28 oct. 2011

El primer partido de fútbol televisado en vivo en nuestro país


(De Mario Bellocchio)

18 de noviembre de 1951. El viejo Gasómetro de avenida La Plata. Más de cuarenta mil personas flexionan los tablones con la gimnasia del aliento futbolero. La mayoría de ellos no tiene otra preocupación que su pasión por el “Ciclón” o los “Millonarios”, porque se enfrentan San Lorenzo y River a dos fechas del final del torneo. Un cuervaje que aun conserva destellos  de los fulgores del 46 –Blazina, Basso, Zubieta, Farro y Silva– con nuevas pinceladas de fútbol y goles en los pies de “buenavida” Benavídez y los morenitos Maravilla y Picot. River cuenta con Amadeo –a la postre figura del encuentro– y figurones que son el Cuco del Racing puntero y finalmente campeón: Vernazza, Pizzuti, Walter Gómez, Labruna y Loustau. River va por la punta. San Lorenzo sólo por el prestigio puesto en juego en el clásico. El interrogante por ese ómnibus sin ventanillas que lleva la leyenda “Canal 7 TV” se reduce al tumulto curioso a su alrededor, antes del ingreso. Dentro del estadio todo es cántico de tribunas, rivalidad y ambición por el arco de enfrente.
El negrito Maravilla pone una gamba, la ball supera las tenazas de Carrizo, y Ferrari –half izquierdo “millo”– rechaza sobre la línea. ¡Mi Dios, Macaya qué ocasión te perdiste para el Telebím! Porque no hay repetición. En esa televisión recién  nacida –tiene un mes de vida– el video tape no se conoce y sólo se comienza a registrar imágenes, filmando cinematográficamente un monitor con una cámara de 16 milímetros. Así que, a confiar en la decisión del árbitro Mr. Cross. “Nou” dice al principio. El cuervaje se le va al humo y el mister, seguramente temiendo que le impacten su apellido en la mandíbula, concede el gol cambiando el color del asedio de azulgrana a albirrojo. Pero ya es inútil, San Lorenzo gana uno a cero y algunos pocos privilegiados lo ven en su Capehart en “vivo y en directo”. Ernesto Beltri –remoto antecedente de Araujo– aun se siente extraño relatando el encuentro, la imagen pondría en evidencia cualquier equivocación, no está tan a salvo como en su habitual trabajo radiofónico.       
Si su piloto no es Aguamar, no es impermeable, se lo puedo asegurar... Entretiempo. La pasión se va al vestuario personal y da lugar a la observación del entorno. Recién entonces la mayoría vocinglera –en la pausa– repara en las tres cajas con lentes, paradas sobre trípodes, cuyo único referente conocido –por aspecto– son las cámaras de los fotógrafos de plaza.
Lo están televisando –comenta un hincha a otro–. Y le cuesta modular el término, sorprendido por el comienzo deportivo de un medio que –para bien y muchas veces para mal– a partir de ese momento pasaría a formar parte insoslayable de nuestra vida diaria.
Para la estadística queda un penal de Basso a Labruna que Vernazza se encarga de convertir en empate. Pitazo final, curiosidad de los que pasan cerca del desarme de las cámaras Dumont y la paradoja de conocer esos “sofisticados” equipos antes que al propio televisor, un elemento aun vinculado a hogares pudientes, vidrieras de comercio céntrico o comedias de Hollywood.
Se acabó el fútbol. El regreso con la “depre” del atardecer dominguero. Los de River por Mármol, los Santos por avenida La Plata, van camino a sumergirse en casas sin televisor.
Aquí en Boedo es domingo 18 de noviembre de 1951.
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Imagen: El primer camión de exteriores de Canal 7.
La nota fue tomada del periódico Desde Boedo.

5 oct. 2011

Mafalda


(De Gabriela Sharpe)

Mafalda, el famoso personaje de Quino, apareció como tira cómica por primera vez el 29 de septiembre de 1964 en la revista  Primera Plana.
La niña dio un paso más a la fama el mismo año que los Beatles, su grupo favorito, conquistaron Estados Unidos.
El personaje fue creado en 1962 para una campaña para las lavadoras Mansfield, pero ésta nunca se realizó.
“En realidad Mafalda iba a ser una historieta para promocionar una nueva línea de electrodomésticos llamada Mansfield. La agencia Agnes Publicidad le encargó el trabajo a Miguel Brascó, pero como él tenía otros compromisos, me lo pasó a mí. La campaña nunca se hizo y las ocho tiras que dibujé quedaron guardadas en un cajón. Hasta que al año siguiente Julián Delgado, secretario de redacción de Primera Plana, me pidió una historieta. Entonces rescaté esas tiras y bueno, ahí empezó todo”, ha relatado Quino en diversas ocasiones.
Ya convertida en una tira cómica, la pequeña de cuatro años criticaba el entorno que se vivía en la Argentina en los años 60, pero sus inquietudes y las de sus amigos eran de carácter universal.
 Durante los años que duró la tira cómica, el lector pudo enterarse que Mafalda llegó al tercer o cuarto grado de educación, que desea estudiar idiomas y trabajar en las Naciones Unidas con el objetivo de contribuir a la paz mundial.
Además, un tanto adelantada a su época, la niña muestra su feminismo al estar convencida del progreso social de la mujer.
En un principio en la tira sólo aparecieron ella y sus padres, pero después fueron agregándose personajes como: el soñador e ingenuo Felipe, Manolito –que representa las ideas capitalistas y conservadoras en la tira, la chismosa y agobiante Susanita, el histérico Miguelito, y los pequeños Guille y Libertad.
La influencia de Mafalda incluso alcanzó el mundo de las letras, donde famosos autores se refirieron a ella:
“No tiene importancia lo que yo pienso de Mafalda. Lo importante es lo que Mafalda piensa de mí”, Julio Cortázar.
“Puesto que nuestros hijos se preparan para ser, por elección nuestra, una multitud de Mafaldas, no será imprudente tratar a Mafalda con el respeto que merece un personaje real”, Umberto Eco.
“Después de leer a Mafalda me di cuenta de que lo que te aproxima más a la felicidad es la quinoterapia”, Gabriel García Márquez.
La tira dejó de publicarse el 25 de junio de 1973. A punto de cumplir medio siglo, Mafalda se mantiene como la niña precoz, llena de preguntas e imaginativas reflexiones, e intransigente con su odio a la sopa.
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Foto: Mafalda.
La nota y la ilustración fueron tomadas de la página buenos aires sos.

3 oct. 2011

Las primeras fábricas de fósforos de la Argentina


(De Ángel O. Prignano)

Hasta el desarrollo de una industria fosforera fuerte en el Río de la Plata, el mercado de este artículo en ambas orillas estaba abastecido por fabricantes franceses e italianos establecidos en Francia. En Marsella se embarcaban hacia Buenos Aires los fósforos de Roche y Cía. y de Caussemille jeune (joven) envasados en sencillas cajitas de cajón corredizo que traían burdas litografías impresas en papel pegadas sobre la caja exterior. Estos primitivos envases luego fueron perfeccionados con la adopción del anillo de goma, que permitía el deslizamiento “automático” de la caja interior hacia adentro, y mejorados estéticamente con litografías de dibujo más acabado y fino. Además se fabricaron de diversas formas que no necesitaban de la caja interior, algunas semejando tabaqueras y otras rectangulares. Así las cosas hasta que el gobierno galo implantó el monopolio. La consecuencia inmediata fue el traslado al norte de Italia de algunos de aquellos industriales, que montaron sus fábricas en los alrededores de Turín desde donde continuaron exportando sus productos a nuestras costas. Los italianos fueron, precisamente, los que dieron a las cajas de fósforos sus características definitivas.

GOENAGA Y LOPETEGUY
Los orígenes de esta actividad en la Argentina se remontan a 1860, cuando dos jóvenes ingenieros españoles, José María Goenaga y José Lopeteguy, instalaron una fábrica en Buenos Aires, calle San José entre San Juan y Cochabamba. La pusieron a punto para producir 200 gruesas diarias, pero no pudieron alcanzar inmediatamente esa cifra por la falta de personal idóneo. En aquellos años, la industria fosforera era prácticamente desconocida en esta parte del mundo. La solución llegó al poco tiempo, cuando un hábil armero residente en la ciudad fue incorporado para dedicarse a estudiar el nuevo oficio. Se trataba de Andrés Arriarán, quien con su trabajo contribuyó enormemente al perfeccionamiento de la elaboración de fósforos en nuestro medio y se constituyó en el principal factor para que el establecimiento se encaminara hacia el éxito. Sin embargo, la guerra franco-prusiana de 1870 y la gran epidemia de fiebre amarilla que castigó a Buenos Aires al año siguiente frenaron esta marcha casi por completo. Ante tal fracaso y algunos desacuerdos entre los socios, Lopeteguy se retiró y Arriarán se incorporó a la firma, que entonces comenzó a girar como Goenaga y Arriarán. Más tarde, el primero dejó la fábrica y Andrés Arriarán quedó como único dueño. Empeñado, entonces, en ampliar su empresa, inició contactos con algunos posibles capitalistas que quisieran invertir en ella. Así, en 1873 se asoció con los comerciantes Bustamante y Galup para construir un establecimiento fabril con mayores capacidades productivas. Fue instalado en California 150 (numeración antigua) e inaugurado poco tiempo después, pero la fortuna tampoco acompañó a los socios que debieron cerrarlo y depositar las maquinarias en un galpón de las cercanías.

BOLONDO, LAVIGNE Y CÍA.
A mediados de la década de 1870 aparecieron algunas pequeñas fábricas de fósforos que no tuvieron larga existencia. Con mejor suerte, el 6 de mayo de 1879 surgió un nuevo emprendimiento muy cerca del que había pertenecido a Arriarán, en la calle California 50 (numeración antigua), entre Salta y la avenida Santa Lucía (hoy Montes de Oca). Sus dueños eran Eduardo Bolondo, argentino y capitalista de la sociedad, y Jean Maurice Lavigne, industrial de origen francés que conocía el oficio. Estos talleres ocupaban un terreno de 2.000 varas cuadradas y fueron provistos de alguna maquinaria no muy sofisticada.
En sus inicios, la producción se vio restringida por la falta de insumos nacionales. Tanto la materia prima necesaria para la fabricación de los fósforos como la cajita que los contenía se importaban de Europa. Por otra parte, los productores no contaban con fuerza motriz a vapor, por lo que debían valerse de un malacate accionado a mano por un obrero. A pesar de lo rudimentario del proceso, la fábrica creció rápidamente e impuso su producto desplazando en alguna medida a los de origen europeo. Más firme fue su paso cuando, en 1884, logró instalar un pequeño motor de 5 HP, que con el tiempo fue reemplazado por otros de mayor potencia. De esta forma, se constituyó en uno de los principales hitos de la industria fosforera argentina y con el paso del tiempo esta actividad pasó a ser una de las más importante del país.
La poderosa casa Antonio Devoto y Hno. se incorporó a la firma en 1882 y se convirtió en su agente. De este modo, comenzó a girar como Bolondo, Lavigne y Cía. y amplió su establecimiento fabril, que llegó a ocupar una superficie de 12.000 varas cuadradas. En ese año allí trabajaban 170 operarios que manufacturaban 1.500 gruesas de cajas al día, con lo que dominaban completamente el mercado. La alta calidad del producto mereció el reconocimiento de los jurados de ferias industriales que le otorgaron sendas medallas de oro en la Exposición Continental de 1882, en la de Mendoza de 1885 y en la de Paraná de 1887.

DELLACHÁ Y LAVAGGI
En el mismo año en que los Devoto ingresaron a la empresa, es decir 1882, otra fábrica se agregó al mercado fosforero local con pretensiones de ocupar su propio lugar. Le cupo construirla a Gaetano Dellachá sobre un amplio terreno cuyo frente daba a la avenida Mitre 245, en Barracas al Sud (hoy Avellaneda), que comenzó a girar bajo el nombre de A. Dellachá y Hno. En las guías comerciales de la época encontramos a Esteban Della Chá como importador de fósforos en San Martín 193, de Buenos Aires, con fábricas en Moncalieri (Italia) y Barracas al Sud (Argentina). Los fósforos Della Chá estaban avalados por nueve medallas de oro y dos diplomas de honor obtenidos en las exposiciones de Viena, Filadelfia, Milán, Niza, Torino, Mendoza y Buenos Aires. Sus corredores en la Argentina eran L. Pellerano y Hno. Tres años más tarde, es decir en 1885, vio la luz otra fábrica levantada por Francisco Lavaggi e Hijo en el barrio de Belgrano.
Muy pronto dio comienzo una despiadada competencia entre ellas, cada cual tratando de acaparar la mayor parte posible del mercado. Sin embargo, no pasó mucho tiempo para que las dos primeras se pusieran de acuerdo para fijar los precios mínimos de venta. Además firmaron un compromiso que estableció una multa de 10.000 pesos oro para aquella que no cumpliera lo pactado, desde el 19 de marzo hasta el 31 de octubre de 1885. Luego terció Francisco Lavaggi y todos terminaron por convencerse de que la competencia no les convenía, que era mejor fusionarse en una sola empresa. Así, en 1888 tomó cuerpo la Compañía General de Fósforos. A partir de entonces, el desarrollo de la industria fosforera en la Argentina corrió paralela a su historia.
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Imagen: Antigua caja de fósforos marca América. (Coleccionista particular).
Tomado de Historia del fósforo en la Argentina, Buenos Aires, Acervo, 2007.