21 sept. 2013

El gallego del cuento

 

(De Roberto Díaz)

Ahora, que tanto proliferan los cuentos de gallegos (dicen que son italianos los que los inventan) con un ingenio y un humor dignos de mejor causa, nosotros queremos contarles uno, que no es nuevo ni viejo, que es de siempre.
Nuestro cuento comienza en una aldea perdida, encerrada entre montañas, donde la lluvia, en invierno, no cesa de caer. Una pequeña aldea detenida en el tiempo, con bueyes en las callejuelas, plaza, y taberna colmada de boinas que conversan. Con  hombres y mujeres hincados en los surcos, tratando de sacarle a la tierra arisca los frutos necesarios. Una aldea que tiene un pequeño cementerio al final de los tejados, rodeado de un muro de piedra y una iglesia que anuncia, perseverante, los maitines.
Desde allí partió un hombre acuciado por una vida mejor, por un horizonte más anchuroso. En barco repleto, conviviendo noche y día con los humores del hacinamiento, entre pequeños líos y petates, mirando el mar desconocido, en pos de una tierra esperanzada.
Trabajó en oficios diversos, vivió en ruidosos conventillos, ahorró peso tras peso para poder reunirse, otra vez, con su familia y  siguió trabajando, sin descanso y duro, hasta salir del conventillo y comprarse una casita.
Sus jornadas eran de luna a luna; su sueño, rápido y profundo. Sus manos, toscas y callosas. Crió y educó a sus hijos como pudo y se asombró cuando éstos le leían lo que él nunca supo leer.
Al tiempo, puso una pequeña despensa y siguió trabajando, sin domingos ni pausas. Se sabía castigado al esfuerzo pero creyó en un futuro distinto y más humano para todos sus hijos.
Lo llamaban gallego (cosa que era cierta); también gaita o tagai. Su nombre no importaba; lo que sí interesaba eran sus manos hábiles o rudas para cualquier trabajo.
Primero tuvo reuma, después callos plantales, problemas de riñón por los esfuerzos, canas y otras cositas.
Tenía, a veces, morriña cuando recordaba su tierra tan distante, su perdida aldea en la montaña.
Sus hijos crecieron, se casaron, tuvieron, a su vez, hijos, y el gallego vio ampliarse su familia. 
Y, un día, se sintió cansado, y en medio de una pila de latas de tomates, de paquetes de arroz y bolsas de azúcar, se acostó a descansar, tan sólo un rato, pero era tanto el sueño que se quedó dormido para siempre.
Este es el cuento de gallegos que les queríamos contar. No es gracioso, claro, pero es tremendamente humano.
Ahora, sus nietos, nos reímos mucho con los cuentos de gallegos, y el gallego del cuento, tal vez también sonría desde una nube alta. Haciendo honor a ese sentido del humor de su raza.
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Ilustración: Meu galego, dibujo de Omar Blanco.