16 ago. 2015

Vida y pasión de los petiteros porteños



(De Francisco N. Juárez)

Para algunos fue apenas una moda masculina: ajustados sacos cortos con dos tajitos, solapas breves, tres botones -necesariamente de gabardina beige en verano-, camisas de cuello redondo para traba, y puños para gemelos, zapatos con hebilla y mocasines, todo a medida. Fue la indumentaria de los vanguardistas que militaron en esa pituca tendencia que alborotó a la femenina sociedad porteña de los años cincuenta: se los consideró seductores emblemáticos e invitados imperdibles para las mejores fiestas. Su identidad no se ciñó a la vestimenta, sino a otros perfiles costumbristas encumbrados, aunque los petiteros no fueron originarios de la aristocracia nativa. La vestimenta, los lugares de lucimiento, el copetín, la tertulia y los deportes que eligieron como postas de conquista romántica y reclutamiento para fiestas coincidían con los de cierta alcurnia.
Tuvieron su propia geografía con epicentro en Callao y Santa Fe, sombreada por la cúpula de la confitería “Del Águila” y la garita de tránsito. Pero eligieron el “Petit Café”, en la vereda sur de avenida Santa Fe cerca de la esquina de Callao. La sede de esta -inicialmente- mansa iracundia porteña sirvió para que se motejara a sus frecuentadores como “petiteros”. El neologismo surgió con cierto desdén y cobró intencionalidad peyorativa en boca de enemigos con trasfondo de envidia: las refinadas chicas porteñas los preferían. Eran antiperonistas sociales que aborrecían lo que trascendía desde la Quinta de Olivos, donde la Unión de Estudiantes Secundarios tenía su paradigma estético en el dueño de casa, divulgador de sus paseos en motoneta de campera y gorra “Pochito”, pero que velaba su romance -de distancia generacional- con la colegiala Nelly Rivas. Fueron los tiempos de la intromisión política en las aulas intermedias, lo que contrastaba con los refinados gustos petiteros de costumbres sociales más cercanas a las elites contrarias al gobierno.
Para los petiteros era de rigor seguir al rugby en invierno y al polo en primavera. En esa florida estación, las chicas estilaron lucirse por la avenida Santa Fe y detenerse en la esquina de Callao, cuando el más cotizado lustrabotas de la ciudad estaba en la vereda del “Petit Café”, la confitería que habían fundado cuatro catalanes en 1926. Los petiteros heredaron clientes mayores que adoptaron sus elegancias, pero definieron el lugar como refugio antigobierno, tales como el demoprogresista Horacio Theddy y el radical Miguel Ángel Zavala Ortiz.

DE THEDDY A KOUKA
Los petiteros tenían sastres personalísimos o trajerías dilectas (“Rhoder´s” y “Giesso”, que adaptaron diseños a esa moda). Sus camiseros bordaban iniciales personales "in pectoris", y los zapatos y mocasines a medida -previo molde- los modelaba artesanalmente Luciano Banagsco, en “Guido”, la ochava zapatera de la calle homónima y Montevideo. Luciano montó un fábrica, varias sucursales y murió hace un año y medio. Y ya hace años que “Guido” fue demolida; en la sucursal de Quintana al 300 se archiva medio siglo de moldes de pies famosos (entre ellos los del propio Theddy, del también desaparecido Juan Manuel Bordeau, y hasta de Fangio, que no fue petitero, pero sí atildado).
Los legionarios elegantes de Callao y Santa Fe tuvieron identidades firmes (sede principal y vestimenta común); tomaban claritos, se jactaban de ciertas proezas en las fiestas y se bronceaban en las playas del Olivos no contaminado. Caminaban con cierta afectación que imitaba a uno de los amigos de Theddy, el publicista y pintor Cacho Borda. Con apariencia todavía juvenil, Borda hoy lo niega en la barra de “El Verde” de la calle Reconquista -donde una exposición permanente exhibe 40 de sus cuadros-, “porque si influí en el andar de aquella gente no tengo la culpa: siempre caminé así”. Lo que no niega es haber pertenecido a los adherentes al fenómeno, ni sus ideas políticas, a la vez que reconoce que las fiestas llegaron a ser complicadas. Los petiteros no constituían ni un club ni un partido -más allá del antiperonismo- y no pasarían de unos pocos conocidos, fenómeno que, según Borda y otros memoriosos, se desnaturalizó. La moda se amplió para morir, pero también esa sentencia rondó a protagonistas que algún liderazgo ejercieron en la tendencia. Es cierto que se compartían regiones más apartadas a Callao y Santa Fe, “orque la elegancia estaba también en Florida -precisó Borda- y hasta jugábamos billar en el sótano de la ‘Richmond’”. Allí descubrió a una chica de 17 años que hizo retratar por un fotógrafo de plaza. “Achicamos un vestido de fiesta con alfileres y así nació Kouka”, que fue aprobada para la publicidad de un lápiz labial cuya cuenta era de la agencia “Argos”, de Emilio Morales, hijo del fundador de “La Razón”. Kouka pronto pasó a la fama mundial.

DE OLIVOS A DEVOTO
Borda recuerda la extensión petitera (“tomábamos copas en ‘Jimmy’, sobre Callao, y durante el verano en el ‘Pingüino’ de Olivos”) y hasta conoció a los personajes que desprestigiaron al petiterismo inicial. Pero en los tiempos felices “desde Olivos llamábamos a Héctor Tobar García, del Devoto residencial, y enseguida armaba una fiesta en la casona de su familia”, recuerda el pintor. Era en la calle Melincué, mojón de esa sucursal petitera que compartían -entre otros- Enrique “Quique” Roche y uno de los joyeros Giulani. La moda también se extendió a Belgrano (sus lugartenientes paraban en el “Modern Salón”) y por encontrarle la veta comercial algunos soñaron con un boom de vestimenta petitera. El “Petit Café” -que soportó varias trifulcas- seguía liderando a pesar de otras postas petiteras como “La Biela”, “05” y “Las Delicias”, entonces en Guido y Callao. Aumentaban los escándalos de petiteros iracundos que competían con sus proezas en fiestas o la de uno que entró al “Petit Café” de a caballo. La caída vertiginosa del peronismo aumentó allí los conflictos dirimidos en pugilatos y roturas, y fue víctima de las agresiones e incendios que el mismo día atacó al “Jockey Club” de la calle Florida y la Casa Radical.
Los más famosos y conflictivos petiteros fueron El Indio Servetti -grandote y morocho- y Titi Ayala, que en realidad era un paraguayo indocumentado. Todos recuerdan al Inglés Martínez, el único simpático “travieso y vanguardista”, como lo definió Borda. Ayala mató a Servetti -en febrero de 1966- en una desaparecida whiskería de Paraguay al 1200 (disputaban por la misma mujer). Pero el asesino no vivió mucho para contarlo: lo mataron en otra disputa en Corrientes.
Mucho antes, el petiterismo se había masificado a partir de los trajes veraniegos de tres botones que, a precios populares, impuso la fugaz cadena de tiendas “La Avispa” y sepultó al fenómeno. La lápida final: el “Petit Café” cerró sus puertas en febrero de 1973. Resucitó años después, pero los petiteros ya no entraban en sus pilchas y estaban avejentados. Volvió a cerrar.
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Imagen: Ilustración de Cacho Borda sobre el mundo de los petiteros.
Nota y dibujo tomados del diario “La Nación” del 30 de septiembre de 2001.

4 ago. 2015

Los amigos del pintor


(De Federico Moreyra)
   
 (A Pedro Gaeta)

Miran con el asombro de quien vio su muerte
reflejada en el fondo de una copa
justo en el instante del último trago.
Miran como la desolación, como el vacío.
Son violentos como un tajo en la mejilla.
Deformes como el alma, borrosos como el llanto,
tibios como la sangre: están hechos de sangre.
Por las noches, cuando nadie los ve, salen del cuadro;
se van a tomar vino, se van a encamar con mocosas y yiros.
Van a misas blasfemas: escuchan tangos como quien mira a Dios.
Sólo pudieron nacer por la mano de un hombre como ellos;
son un sueño hecho vida, son la sonrisa del mejor amigo.
Una uña, un responso, una luna,
un temblor de la ciudad violenta.
Son como el respirar de Buenos Aires.
Por las noches, cuando nadie los ve, salen del cuadro,
y besan la sombra del hombre al que crearon;
porque suele haber casos -unos pocos- 
en que las sombras recrean al pintor.
Y cuando cae el gris de la mañana, 
por el lomo vencido de la noche;
a la hora de los reos y los pobres,
los amigos del pintor vuelven al cuadro:
son limpios como el odio, o como la amistad.
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Imagen: El pintor Pedro Gaeta. (Foto tomada de claramente.com.ar ).

"Pirilo", pizza y fútbol. Una perlita oculta en la barriada



(De Martín Magurno)

San Telmo esconde secretos con los que la gente lo identifica con relación al ámbito cultural, artístico y social: la Plaza Dorrego, la Iglesia Parroquial San Pedro González Telmo y el bar "Británico"; entre otros. Pero también el mundo gastronómico construye y contribuye a la historia de un barrio, desde sus sabores que se sirven en la mesa de los vecinos.
Así sucede con "Pirilo", la pizzería ubicada en Defensa 821 (a pocos metros de Independencia). Este local representa un patrimonio para los santelmeños. Sus clásicas bandejas gigantes de muzzarella al molde, fugazza común, fugazza con queso y anchoas, fainá y pizza a la cancha (con ají molido, tomate y orégano que se degusta fría) son su marca registrada. "Acá amasamos la pizza a mano, lo hacemos todo a pulmón y sin máquinas", afirma Silvia Vizzari, hija del fundador de "Pirilo" y santelmeña de nacimiento. Estos productos se fabrican con la ayuda de un horno a leña. Otra cosa que lo identifica es que los clientes comen parados, es decir sin mesa y sillas de por medio.
A pesar de que es un hito en el barrio, sin embargo algunos vecinos no llegan a reconocer el negocio a simple vista debido a que la fachada es angosta y su cartel pasa desapercibido entre las casas que lo rodean. Más allá de que la pizzería esté casi oculta en el tradicional paisaje turístico, su crecimiento popular convoca -entre otros- a vecinos, estudiantes universitarios y trabajadores de la zona. Es más, hasta taxistas estacionan su auto y se toman un tiempo de descanso para comer alguna porción con la característica servilleta gris en mano, de "Pirilo".
Este local se originó como un emprendimiento familiar. Fue fundado en 1932 por Vicente Vizzari bajo el nombre de "Luigin". Pero más tarde su hijo, Juan "Pirilo" Vizzari, estableció el apodo definitivo y asentó su crecimiento gracias a la recomendación de sus comensales. En aquella época no solo vendían pizzas sino también helados, torta de ricota y pastaflola.
En 1994 fallece Juan y sus descendientes se hicieron cargo. Pero el negocio familiar y el fanatismo por el fútbol se mantuvieron intactos durante estos 83 años. Gorros, banderas y banderines de color azul y celeste demuestran la pasión por el Club Atlético San Telmo. Vale aclarar que Juan Vizzari seguía atentamente al equipo "Candombero" en la categoría que le tocase jugar. Durante la década del ´50, la pizzería "Pirilo" se ocupaba de anotar los resultados de los partidos en una pizarra para hacérselos saber a los vecinos.
"Me acuerdo que cuando San Telmo ascendió a primera división, en 1975, mi viejo le regaló pizza a todo el mundo que pasaba por 'Pirilo'" confiesa -entre risas- Silvia Vizzari, quien trabaja allí desde hace 25 años. Silvia tiene 51 años y también la apasiona el fútbol. Es socia e hincha del club San Telmo y, desde 1975, casi siempre va a ver al Candombero. No es sólo una simple espectadora, sino que ayuda ad-honorem con la venta de entradas en la boletería. "Seguimos fiel al club", agrega.
La popularidad de las pizzas de "Pirilo" atravesó las fronteras del barrio y -seguramente por eso- personajes del mundo del espectáculo también anduvieron por allí, como por ejemplo Luis Brandoni, Jorge Porcel, Alberto Olmedo, Rodolfo "el Tano" Ranni, "Teté" Coustarot y Fabián Matus (hijo de Mercedes Sosa), entre otros. Hay varias fotos en el local que atestiguan eso.
Actualmente "Pirilo" está en manos de Silvia, su hermana "Piru", su sobrino y un empleado. "El legado que quiero dejar es tratar de enseñarles lo mismo que me enseñaron a mí. Y seguir manteniendo esto como es. No modificar, porque modificando las cosas dejan de ser lo que son y de tener la esencia del lugar", concluye.
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Imagen: Frente de la pizzería "Pirilo". (Foto tomada del diario "Clarín").
Texto tomado de la página web: buenosairessos.com       

2 ago. 2015

"La Gayola", explicada por Segismundo



 (De Rodolfo Jorge Rossi)

Los años 60 dejaron una singular impronta en la historia del mundo. 
Se inician en 1961 con la invasión norteamericana a Cuba y el fracaso en Bahía de los Cochinos. Es el año de Iuri Gagarin en el espacio y  sus declaraciones al volver a la tierra: “no he visto a Dios”. En 1962 se construye el ominoso muro de Berlín.
La década concluye el 25 de noviembre de 1970 con el suicidio ritual del escritor japonés Yukio Mishima, haciéndose el  harakiri en público, desesperado por la decadencia espiritual, cultural e irreversible del hombre.
En esos años los  sabios del café asistían perplejos a la presunta  muerte del tango y al surgimiento arrasador del psicoanálisis.
Cierto día  de 1965  me encontraba  rodeado de  sabihondos y suicidas cuando Ceferino Musante -el tanguero que volvió de la muerte- dijo muy suelto de cuerpo: en mis épocas de finado emérito frecuentaba la mesa que Carlos Gardel compartía a diario con  Freud en el café “Otro Cielo”, en el mismísimo Paraíso Terrenal. En una oportunidad  la conversación giraba acerca de nuestros tangos preferidos; el Morocho confesó que se emocionaba hasta las lágrimas al entonar La Gayola, compuesto por  su gran amigo Armando Tagini.
Interrumpió Segismundo: ese es, sin duda alguna, un tango notable, superlativo, extraordinario, donde el autor pone de manifiesto el famoso complejo de Edipo, que yo  descubrí mientras caminaba silbando bajito  por las calles de Viena. Si quieren expongo.
Continuó Musante: como siempre tengo a mano mi viejo Geloso y grabé la disertación de Freud en el café. Acá está, dijo  extrayendo el grabador.
¿Quieren escucharla? Preguntó.
Sin esperar respuesta apretó play; tuvimos la emoción de oír  la voz del brujo de Viena. Arrancó así:
“La personalidad del malevo que expone sin tapujos la sórdida historia de su vida en la letra del tango La Gayola, presenta síntomas y procesos mentales característicos de un cuadro psicológico donde resalta el complejo de Edipo y una fuerte fijación por su viejita. Podemos agregar, también, una feroz neurosis de abandono.
“Comienza con un: No te asustes ni me huyas, no he venido pa’vengarme. Ahí expresa una acusación implícita y si dice que no se va a vengar es porque él cree que tiene, como todo cornudo que se precie, el derecho de hacerlo. Después aclara: si mañana justamente ya me voy pa’no volver. He venido a despedirme, continúa humilde; como dicen los criollos: con el sombrero en la mano.
El personaje busca el afecto perdido: el gustazo quiero darme y en tus ojos campanearme: esta última es una frase de gran efecto psicológico porque el protagonista no mira a su gran amor como es: una mujer de la vida, muy putarraca ella; el otario se mira a si mismo en los ojos de la turra.
Es Narciso contemplándose en las turbias aguas del Riachuelo o en los ojos brillantes de la mujer-madre. Un claro intento de volver al pasado, al que nunca se vuelve; el penoso malevo no ha podido despegarse.
He venido pa’que juntos recordemos el pasado, como dos buenos amigos que hace rato no se ven.
El personaje quiere volver al pasado; revivir momentos gratos cuando se sentía seguro  y querido por su santa madrecita, mateando con ella en el patio de su casa rodeado de malvones.
Y acordarme de aquel tiempo cuando yo era un hombre honrado, y el cariño de mi madre era un poncho que había echado sobre mi alma noble y buena contra el frío del desdén.
Acordarse del tiempo en que era un hombre honrado es recordar el tiempo cuando era querido y venerado por su señora madre. Regresa a la mujer amada a la que identifica con su madre. En un acto de pensamiento  tanguero cree que contemplándose en los ojos de su amor puede volver al pasado. En definitiva, un dolobu atómico. Cabe destacar el gran simbolismo en la imagen de poncho-madre.
Una noche fue la muerte que vistió mi alma de duelo, mi querida madrecita se me fue a vivir con Dios.
La madre vuelve a vivir en la única condición posible de triunfo sobre la muerte: al lado de Dios.
Y en mis sueños parecía que la pobre desde el cielo me batía que eras buena, que confiara siempre en vos.
Estos versos demuestran sueños de poesía y tango, no hay censura onírica. De esta manera el malandra resuelve su neurosis.
El conflicto edípico es realizado a través de la ficticia encamada con su viejita a través de la otra mujer. Pero debido a su patética neurosis siente de manera patológica la pérdida de su  madre y eso le hace mucho daño. La primera pérdida materna se da a través de la muerte, la segunda, la de la trola amada, se da a través de los cuernos.
Y la pérdida de la mujer-madre con la que tiene sexo es por otro hombre
Pero me jugaste sucio y sediento de venganza mi cuchillo en una noche lo llevé hasta un corazón.  Desde el punto de vista psicoanalítico no hay duda de la equiparación del cuchillo como símbolo fálico. Se reactualiza el conflicto edípico de matar al rival que es el padre para lograr hacer vida con la mujer-madre.
Y más tarde ya sereno, muerta mi última esperanza, una lágrima rebelde la sequé en un bodegón.
Son lágrimas rebeldes de niño frustrado que no consigue afecto materno ni aún después de muerto el rival. A la frustración el personaje lo sustituye por el acto oral de la bebida; el guacho se agarra un pedo de camionero.
Las lágrimas cesan con la compensación simbólica que otorga la bebida; el bodegón sustituye la vagina  materna.
Viene ahora el momento del castigo, la rebelión contra el padre la pagará cara. Recuerden que Edipo se arrancó los ojos. El personaje del tango dice: Me encerraron muchos años en la sórdida gayola. La gayola actúa en este momento como un coño terrible donde no se recibe ningún tipo de compensación.
Y una tarde me largaron pa’ mi bien o pa’ mi mal
Fui sin rumbo por las calles y rodé como una bola
El compadre camina sucio y borracho; errante como Edipo ciego. Ese deambular es muy doloroso, en curda, sin que nadie le brinde afecto.  Eso es peor que la ceguera o la cárcel.
Pa’ tomar un plato e sopa cuantas veces hice cola,
Las auroras me encontraron atorrando en un umbral
Pone de manifiesto la sensación, ya mencionada, de desamparo total. El infame apoliya en un zaguán.
Hoy ya no me queda nada, ni un refugio, estoy tan pobre,
Padece de la peor de las pobrezas que es la falta de afecto. La pobreza afectiva es terrible.
Solamente vine a verte pa’dejarte mi perdón
Esta estrofa debe interpretarse por el contrario.
Pa’que no me falten flores cuando esté dentro e’l cajón.
Este cajón sustituye al poncho anterior como albergue materno; hablando en criollo, representa la reverendísima concha de su madre, dicho sea esto con el mayor de los respetos. El cajón es un símbolo mucho más apropiado que gayola y bodegón.
y flores; sexo y chumina materna, ser amado después de muerto, así pues en un texto aparentemente sencillo como es  La Gayola está la clave de la personalidad de un hombre  que es el reflejo de todos los hombres del mundo.”
“Se escucharon aplausos de los parroquianos  presentes en el café Otro Cielo.  Después de unos segundos resonó, única, la voz de Carlos Gardel: “Segis, ¿Lo que acabas de contar es  pulenta, pulenta?”
“Por supuesto.”
“Escupió Carlitos, rotundo: Tagini no era ningún manú! ¡Escribió el tango La Gayola y escrachó las miserias del hombre en veinte renglones!”
Quedamos con la boca abierta. Musante miraba a su alrededor con la sorpresa de los que vuelven de la muerte. El Geloso  nos reveló secretos del más allá; sorprendentes e indiscutibles. Pagamos y nos fuimos en silencio, con la cabeza baja. Sospeché desde siempre sobre la importancia superlativa de  La Gayola; un tango más profundo que La  Biblia. Ahora no tengo la más mínima duda.
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Ilustración: Partitura del tango La Gayola.