16 dic. 2013

Último momento: Murió la criatura que inventó el joven Frankenstein



(De Leonardo Busquet)

Dicen los griegos (con sabiduría acreditada), que el ser humano es “artífice de su propio destino”. Pero el destino suele tener el aporte de diversos factores constructores-destructores.
La secuencia es, más o menos, así: primero aparece el círculo familiar con su propia historia de limitaciones, falencias, preconceptos y prejuicios culturales.
Luego surge la elección de vida con modelos influenciados por entornos diversos. Una sociedad enferma no puede producir más que seres enfermos, carecientes e ignorantes. Dicho esto sin el  mínimo espíritu peyorativo.
Cuando alguien insiste en la búsqueda desenfrenada de la “perfección” estética sin límites de ningún orden, no hace otra cosa que denunciar sus propias carencias, entre otras, su analfabetismo emocional. A este pesado brebaje se deben agregar los círculos interesados que –también sin límites– especulan y lucran alrededor del pobre personaje de barro. Como se verá, todo camina por un sendero sinuoso donde faltan los límites y donde se agrega un condimento indispensable: una billetera por demás abultada. Entonces aparecen los negocios de los inescrupulosos que tampoco tienen límites para esquilmar al enfermo cautivo de frivolidad. Más aun, el circo-marco lo terminan de construir ciertos medios de comunicación que son parte de más inescrupulosidad y que multiplican la estupidez a niveles insoportables. Todo huele a decadencia. Es la recreación de la célebre etapa de la pizza y el champán (sic), impuesta en los años negros de entrega y caída moral del neoliberalismo. El imperio de los ricos y famosos. La criatura del joven Frankenstein fue un producto de aquellos tiempos reciclado en los actuales..
¿Qué pasa por la atormentada cabeza de alguien que se somete a más de una veintena de operaciones “estéticas”, no indicadas por diagnósticos de enfermedad? Esto quiere decir: intervenciones quirúrgicas caprichosas de chicos caprichosos con mucha guita.
¿No tienen los médicos intervinientes límites éticos para decirle al frívolo en cuestión, hasta aquí llegó? Parece que no. Parece que –como decía Napoleón– “todo hombre tiene su precio”. Parece que ciertos médicos mercenarios están comprendidos en la lógica del emperador. ¿Por qué la empresa familiar no cerró sus puertas en señal de duelo aunque sea el día del entierro de la malograda criatura?
¿Qué tiene en la cabeza una madre hambrienta de fama que, en el entierro de su hijo, más hambriento de fama que ella,  saluda a la gente y reparte el último CD que ella, la madre que lo parió, grabó como cantante? Sí, leyó bien, en el entierro de su hijo, en el cementerio, en medio de la ceremonia fúnebre reparte su mercancía. ¿Hay desamor, hay distancia afectiva o, simplemente, aprovechamiento de una circunstancia que debe ser de recogimiento y dolor?
La sociedad del medio pelo tilingo, los “argentinitos” como los define con acierto León Gieco, alimenta estos monstruos pintorescos, los acepta con indulgencia consumista y en muchos casos pasan a ser referentes de “vida”. Todo se desenvuelve en un moderno circo criollo, con perdón de los Podestá y los Sarrasani.
La criatura del joven Frankenstein murió joven. La muerte le puso el límite que otros no supieron ni quisieron ponerle. La muerte se lo llevó pobre, desnudo, sin nada. La muerte lo despojó de todo, inclusive de sus dolores más íntimos.
La criatura se inventó a sí mismo, buscó un grotesco personaje y se metió en su carnadura y otros ayudaron a potenciar los excesos y otros tantos toleraron desde la complicidad o desde la indiferencia. Algunos lo rechazaron y todos forjaron su muerte en cómodas cuotas.
Ahora asistimos a otra inmoralidad: la lucha por la herencia monetaria y el destino de sus hijos y los mitos farandulescos que comienzan a crecer y que darán contenido por un tiempo necesario a la vana TV coloreada de amarillo pútrido. Demasiados despropósitos. La criatura del joven Frankenstein estaba enferma de frivolidad perfeccionista y de famatitis aguda. El joven monstruo tenía muchas carencias, quizás la principal fuera la afectiva. Y su familia y algunos amigos también. Y los médicos… bueno, ellos ganaron mucha plata. Nadie puede ni debe criticar o condenar la elección privada de vida del personaje. En esta historia breve pero intensa aparecen otros temas: la imbecilidad, por ejemplo. De todas formas esto tiene un final. Todo pasará. El joven Frankenstein y su criatura quedarán inscriptos en la vetusta galería de los olvidados y otros monstruos merecerán la consideración mediática estridente a la hora del final. Entonces la tilinguería promedio se alarmará una vez más, llorará lágrimas transitorias, se rasgará las vestiduras a destiempo y consumirá, consumirá una y otra vez, hasta el hartazgo.
La criatura del joven Frankenstein no escapó al perfil y ritual de esa fauna llamada nuevos ricos. Viajan a Miami, idolatran a Miami, negocian en Miami. Juegan al golf y/o al polo. Compran en cantidad autos y camionetas de alta gama. Viven en palacios y dan a conocer su aparatosa voracidad porque les gusta que los idolatren. Se sienten impunes. Ostentan su status prefabricado y cada vez quieren más. Necesitan nuevas sensaciones superadoras de otras. Se rodean de un plenario de matones guardaespaldas que, a su vez, terminan succionados por la televisión del escándalo y de los globos de colores. Suelen usar y explotar a la gente, desprecian todo lo que no se les asemeja y gozan con la soberbia de la ignorancia. También viven puteando contra éste y todos los gobiernos que no les permiten evadir más impuestos y terminan enredados en ciertos “negocios” oscuros. Para sostener esta forma de vida rumbosa se necesita mucha plata y en algunos casos se llega al punto de colocarse al margen de la ley y de ciertos valores básicos en pos de más plata. Todo es vorágine, urgencia y en el medio de esta carrera desenfrenada no hay tiempo para afectos genuinos. La arrogancia que los asiste los hacen mirar varios centímetros por arriba de la historia, se sienten seres superiores y gozan con esa superioridad. Se cubren de hipócritas apariencias. Eso sí, no les da para asumir que todo es tan efímero. Esta especie zoológica lamentó la muerte de la criatura.
El invento del  joven Frankenstein no era un ser humano, lo fue, pero con el tiempo se transformó en un producto y todos aplaudieron. También aplaudieron y toleraron su proceso de autodestrucción. El joven Frankenstein y su invento defendieron a rajatabla la propiedad privada… sí, privada de razón, de equilibrio y de humildad. En su epitafio bien podría leerse: vivió como quiso. Nadie puede condenarlo por eso. Lo que se podría agregar es algo sencillo y contundente: el joven Frankenstein y su criatura no son ejemplo de nada.
Y una lección final: don dinero no todo lo puede, no pudo con la muerte. Le ganó la partida por amplio margen.

Nota indispensable: cuando se lea “el joven Frankenstein”, puede también leerse: “la desproporcionada y grotesca sociedad consumista”. Porque la criatura no fue concebida sólo por el Dr. Víctor Frankenstein, el bruto consumismo acercó su invalorable aporte al cruel invento.
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Foto: Ricardo Fort. (Imagen tomada de Internet)
Nota tomada del periódico "Desde Boedo", diciembre 2013.