendo. Ha escuchado, no sin pena, “decís que un tango errante no te hace perder la calma…” y también: “Contra el destino nadie batalla”, implícitas y penosas confesiones de no conocer los términos rante y tallar, punto no reprochable en sí aunque muy melancólico desde una perspectiva tanguera. Por supuesto, al literato que después de prestar atención a aquello de “tras las tantas serenatas a la lora, / que hoy es dueña de mi cuore y patrona del bulín”, pregunta, con visos de perplejidad, ¿qué es la lora?, basta con recordarle determinado ex abrupto, muy usual y muy grosero, que corre entre nosotros, para que haga la asociación adecuada y comprenda que ese apelativo ornitológico apenas significa mujer.
He aquí una primera función del estudio del lunfardo, tal vez la más valiosa: ayudar al mejor entendimiento de algunos textos, fundamentalmente letras de tango, cuya intelección comienza a hacerse dificultosa, dada la natural evolución del idioma. Del mismo modo, hay considerables monumentos literarios, en primer lugar Martín Fierro, que obligan a profundizar, todavía hoy, en los vericuetos del llamado gauchesco. Es notorio que el lunfardo de la gran época no ha dejado obras de semejante relieve; así y todo, cabe estimar en mucho los trabajos eruditos realizados para atender tal necesidad.
Sin embargo, en el fondo no sería sino una cuestión lateral desglosada del gran tema del sentido y trascendencia que el lunfardo tiene para nosotros. ¿Qué es, en principio, el lunfardo? La respuesta es engañosamente sencilla: “Lunfardo”, deformación de “lombardo”, ladrón, jerga de la delincuencia en Buenos Aires a fines del siglo XIX e inicios de la centuria siguiente, mayormente nutrida por voces de procedencia italiana, con la que luego confluyeron otras jergas, como las de la prostitución y las de diversos juegos o deportes, más un buen número de ruralismos, gitanerías, lusitanismos y arcaísmos diversos”.
La definición, con ser exacta dista de ser verdadera, porque, de hecho,  entendemos por lunfardo otra cosa muy distinta, que es el habla coloquial de Buenos Aires y, dentro de él, en especial, ciertos giros en constante cambio mediante cuyo uso se intenta incrementar la expresividad de la conversación.
Porque es obvio que decir “pibe” o “bronca” para nada acredita que quien lo hace sea un maleante o un marginal, y ni siquiera un burrero. Es real que “laburo” era cada una de las tareas del delincuente, pero resulta  por demás claro que no se utiliza hoy en ese sentido. Convengamos, de paso, en que la insistencia generalizada en ese tipo de términos lleva a un  empobrecimiento sistemático de su capacidad de significación, según es ley en toda terminología vulgar cuando se vuelve en exceso somera, y no precisamente porque los vocablos que la componen entrañen en sí vulgaridad, lo que es, además, cierto, como pasa con el despectivo y ninguneante “chabón” y con los abrumadoramente polisémicos “flaco” o “boludo”. No, el empobrecimiento se relaciona con algo más serio como es la incapacidad de verbalizar pensamientos.
Pero aquí nos hallamos ante otro enfoque y es que inevitablemente lo coloquial tira a vulgar y el localismo a tener un destino en extremo efímero. No creo, en ese sentido, que el estudio del habla popular gane centrándose en las variaciones infinitas que se registran en la dimensión oral de las palabras. “Ortiba”, es “vesre” imperfecto de “batidor”, delator, pero, de hecho, ortiba significa hoy, en lenguaje ya no tan juvenil, tacaño, estrecho o mezquino. Supongo que el asunto sólo reviste interés en tanto esas variantes cristalicen en textos y éstos sean reconocidos, después de algún lapso, como merecedores de aprecio. Entonces sí, precisar qué quiso decir el autor resultará importante, pero no en tanto la ocurrencia permanezca en la esfera oral. La lingüística, al fin y al cabo, es lo que es y no una interminable revisión de encuestas sociológicas.
Se me hace que jerga es el léxico de una actividad u oficio, mezcla de tecnicismos con el deseo de apartar (de ocultar, de algún modo) a los profanos del conocimiento de lo que se trata. Médicos, abogados, comerciantes, han utilizado, desde que existen, formas enmascaradas de exponer entre ellos lo que no juzgan conveniente que sepan los demás. El delito, como es lógico, utiliza en profusión ese nivel subrepticio del habla, tal como lo enseñan, sin ir más lejos, el lunfardo primigenio y el actual “tumbero”.
Pero si un día todo el mundo dice “mina”, ese cometido de disimulo deja de operar en tanto lo que se describe ya no es la mujer que actuaba como campana en un asalto, que esa fue la acepción primera. Luego el sentido varió pero por mucho tiempo el vocablo conservó carácter de denostación: “En mi vida tuve muchas, muchas minas, pero nunca una mujer…” Más tarde obtuvieron diploma la “gran mina” y la “mina bárbara”, pero todavía no tenemos que la palabra sea absoluto sinónimo de fémina; si un día llegase esto a suceder, el término mina perdería toda justificación en cuanto modismo autónomo: se incorporaría al lenguaje general, o bien desaparecería. Entretanto subsiste como escueta referencia local, sin otra propósito que el de acentuar, simultánea y ambiguamente, lo afectuoso o lo descalificador.
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Imagen: Tapa del libro El lenguaje del bajo fondo de Luis C. Villamayor y Enrique R. Del Valle, uno de los primeros diccionarios de vocabulario lunfardo. 

3 dic. 2012

San Martín de Tours



(De Enrique Espina Rawson)

Su biografía nos informa que fue Obispo de Tours, Francia. Suponemos que por eso se lo debe considerar francés, ya que, en realidad nació en el 316 de nuestra era en Panonia, territorio que forma parte de la actual Hungría, y murió en Candes-Saint-Martin, Francia, el 8 de noviembre del año 397. Tiene una estatua en Buenos Aires, ubicada en la plazoleta de su nombre, entre Avenida Alvear, Schiaffino y Posadas, emplazada allí el 20 de octubre de 1981, y obra del escultor Ermando Bucci. Se lo ve en la actitud que le adjudica la conocida y edificante leyenda, esto es, tratando de cortar su capa para darle la mitad a un anciano y aterido mendigo que le solicita ayuda. Hablando con franqueza, nunca nos convenció demasiado esta historia.
En primer lugar porque es muy difícil cortar una capa con una espada, y menos aún subido a un caballo. Cualquiera que vea la estatua se da cuenta de la imposibilidad de esta tarea. Tampoco como ejemplo de caridad es demasiado estimulante, ya que mucha gente común y silvestre, hubiera dado la capa entera, entendiendo con sentido práctico que media capa no le sirve a nadie.
Pero siguiendo la historia de este santo, y en lo que nos atañe a los porteños, dícese que las huestes de don Juan de Garay, el día 20 de octubre de 1580, se dieron a la tarea de encontrar un santo patrono para la refundada ciudad de Buenos Aires. Y así fue como escribieron en unos papeles nombres de santos diversos, los mezclaron en un sombrero, y se procedió a extraer uno de ellos, que resultó ser, como todos sabemos, San Martín de Tours. Parece que causó mala impresión la posibilidad de este padrinazgo, resolviéndose volver a mezclar los papeles, y proceder al ballotage. Increíblemente, como un dado cargado, volvió a aparecer este molesto santo extranjero.
Empecinados, los españoles alegaron fallas técnicas, anularon el sorteo, y se procedió a un tercer sorteo, esta vez definitivo. Y, créase o no, otra vez San Martín de Tours se las ingenió para sacar ventaja a todo el santoral, y aparecer primero en el marcador, ante el notorio disgusto de los presentes, que, a regañadientes, no tuvieron más remedio que consagrarlo nuestro patrono. Hasta aquí la leyenda. Con las disculpas del caso, también se nos permitirá mostrarnos escépticos al respecto. Y nuestra desconfianza surge al no poder concebir que un español de esos tiempos hubiera sido capaz de proponer para tan altas y delicadas funciones un santo francés, teniendo en cuenta las pésimas relaciones entre ambos pueblos.        
Para cualquiera de aquellos rudos combatientes el término “afrancesado” era, lisa y llanamente, un insulto. De tal manera, proponemos modificar esta creencia. Proponemos un milagro integral, completo, redondo, que bien pudiera haber sido así: Luego de la frustrante ceremonia e interrogados uno por uno los participantes para conocer cual de ellos tuvo la desatinada idea de incluir en el sorteo al santo obispo de Tours, todos negaron ante Dios haber escrito ese nombre.
El escribano, puesto como perito en letras tampoco pudo reconocer en esos trazos de maravillosa caligrafía, la inexperta y torpe mano de ninguno de los hombres que fraguaron el malhadado sorteo. ¿Y cómo era posible que el trajinado papel tuviera un aroma a flores tan delicado como persistente? Consultado que fue el fraile de la expedición, sostuvo que era evidente la intervención divina, que procuraba demostrar a personas de tan corto entendimiento, que los seres humanos eran todos iguales ante los ojos de Dios. Aún los franceses. Y con esto se dio por terminado el asunto y quedó el malquerido obispo de Tours a cargo de esta ciudad.
Si se acepta esta proposición, que no sólo acepta sino también mejora el milagro, se nos ocurre una moción más, esta de carácter administrativo, podría decirse. Viendo y considerando el estado de nuestra amada reina del Plata al día de hoy, a tantos años de su re-fundación, sería conveniente la designación de un nuevo santo patrono, ya que, (las evidencias están a la vista), el santo de Tours no parece haber tomado demasiado a pecho sus funciones en estos últimos tiempos. Lo primero que le pediríamos al nuevo funcionario celestial -si es que nuestra iniciativa llegara a concretarse- es que contemple y ayude a los miles de desdichados que no sólo duermen, sino que viven en el desamparo de las calles. Y que, por favor, no se ponga a cortar capas, sino que, por esta vez, las regale enteras. Amén.
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Imagen: Monumento a San Martín de Tours emplazado en el barrio de Recoleta (Foto de Iuri Izrastzoff).
Nota tomada de la página http://www.fervorxbuenosaires.com

2 dic. 2012

Acerca del monumento al bailarín desconocido


(De Luis Alposta)

Fue de un estilo vertical de pareja abrazada que nacieron tres constantes: el hombre debe salir siempre con el pie izquierdo, bailar hacia adelante sin retroceder, y girar en el espacio en sentido inverso a las agujas del reloj. Y todo esto, llevando a la mujer como a su sombra, acaso “como dormida”, con solemnidad, sin darse a los susurros confidenciales y haciendo del baile un fin en sí mismo.
Con el tiempo, esta proeza coreográfica se proyectó al mundo y el tango pasó a ser nuestro mejor embajador. Basta recordar los nombres de Enrique Saborido, Casimiro Aín, Jorge Martín Orcaizaguirre, más conocido como “Virulazo”, Juan Carlos Copes, Miguel Ángel Zotto y muchísimos más.
Sin entrar ahora a jugar de musicólogo, y ponerme a hablar de la influencia de la habanera o aseverar que casi todos los pasos del tango caben dentro de la coreografía del duelo criollo, digo sí, que lo primero fue y sigue siendo el ritmo, puesto que sólo con él y sin melodía alguna se puede estructurar perfectamente cualquier baile.
Y digo, también, que las muchas parejas virtuosas y anónimas que en el tango han sido y siguen siendo (deslizando sus pasos y respondiendo sólo a dos compases: al de la música y al del corazón), bien merecen el homenaje de tener en nuestra ciudad un “monumento al bailarín desconocido”.
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Ilustración: Silueta sobre el tango.