24 jun. 2013

San Cristóbal, Boedo y Martín Coronado en mi barrio



(De Edgardo Lois)

Hace veinte años que conservo un reloj de arena entre las señales físicas que anclan mi vida a la memoria, mi gente, mi casa y el barrio. En realidad es un reloj de mentirita, apenas un juguete, un simulacro basado en aquellos otros con cuerpos de metal o madera vieja y con vidrio nacido en la cantera del último misterio, esas máquinas del sueño que tomaban temperatura a través de la caricia de una arena amanecida en alguna costa olvidada. Mi simulacro está construido, y otra vez los diminutivos, de maderitas y arenita, y lleva vidrio pequeño de imitación. Pero me queda claro que en él, a través de su alma, circula, transita, mi amigo, el tiempo, que ofrece una vez más un trago en vaso chico, ofrece el elixir de lo vital y lo frágil, un tinto inevitable cosechado en la más pura y eterna dualidad: felicidad y desamparo, y por favor: todo a fondo blanco.
El relojito tiene doce centímetros de altura, me acompañó por todas mis casas provisorias, y tengo la costumbre de volcarlo cada día para que fluya su sangre, de color celeste y símil arena, durante el minuto con cuarenta segundos que tiene de caminata entre nacimiento y muerte. Es una pequeña ceremonia, un saludo a la vida, que hago cada vez que, por accidente o por elección, detecto su presencia en el paisaje. Es el tiempo que respira, sí, siempre el tiempo y su hermana, la memoria. El tiempo transita, y nosotros en él, con él. El susodicho es el empujón que nos lleva tanto hacia el mañana como al barrio de los recuerdos; que sigue siendo barrio, pero algo distinto, guarda calles y coincidencias antojadizas, es barrio con un aire cargado de mucha verdad y mucha mentira, aire que respira en coctelera salvaje en la que además se anotan nuestros sueños. Por suerte me sucede que, si de barrio se trata, siempre conservo más de una certeza. Si bien siempre hay invitaciones para la elucubración literaria, sé cuáles son las calles por donde circula la esencia de mis patrias internas.
Un sistema válido de viaje en el tiempo, desprovisto de cables y parafernalia futurista, un contrasentido cuando lo que se busca es el pasado, es andar por la senda propuesta por el grande de Woody Allen en su película Medianoche en París. El muchacho se sirve primero de un auto viejo y luego de un carruaje como maquinola fantástica para hacer el viaje. Para trasladarse en el tiempo es mucho más efectivo un medio de transporte probado que algún tipo de alambique despeinado con lucecitas computadas. Al señor Allen se le ocurrió hacer una película de viaje al pasado y al mismo tiempo hacer una de fantasmas, todos amigables, humanos.
El viaje en el tiempo, debo admitir, me tienta bastante seguido, pero hoy aparece la necesidad debido a situaciones muy precisas. Necesito entrar en mi barrio de los recuerdos. En él se terminan las geografías, los límites ciudadanos son puestos en duda, parecen dispuestos por el poeta Derlis, que sabe de medir fronteras tomando únicamente como referencia el sentimiento. En mi barrio memorioso, Boedo, así como se pega a San Cristóbal, está a un toque de viaje mínimo de mi Martín Coronado de infancia. Luego de ver la película citada y darle cuerda a mi relojito de arena, caminé hasta la plaza de Boedo, de madrugada, que es cuando los misterios juegan más sueltos, esperé a que saliera el primer tranvía de los galpones y viajé. Ni cuenta me di, llegué enseguida. Mi infancia en Martín Coronado, en el oeste de la provincia de Buenos Aires, me reclamaba porque mi vieja, hace unos días, me había dicho que iban a cerrar la Escuela Nº 22 Martín Miguel de Güemes, mi escuela primaria. Me ganó la sorpresa: ¿Cómo que no van pibes?, es una locura. Se dice que el ambiente no es bueno, dijo ella. Los que viven cerca de la 22 evitan terminar en sus aulas. Ni que se tratara de un castillo habitado por fantasmas malos.
Arribé de mañana, un ratito antes del timbre de entrada. Adrián Díaz había comprado caramelos gomita de frutilla, los mordía a la mitad, y exhibía la parte que quedaba entre sus dedos enfocando hacia Claudio Franciosa, que una vez más desviaba la vista: le daba asco, decía que los caramelos eran de sangre. Volví a ver la llegada de Patricia Llado, vivía a media cuadra de la escuela, seguía siendo tan linda como siempre, ella fue la primera mujer que contemplé esperanzado. Volví a un día de segundo grado, antes de la muerte de Roberto Ferrazo, porque ahí estaba, y si bien en este barrio los muertos están más cerca de los vivos, Roberto no tenía el raspón chiquito que le quedó entre ceja y ceja después de que lo atropellara su tío con el auto, ahí, a veinte metros de la puerta de la 22, frente a su casa, que es donde él vivió su vida y vive su muerte. El día era de segundo grado porque al principio no estaba Néstor Ortiz, el sanjuanino, que sí apareció después, cuando estábamos en el patio. Por lógica era más grande que los demás, él había entrado al grado en cuarto y nos acompañó hasta el final de la primaria. Hasta su muerte, que sucedió cuando teníamos catorce años, fuimos amigos. Por eso digo que en la escuela de este barrio con caricia de memoria los muertos están más cerca, y todos, sin distingos, construyen el recuerdo. El viaje convoca a la escuela, a los pibes vivos: Jorge Apanasionek, Mario Anglada, Claudio Ariola, César Cirelli, Hugo Hansen, Beatriz Ríos, Adriana Panarelli, Liliana Simio, a los muertos, a las maestras: Susana, Beatriz, Elvira, Raquel. La mañana transcurría cómoda entre presencias, mañana fresca y amable hasta que noté la diferencia. También en el sueño, me dije, como me pasó la vez de mi único regreso físico: la escuela se había achicado. Cuántos años tenía yo en el sueño, me pregunté. Creía que volvía a ser un pibe mientras guardaba conciencia de grande. Pero al entrar en la escuela los pasillos se hicieron angostos, el patio gigante no lo fue tanto, las aulas se hicieron de juguete, como para ubicarlas a un lado de mi reloj de arena. Estuve de regreso en las caras amigas, otra vez en las miradas. Y respiré tranquilo porque supe que mi barrio de hoy, Boedo/San Cristóbal, Derlis me dijo que se puede fundar uno propio, por ejemplo sin la calle Loria en el medio, está a salvo de la incomodidad.
Cuando inicié el viaje de regreso, que se dio porque sí nomás, conecté un 252 manejado por Juan Cacabelos, el gallego, amigo de la cuadra donde está la casa de mis viejos, y conecté con el tranvía que me esperaba un recuerdo más adelante. Bajé antes de que la máquina se guardara bajo el esqueleto metálico del techo que ya no sostiene chapas porque devino en presencia decorativa de la flamante plaza de Boedo. Las enredaderas crecen aferradas a las columnas, pronto habrá techo verde en la vieja estación Vail. Entré a la plaza en un recuerdo cercano, era sábado de mayo, casi de noche. Mi barrio de los recuerdos, al ser territorio mágico, me permitió encontrarme otra vez con Mario Bellocchio en el centro de la plaza: conectaba cables mientras un telón colgado de un alambre se balanceaba en el viento. Me dijo que había cine. Tomé asiento. Había mucha gente, el espacio convoca. Pibes por todos lados. Estaban Celia y Marcelo, los libreros de El gato escaldado, la librería de Boedo, con su instalación colorida que invita a un picnic de lectura. En mi barrio vi el corto de Bellocchio: Desaparecidos, la música de Charly García (Los dinosaurios) y León Gieco (La memoria argentina) acompaña las imágenes: fotos con el ejército en las calles, represión, las Madres de Plaza de Mayo, los desaparecidos del barrio, y varias fotos de la muestra del artista fotógrafo Gustavo Germano: el artista parte de una foto original, simple, cotidiana, donde aparecen personas entre las que luego habrá uno o varios desaparecidos; obtiene después una imagen actual de los sobrevivientes en el mismo paisaje: aparece así el vacío que provoca la ausencia. Bellocchio desgrana la primera foto, libera la segunda y provoca la representación explícita de aquello que significa entrar en la niebla de la desaparición. Volví a tomar aire, la garganta apretada, la lágrima que se balancea entre el adentro y el afuera. Desaparecidos es cuestión de minutos; distintos son los tiempos de La Santa Cruz, refugio de resistencia, el documental de María Cabrejas y Fernando Nogueira que se proyectó a continuación. La historia de la Santa Cruz, la iglesia que se puede ver sobre la calle Estados Unidos, una presencia a la mano, en el barrio, en contacto directo con la gente, porque sus religiosos, de compromiso ético con los perseguidos de distintas historias, trajeron al Dios de las alturas y lo invitaronn a caminar la calle. El documental es memoria, deja sin aire, es emoción frente a la lucha: en él las monjas francesas, las fundadoras de Madres, y el cobarde de Astiz marcando personas que querían saber dónde estaban sus amigos, sus familiares. La iglesia fue refugio, y es refugio y memoria. Cuando me alejé caminando de la plaza y de mi barrio de recuerdos, pensé en una foto que no quiero: una escuela sin pibes, pensé en que la escuela, con el tiempo, puede achicarse, y que hasta ahí uno puede entender la distorsión sensitiva; y pensé además que respiro gustoso al saber que mi barrio está a salvo de ese desdibuje: sus calles no se angostan, se quedan anchas de memoria. En ellas conviven los vivos y los muertos. Son tiempo y recuerdo, así marca mi relojito de arena, un simulacro de pobre que no descuida el paso de la sangre a través de los días: marcha a conciencia en mi barrio de Boedo/San Cristóbal y también lo hace en el mágico, donde todo vuelve para tomar más fuerza: no se debe olvidar la historia ni los amigos.
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Imagen: Cartel del Bar Hermanos Cao, en Independencia y Matheu, barrio de San Cristóbal.

21 jun. 2013

En la buena



(De Daniel Giribaldi)

Cuando vuelva a París y una franchuta
me de alivio al bolsillo y a la pena,
desde algún puente escupiré en el Sena
y gozaré el frescor de la viruta.

Libre del manyamiento de la yuta,
cargaré  a maringotes: "¿mala o buena?"
En la Sorbona estudiarán mi esquema
y en diez mil ateliers, mi facha bruta.

Nunca me rascaré ni aunque me ensarne
pues viviré de ronga entre los tracas
y siempre en mi ganchera tendré carne.

Pero, gordas al fin las vacas flacas,
atorrando feliz cerca del Marne,
¡extrañaré la roña de Barracas! 
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Imagen: Pont Neuf. Dibujo tomado de: victoryepes.blogs.upv.es


20 jun. 2013

La Fuente de los catalanes


(De Miguel Ruffo)

Roma, la artísticamente bella, es la ciudad de las fuentes, basta recordar la Fontana di Trevi. El arte fontanero en Buenos Aires está muy lejos de emular al de la ciudad eterna. No obstante tiene sus representantes. Entre ellos se encuentra La Fuente de los Catalanes, obra del escultor catalán Joseph Llimona i Bruguera, que fue inaugurada en 1931 y se encuentra en el Parque Rivadavia. La obra es un regalo de la comunidad catalana a la Ciudad de Buenos Aires. Luis Macaya, al referirse a la instalación de esta obra de arte, escribía: “Se alza ya, majestuosa y grácil, en uno de los parques más discretos de la ciudad, casta en su desnudez, sencilla y bíblica en su actitud, la mujer catalana sublimada por el gran Llimona, en testimonio de agradecimiento de los catalanes en la Argentina. Parece que la fuente constituye una retribución por los monumentos que Buenos Aires erigió en homenaje a Matheu y Larrea…”(Recordemos que ambos fueron catalanes que lucharon junto a los patriotas contra el yugo español por la independencia argentina y formaron parte del primer gobierno patrio)” (1). Pero la fuente no permaneció siempre en el Parque Rivadavia. En 1969 fue retirada de su sitio originario porque “ofendía” la moral católica. “Al respecto cabe informar a esta Dirección (Secretaría de la Municipalidad de Buenos Aires) que con fecha 5 de noviembre de 1969, la Junta Coordinadora de la Parroquia Santa María, Liga de Padres de Familia y la Comisión Pro Monumento a la Virgen de Luján en el Parque Rivadavia, se dirigen al Sr. Intendente (…) solicitando el retiro de la citada obra…”. Al tomar intervención la Dirección de Paseos y la Comisión creada por la Ordenanza15.778 se expidió: “se aconseja el retiro” (2). La obra recaló en depósitos municipales, luego se la instaló en la Plaza San Martín y sufrió numerosos deterioros; mientras miembros de la colectividad catalana y vecinos del barrio de Caballito iniciaban una larga lucha por la restitución de la fuente en el Parque Rivadavia. Finalmente, en febrero de 2010, fue reinstalada en ese espacio verde, pero no en el lugar original, frente a la avenida Rivadavia, sino junto a la calle Rosario. Los avatares de esta fuente que denominamos de los catalanes, porque su autor no le puso nombre alguno, nos lleva a preguntarnos por la relación entre el cristianismo y la sexualidad, entre el cristianismo y el arte y por la moralina del catolicismo ultramontano del onganiato y de dictaduras posteriores. Es casi un tópico de la conciencia social afirmar que el pecado original consistió en algo relacionado con el sexo. Sin embargo, y tal como lo señala acertadamente Javier S. Maskin, tal relación sólo existe en una institución eclesiástica que le ha dado la espalda a la tradición originaria. En efecto, si leemos atentamente el Génesis, en su segundo relato de la creación, veremos que antes de que Adán y Eva comieran del árbol del conocimiento del bien y del mal, “Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, pero no se avergonzaban el uno del otro” (3). La sexualidad era vivida naturalmente, es después de comer del árbol prohibido, que tienen vergüenza de su desnudez, porque al comer del árbol de la contradicción, ya no pueden reconocerse a imagen y semejanza de Dios: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó” (4). El pecado original no tiene que ver ni con la sexualidad ni con la moral, es una transgresión que no le permite al hombre (varón y mujer) reconocer que son a imagen y semejanza de Dios. Nos alejaría del tema de este artículo señalar cómo y porqué se produjo esta asociación, sólo nos interesa señalar que cuando el cristianismo se transformó en factor de poder y en religión oficial del Imperio Romano, como tal, tuvo cada vez un mayor interés por controlar la sexualidad porque tratándose de un instinto vital, una sociedad basada en la explotación y la opresión necesita de la represión sexual (Freud, Reich, etc.). Pobre favor le hacen al cristianismo en su versión católica, esos sacerdotes y padres de familia que contraponiendo a la Virgen de Luján con la ninfa desnuda de la Fuente de los Catalanes, exigieron su retiro del Parque Rivadavia. La moralina católica reaccionaria del régimen de Onganía y sus sucesores operó como “fundamento” para retirar la fuente.
En cuanto al desnudo femenino en el arte de occidente (se sobreentiende que hacemos referencia al arte de los tiempos históricos) data fundamentalmente de la época helenística. Cuando el cristianismo se expandió por el Imperio Romano, el arte greco-romano fue tachado de pagano y pecaminoso, entre ellos las obras de desnudos femeninos. Otro tema cuyo desentrañamiento nos llevaría mucho tiempo, pero al que no podemos dejar de señalar, es que la renuncia a la sexualidad en algunas comunidades cristianas estaba vinculada al fin de los tiempos y al Apocalipsis; alejados en este sentido de ese bebedor y comilón que era Jesús y de sus relaciones con María Magdalena.
Y para terminar citamos a Ramón Canals “Tus nudos, Llimona, subliman nuestra raza,… son mujeres… nuestras mujeres, y semejan ninfas, semejan diosas” (5).
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Notas:
(1)Lorenzo, Blanca; “La fuente de los catalanes”, pág. 13
(2)Lorenzo, Blanca; Ob. Cit., pág. 37
(3)Gén, 2,25
(4)Gén, 1, 27
(5)Lorenzo, Blanca; Ob. Cit., p 15

Imagen: La llamada Fuente de los catalanes, del escultor catalán Joseph Llimona i Bruguera.

Nota e ilustración tomadas del periódico “Desde Boedo”. 

Los vascos de "Juvenilia"


(De Ricardo Llanes)

A fines de 1914 conocimos un extenso espacio entre alfalfar y quinta de verduras que cubría las hectáreas Corrientes, Murillo, Thames u las vías del ferrocarril Buenos Aires y al Pacífico (actual General San Martín). Había allí, sobre el lugar que ahora ocupa el estadio del Club Atlético Atlanta, dos viejas construcciones con techumbres de tejas, una con galería, y la otra, con varias ventanas abiertas en sus laterales. Viejos vecinos las señalaban como "las casas de los vascos", si bien para ese año ya no lo eran, pues las habitaban unos agricultores italianos. Tales casas habían pertenecido a los vascos que Miguel Cané recuerda en su libro "Juvenilia"; uno de ellos corriéndolo con la horquilla de emparvar, la tarde de verano en que con otros compañeros del colegio, habían "expedicionado, una vez más, en procura de las apetitosas sandías cultivadas por aquéllos". El zanjón que, a la carrera, logró saltar Cané y en el que "se me había caído la sandía que yacía entre las aguas cenagosas del foso", no era otro que el arroyo Maldonado. "Las casas de los vascos" fueron demolidas mucho tiempo después que el escritor y dibujante José Antonio Ginzo (Tristán) tomara de ellas algunas fotografías, lo cual ocurrió en el transcurso de 1946.
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Ilustración: "Juvenilia" de Miguel Cané, edición de la Cámara Argentina del Libro, Bs. As., 1943.,

10 jun. 2013

Café "La Poesía"



(De Oscar González)

(Al Grupo de los 7)

En Chile y Bolívar,
barrio de San Telmo,
abre su ojo de luz
el Café “La Poesía”.

También llamado Esquina
de Encuentro
por Rubén Derlis, el poeta
que lo concibió.

En la calle, las sombras ganan
la partida,
los peatones apuran
las veredas,
y desde el bajo, suben
ecos jaqueando
al silencio.

En la mesa Oliverio Girondo
aguardo al Grupo de los 7:
Rafael, La Gata, Alicia,
Los Rubenes, Normita,
raras avis in terris
que integran
la bandada.

Tras nacientes y ponientes
tintas y tintos,
la juntada se va
al mazo.

Es invierno. Arropada
con los sures
porteños,
La Poesía”, extiende
su vigilia
sin recurrir a salamandras
ni al poncho del olvido.
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Imagen: El Café "La Poesía" en 1982 (Fotografía de: Horacio Clemente). 

Leones y fantasmas



(De Valeria Carina Massimino)

La Casa de los Leones o Palacio Díaz Vélez, es una mansión anti­gua, algo opaca, extraña y de es­tilo francés, ubicada en la ave­nida Montes de Oca al 110. Despierta el interés de los transeúntes que observan las estatuas de leones que la rodean desde el amplio y selvático jardín.
El dueño fue el empresario Eustaquio Díaz Vélez, quien adquirió este palacio en 1880 y tenía una obsesión por los leones, por quienes optó como guardianes de su residencia. Comenzó a criarlos de cacho­rros, y mandó a construir jaulas, algunas comunicadas con la casa por una escalera exterior para estar más cerca de ellos y visi­tarlos por la noche.
Cuenta la leyenda que en el año 1911, uno de los animales se escapó de la jaula y atacó y mató al prometido de María Mathil­de, la hija de Díaz Vélez, el día de la fiesta de compromiso. Después de esa tragedia, la jo­ven se suicidó con cianuro. Y según relata  Manuel Vasco da Fonseca en su libro “Cró­nicas absurdas de Buenos Aires”, al poco tiempo, los fantasmas de la pareja comenza­ron a recorrer las habitaciones y el parque de la mansión: susurraban, movían objetos, se oían gritos, llantos, y se percibían sombras y ruidos de animales feroces y cadenas. En ca­rácter de exorcismo, Don Eustaquio se deshi­zo de los animales, pero antes optó por rea­lizarles un homenaje: talló las cabezas de los leones sobre las cúpulas de las puertas de entrada a la mansión y colocó tres estatuas de leones en el parque. La más sorprendente simboliza a una fiera que lucha con un hom­bre, venciéndolo con sus garras”.
Después del fallecimiento de su pro­pietario, en 1927, aquella casona quedó a nombre de su hermana Eugenia y, más tar­de, de su hijo Carlos. Finalmente en 1930 es vendida por su viuda, María Escalada, y así llega a manos de la Casa Cuna.
Hoy, la mansión es sede de Vitra (Fun­dación para la Vivienda y Trabajo del Lisia­do Grave), un centro de rehabilitación, y úni­ca sede de escuela primaria y secundaria de toda la Argentina para discapacitados moto­res. Los únicos felinos que pueden verse por el jardín son primos de aquellos que aterra­ban a los vecinos y visitantes del palacio: de­cenas de gatos merodean por el jardín, cerca de las imponentes estatuas de los leones.
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Imagen: La casa de Los Leones.
Nota y fotografía tomadas de: “Redacción Z”.

Historias


(De Diego Lucero)

Lo recordamos como si fuera aho­ra, aquel tiempo y aquel día, cuan­do todo ese mundillo ancho y propio de los taitas, de los tipos del ambiente, de los de gacho gris, de los de samica de seda y corbata colorada, de los de len­gue, de los de faca, de los shofi­cas, de los gomías…, y todo aquel agitado mundo un poco chismoso de las tangueras, de la Sofía, de la Azucena, de la negra Mercedes, de la Libertá y la Tania y la Malena de la voz de sombra y la calle Corrientes con sus boliches que son historia junto a cuyos estaños viven aco­dados los poetas de la musa ran­tifusa, los grandes curdas del disconformismo social y de la pena hecha tango; y Corrientes y Esmeralda y el negro Celedo­nio y la gente de teatro y los fueyes de Pichuco, Discepolín el triste y toda la milonga de la noche porteña, la de los gra­sas y la de los cambas, sintió el estremecimiento de la noticia que nadie quería creer y hubo que creerla… y la noticia era: ¡Gardel ha muerto!
Aquel mes de junio de 1935, con mis socios Pata’e Catre, Roncadera y Primero’e Mayo, estába­mos campaneándonos el Campeonato Sudamericano de Bás­quet que se jugaba en Río de Janeiro. El urso Stroppiana había armado un lindo zafarrancho.Faltando cinco segundos para termi­nar el partido con Uruguay y es­tando la cuenta empardada en cuarenta y tantos puntos..., el cor­tito Orri, jugador de altura en calidad pero que nunca pudo salir de petiso, sacó una bol por eleva­ción y el lungo Estropi levantó aquel brazo derecho que parecía un tronco de ocalito; abrió la manopla, que parecía una oreja de elefante; levantó el dedo, que parecía un lindo boñato con uñas, y tacando la globa la levan­tó un poquito y entró sin rozar el aro. Doble. Era en el tiempo en que el juego se reanudaba con salto en el medio de la cancha. Saltaron y..., en seguida el pito: ¡Argenti­na campeón! Al día siguiente, a eso de las tres de la tarde, en aquel Río de Janeiro un poco aldea, de hace tres décadas (entonces, 1965), empezó a circular un rumor, que, rodando y rodando, pasando de boca en boca, llegó hasta nosotros. Una radio había anunciado la caída de un avión en Colombia y la muerte de casi todos sus pasajeros. Uno de los muertos se suponía que era Carlos Gardel. Era cierto...
Carlitos, varón de clara estir­pe, a pesar de que en su pedigrí (algunos cafañones de esos que viven averiguando el pursang de la persona humana para saber si están bien anotados en el studbo­ok) decían que había algunos lu­nares, era de una generosidad determinante de que se le pianta­ba por entre los dedos, como se derrama el agua del cuenco de la mano, el gran toco de fasules que ganaba con la radio, con el cine, con los espectáculos, con el disco. Y la guita se le iba porque tenía siempre a su alrededor, allí donde atracara la carrera de su pinta brava y la ruidosa chata de su fama, un grupo de reos que se le arrimaban tanto para mimarlo como para mangarlo. Eran náu­fragos de la aventura, emigrantes a países extraños en busca de fortuna, a quienes la porruda suer­te les había dado vuelta la jeta. Bailarines de tango con corte que habían ido a París a enganchar una contrata o, por lo menos, una farfala que diera buen espor, y como no ligaron el contrato ni trovaron la farfala, allá quedaron chanta," anclados en París" y es­perando que cayera uno que les tirara una cuarta.
Y así como en París, en cual­quier parte adonde fuera Gardel con la viola en bandolera y el zorzal en la jaulita de su corazón, en seguida se le aparecían los moscas a cantarle cada uno su milonga; la milonga de los días mishos con la buseca vacía. Y Carlitos, que conocía las varian­tes de aquellas melodías del ham­bre, algunas fayutas pero las más verdaderas, pelaba el cuero y diez por aquí veinte por allá se queda­ba seco pero contento de poder ayudar a sus hermanos los orres que se habían quedado en la rúa...
Carlos Gardel se hallaba en Nueva York cumpliendo contrato con la National Broadcasting Corporation y compromisos de filmación con la Paramount. En un receso de esas dos actividades simultáneas, le propusieron a Car­litos hacer el bolo de la gira por Centroamérica. La Dirección de la NBC; los capos de la Para­mount y Hugo Mariani, el músico uruguayo organizador de la orquesta de la National Broadcasting, por cuya iniciativa personal NBC contrató a Gardel para cantar por sus micrófonos, se opusieron muy firmemente a la turné de Gardel por los países centroamericanos. Hasta amenazaron cancelarle los contratos si la cumplía. Pero no hubo tutía ni amenazas; ni las más amistosas palabras de convencimiento ni los consejos de los buenos consejeros fueron suficientes para hacerlo desistir. Carlitos tenía que hacer la gira. Y tenía que hacerla porque en Nueva York estaba rodea­do por veinte o treinta puntachos que vivían de su generosidad de reo de ley, de esos que nunca pasan la cuenta de sus gauchadas.
Y los gomanes que le aseguraba el yiro por las tierras hermanas que lo conocían de antiguo por el disco, por la pinta y por la fama, y lo esperaban ansiosas, le iba a permitir seguir ayudando bajo cuerda a los gomías que llevaba de laderos, y que andaban en la vía. Y fue.
Y todo fue fuego y luto, y El Zorzal apareció muerto en su jaulita. Los consejeros le decían que no fuera. Los empresa­rios le decían que no. Sus amigos, que no. Su corazón su enorme corazón, dijo que sí.
Carlos Gardel era así. La ha­bía sabido amarga cuando niño y triste cuando muchacho. La es­cuela casi se le había negado y no le quedó más aula que la calle y más maestra que la vida.
Su juventud, que transcurrió en el arrabal, donde el laburante que gana su pan y el malandra que morfa el pan ajeno andan en el mismo entrevero, supo de la bohemia que no pierde la alegría por más que coma salteado. Y supo también del desencanto de haber tenido uno que pasó por amigo y era un ortiva; y de la bronca de haber recibido jura­mento de amor de una mujer que después resultó una fulería. El juramento y la mina. Por eso, por el mucho saber de lo que es andar en la mala y andar contento, cuan­do echó buena Carlitos aplicó para su vida, para la norma de su vida, las amargas lecciones aprendi­das y supo que no hay para un varón alegría más grande ni ma­yor triunfo que poder darle una mano al hermano que anda tira­do, al camarada que quedó seco, a ese desconocido que manga un sope porque a lo mejor es cierto que tiene hambre...
                        Mil anécdotas cuentan cosas de aquel Gardel generoso y calla­do en la generosidad que siempre está pronto para la gauchada. Y aquí va una, para que sean mil y una, como fueron mil y una sus noches triunfales cantando tan­gos. Gardel adoraba Montevideo. Casi tanto como a su amada calle Corrientes. Montevideo le había dado el espaldarazo artístico cuando en 1915 debutó allá con Pepe Razzano en el teatro Royal, cerca del Bajo, y nunca antes el dúo de El Morocho y El Oriental había sabido de la apoteosis como lo supieron, como la sintieron, como la gozaron en aquellas no­ches del Royal. Muchos años des­pués, cuando Pepe ya no cantaba, cuando El Morocho del Abasto estaba en la cumbre y las minas peau de France y las pibas de barrio y muchas pituconas suspi­raban por él, una noche del año 1926 –Gardel estaba realizando una de sus gloriosas temporadas en el teatro 18 de Julio–, a la salida del teatro venía caminan­do por la calle 18 con unos ami­gos. La pintacha de siempre. Tra­je azul, samica de seda cruda, corbata negra de jersey, una perla en la corbata, botitas de charol y arriba de gamuza y... en la testa el gacho gris. Venía caminando, y en la esquina de 18 y Paraguay, parada obligatoria para entrar en el diálogo con el canilla.
–Che, pibe... ¿y cómo va el papel con letras?
El canilla se llamaba Antonio Casciani. Y Carlitos cayó justo porque Casciani era uno de aque­llos vendedores de diarios, inte­lectuales, que entonces abunda­ban. Era en el tiempo en que éramos todos anarquistas. Y An­tonio, el canilla, se animó a decir­le una de esas noches a Gardel: "Carlito, tengo un tango, ¿por qué no me lo mira a ver si sirve?".
–Mandámelo al hotel que te lo canto.
Y el tango del canilla en los labios, en la garganta y el corazón de Gardel fue un triunfo. Se llama Farabute. Y está en los discos y está en la antología del más gran­de cantor de tangos, del que hizo historia, de El Mago, El Moro­cho del Abasto, El Zorzal, el gran taita de la milonga y el chamuyo rantifuso, el Absolu­to, el Único.
Y esperá que te voy a colocar otro recuerdo. Y este sí que es lindo y absolutamente inédito, porque ya cuesta mucho inventar algo en tomo de la vida de Carlos Gardel. Pero esto no es invento, porque primer actor en el epi­sodio fue mi socio Pata’e Catre, que tratándose de Gardel no se perdía una. Era en la segunda presidencia de El Peludo. En el Bra­sil se había produ­cido algún caso de fiebre amarilla y los barcos que ve­nían de Europa, luego de tocar puertos brasile­ños, tenían que cumplir una cua­rentena de seis días antes de ser autorizados a en­trar en el puerto de Buenos Aires para el desem­barco de pasajeros. Las medidas de control eran rigurosísimas, y un enorme equipo de médicos, enfermeros, guardias y policías establecía aquel control. Los gran­des piróscafos que llegaban de Europa, luego de tocar el puerto de Santos, venían a media mar­cha, fondeaban en el puerto de Montevideo y allí esperaban el cumplimiento del plazo. Los va­pores rápidos quedaban en la rada de Montevideo entre tres y cuatro días, y los pasajeros bajo control médico, esperan­do –muerte contra reloj– que crepara el mosquito portador de la fiebre, que si mal no recuerda el Pata, se llama Stygoimia fas­ciata. A bordo de uno de esos barcos sometidos a cuarentena venía Carlos Gardel de Europa. El barco era uno lujoso de bande­ra italiana, llamado Conte Verde, de la compañía Lloyd Sabaudo. Junto con Carlitos, y haciendo yunta de gomías (esto se parece al nombre del mosquito), viajaba un corredor de autos del tiempo de la gorra con la visera para atrás, conocido en el ambiente como el gordo Betinelli. Cuando Carlitos, ansioso de llegar a "mi Buenos Aires querido", se enteró de que tenía que quedarse chanta tres yornos a bordo, con el barco parado en la rada de Montevideo, con la ciudad a la vista, con los amigos que no podían subir a bordo y con Buenos Aires allicito nomás, entró a desesperarse.
 –Che, reo –le dijo al Pata–, ¿y con esto no se puede hacer un arranyamento?
 –Y..., si se anima..., un derrepente se puede hacer algo...
 –¿Que si me animo? –agregó Gardel–; capá que me tiro y me voy a nado...
Entonces el Pata –que la labu­raba arriba de los barcos y por eso estaba allí– empezó a hacer un laburito en fino. El guarda, el que cuidaba la puerta, era uno de los nuestros. "Por Carlito, yo pierdo el empleo..." Èse ya estaba. Des­pués había que alejar a los ortivas que rondaban la puerta que daba a la escala real del barco. Todo arreglado. Un colaborador se en­cargaba de hacerles un convite en el bar de la Primera... Y quedaba un rabo por desollar. El que parer­cía más difícil. Cada barco en cuarentena tenía, al pie de la escalera, un remolcador para servicio urgente. Lindos fachas aquellos muchachos del remolcador que se llamaba Emperor. El Pata bajó a hablar con el patrón de a bordo. Y con los tripulantes. "¡Es Gar­del! –decían con emoción– Por Carlitos, ¡cualquier cosa! Todo quedó arreglado. A último mo­mento se acopló a la aventura el Gordo Bettinelli. Como dos ladrones, a paso vivo se tiraron escalones abajo por la escala real del barco. Se escondieron en la camareta del remolcador. El Pata, como siempre, bajó tranquilo. El Emperor se despegó del Conte Verde y atracó a muros en el muelle de Montevideo. Campa­neamos el horizonte. Y como no había moros, Carlos y el Gordo se prepararon para salir a tierra. Antes, Carlitos quiso arreglar a los muchachos del remolcador. Lo atajaron. Lo atajaron con esa nobleza de los trabajadores, lo mismo los de tierra que los de mar, para jugarse la parada por quien lo merece. Ellos corrieron riesgo de castigos severos por ha­cerle el gusto a quien tantas veces nos llenó de gusto el alma y de gozo el corazón. Ni un mango quisieron aceptar los laburantes del Emperor. Un apretón de maºnos de El Mago, la mejor paga para aquellos hombres rudos que lo admiraban.

Carlos Gardel y el Gordo Bettinelli se embarcaron esa noche en el Vapor de la Carrera y sorpresivamente lle­garon a Buenos Aires al otro día. Nadie se explica­ba cómo habían podido violar la severidad de la cuarentena. Ellos mantuvieron por un tiempo el secreto para no comprometer a la mafia del Pata’e Catre, que lo había hecho desem­barcar con el arma infalible del soborno. Del soborno de la simpatía, con la que Carlos Gardel conquistaba a cuantos se acercaron a su vida. Lo que se deduce de este episodio es que el Gordo Bettinelli pudo ser el vehí­culo transmisor de la fiebre amarilla y apestar la ciudad. Todo por colarse en una faena de contrabando humano organizada para que El Morocho del Abasto pudiera llegar cuanto antes a "su Buenos Aires querido", a pararse junto al buzón que entonces ha­bía en Corrientes y Esmeral­da, con su gacho gris, con su pinta entradora, con su mirada de engrupe, estampa viva del hom­bre que allí "está solo y espera...".
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Ilustración: Sello postal conmemorativo: Carlos Gardel,.