21 nov 2013

Buenos Aires, la fábrica de arquitectura


(De Mario Sabugo)

En el principio, había sido una fantasía arquitectónica: La fábrica de Tangos, propuesta en “Nuestra arquitectura”; era un intento de formalizar aquella idea de Ramón Gómez de la Serna, que soñaba con una suburbana fábrica, a la cual irían los doloridos y desengañados de la fauna porteña, para que se les hiciera un tango. El proyecto se basaba en una combinación de edificios de la historia de la ciudad, los construidos, los proyectados e incluso los demolidos. Contrastaba, adrede, las tramas universales de los tiempos recientes con los oropeles del siglo XIX, o bien la prepotencia del neoclásico con la humildad de las casas bajas con el patio.
Pues bien, resulta que al fin algo que uno barruntaba que iba a suceder, tarde o temprano, se presenta y confirma, plenamente, que la fantasía de la que hablábamos más arriba no era más que un recuerdo confuso de lo que Buenos Aires ofrece a cada paso.
Paséese usted por la zona de Plaza Lavalle y, de golpe, fíjese en la cuadra de Libertad al 500…¡Allí está! La cuadra que mezcla más violentamente todas las épocas, las alturas, los estilos, las intenciones… y sin embargo es un conjunto consistente, porteño.
De izquierda a derecha, la escuela Roca (neoclásico, de Carlos Morrra), el edificio de oficinas (minirrascacielos vidriado de los ’70), el Instituto Libre de Enseñanza Secundaria (racionalista de los ’30-’40), el Conventillo del Arte (ecléctico, principios de siglo), y un bloque que, derivado de la regular codificación de la Diagonal Norte, da la vuelta y se asoma a nuestra cuadra. Abajo, a la izquierda, el Petit Colón.
Sin embargo, hay una unidad que (como dirían los académicos), se refuerza con la variedad. Variedad de épocas y de alturas.
Parecería  que la unidad viene dada por cuatro elementos: primero, la división parcelaria, que ha mantenido una repartición más o menos equivalente de los frentes, lo que permite un reparto equilibrado de los mismos. Segundo, que todos han aceptado, en general, contribuir a su manera a la composición del conjunto  y ninguno, por ejemplo, ha retirado su frente de modo que interrumpa la continuidad de las fachadas. Tercero, todos los edificios son de calidad constructiva y estilística. Cuarto, que todos y cada uno han sido fieles a un momento: han seguido el espíritu de su época y han hecho el estilo que les aparecía como conveniente. Ventaja adicional: con la plaza enfrente, se puede ver el conjunto y gozar de los saltos, de la variedad que va de uno a otro. Ventaja ésta de la perspectiva que no está a disposición de la mayoría de nuestras cuadras.
Y los saltos de una parcela a otra no se realizan impunemente: vea usted, si se acerca un poco más, cómo la escuela Roca incrusta una cornisa, alevosamente, contra el núcleo vertical de hormigón del minirrascacielos.
Claro está que uste conoce ideas similares: el barroco latinoamericano (Carpentier), la ciudad análoga (Rossi). Pero en Libertad al 500 está la posibilidad real de ver y tocar una cuadra transhistórica, prototipo de la arquitectura de Buenos Aires. Y frente a la cual se pueden hacer jugosas reflexiones sobre nuestro estilo, no el de 1880, ni el de 1970, sino el de ambos y sobre un modo de producción colectivo, que es el urbano por excepción, el que define a las ciudades.
Ramón soñaba con la Fábrica de Tangos cerca de la ciudad, pero ahora usted puede descubrir cómo nuestro mercado negro de estilos, Buenos Aires, es, Toda Ella, una gran fábrica de arquitectura.
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Imagen: La escuela "Presidente Roca" vista desde la Plaza Lavalle, en una antigua postal. (Tomado de la página web arcón de buenos aires.)
Nota del libro La ciudad y sus sitios de Rafael E. J. Iglesia y Mario Sabugo.