7 sept. 2013

Ciudades invisibles


(De Mónica López Ocón)

Las ciudades invisibles no son mera imaginación de Ítalo Calvino. Existen dentro de la propia ciudad. Puedo citarme con un amigo, por ejemplo, en la esquina de Boedo y Chiclana o en el barcito de Chacabuco y Moreno.
Pero para encontrarme con mi padre, que hace ya muchos años que no camina por los barrios tangibles que figuran en la "Filcar", me cito en un libro subrayado por él. Digamos en "Flor nueva de romances viejos", de don Ramón Menéndez Pidal, sólo por dar un título. Y allí, a poco de comenzar la lectura, aparece él, mi padre, por unos senderitos de pentagrama que dibujó con tinta roja sobre un párrafo,  hace ya mucho tiempo, quizá sentado a la mesa de un bar de la ciudad tangible.
“¿Sabés cuál es el colmo del recuerdo?”, podría ironizar un chico. “El colmo del recuerdo –contestaría ese mismo chico– es citarse en una cita.”
Y, en efecto, suelo encontrarme con él en las citas como quien se encuentra en una esquina. Sólo que las esquinas de las ciudades invisibles tienen una arquitectura tan arbitraria como la de los sueños, en los que uno puede estar en medio de una calle de edificios altísimos y saber, sin embargo, que está a la orilla del mar. Así, en las palabras subrayadas con rojo es Menéndez Pidal quien habla del origen de los romances españoles, pero yo sé que es mi padre que me habla de la infancia  –de la de él y de la mía–, de esa piedra fundamental que es toda niñez.
Me gustan las ciudades escondidas en los libros de la colección Austral que mi padre guardaba sobre su mesa de noche. Tienen un borde dentado que indica que más allá del volumen que uno tiene entre las manos comienza ese violento suburbio literario que es la realidad. El contorno irregular es una cicatriz dejada por el cuchillo que en otros tiempos había que hundirles a los libros entre las tripas para acceder a sus secretos. Mi padre tenía un cortapapel toledano que siempre emergía de los pliegos violentados manchado de palabras sangrantes. Lo guardo como la llave de una ciudad vencida que ha dejado definitivamente tendidos sus puentes levadizos para que penetren en ella. Quizá sea la llave de Alhama cuya pérdida llora el rey moro desde las páginas de Menéndez Pidal. Hoy, entre las muchas cosas que el mundo ha perdido, se cuenta también esa frontera rugosa de los libros que hacía las veces de umbral o de sala de espera para pasar al otro lado. Los cortapapeles ya no desvirgan pliegos y se han convertido así en bellas piezas del museo de lo inútil que, privadas de su función práctica, adquieren el rango de vestigios poéticos.
Como todas las ciudades, también las de los libros de la colección Austral escondían restos arqueológicos. Todavía hoy descubro boletos de colectivo de la época en que eran pendones multicolores de las banderas de los barrios, servilletas de papel de bares que ya no existen y hasta cuerpos petrificados de las cotorritas que en las noches de lectura sucumbieron al modesto Vesubio de la luz del velador de mi padre.
Ciudades de papel, estos viejos libros son  también un poco mapas: tienen el tinte amarillento de la cartografía antigua y manchas de humedad que dibujan continentes. Son mi "Filcar" anacrónica para poder llegar a la calle de lo que nunca existió y de lo que se ha perdido para siempre. Son mi guía para reencontrarme con mi viejo que ya no está. Y son también mi forma de llorarme llorando penas ajenas. ¿A quién, como al rey moro, no se le ha perdido alguna vez una ciudad, una infancia? ¿Y quién no tiene ganas de sollozar como él desde una página amarillenta? ¡Ay de mi Alhama!
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Imagen: Niño y libro. (Dibujo tomado de www.educarchile.cl)